El reflejo que el espejo llamado Lydia Cacho le ofrece al marinismo es de temor. El escándalo hizo del gobernador poblano un personaje del folklore nacional.

 

Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Regresa Lydia Cacho


La periodista Lydia Cacho regresa a Puebla el sábado. No lo hará de la misma forma en que llegó hoy a la entidad por primera vez, aquél sábado 15 de enero del 2005, después de una odisea de 20 horas de viaje en carretera desde Cancún, custodiada por dos policías judiciales que ejercieron sobre ella tortura psicológica y escoltada por un comando del empresario Kamel Nacif. Ahora vuelve a Puebla para presentar su libro Memorias de una infamia en compañía de las periodistas Carmen Aristegui y Sanjuana Martínez, el joven jurista Lorenzo Córdova Vianello y la académica María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera. Lo hace, además, cuatro meses después del carpetazo que seis ministros de la Suprema Corte de Justicia ejecutaron para declarar la inocencia del gobernador poblano.

 

Pocas cosas se han sabido de Lydia Cacho desde entonces y muchas preguntas se quedaron en el tintero. ¿Por qué no acudió a la sesión definitiva del 29 de noviembre de año pasado, cuando los ministros exoneraron al gobernador? ¿Acaso sabía ella cuál sería el fallo final y ya no quiso enfrentar a los medios? ¿Por qué tampoco acudieron sus abogados del despacho Olea? ¿Es cierto que incurrieron en prevaricato y por ello ya no fueron contratados para enviar el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos? ¿Por qué Cacho no denunció la actitud sospechosa de la ministro Olga Sánchez Cordero y su cambió de voto? ¿Y por qué tampoco denunció la colusión PRI-gobierno federal por intermediación de Manlio Fabio Beltrones?

 

Aunque el escándalo hace meses que terminó, al gobierno estatal todavía le escuece la presencia de la periodista y por eso, dicen, busca minimizar la presentación de su libro en el zócalo capitalino. Y es que, para honra de unos y vergüenza de otros, el nombre de Lydia Cacho es una herida abierta entre los poblanos. Un espejo cruel que devuelve un reflejo nítido de las culpas y virtudes que tuvo cada uno de los hombres y mujeres que a lo largo de dos años incidieron en denunciar las violaciones a los derechos humanos o en excusar y defender al gobierno. La gravedad del escándalo obligó a que cada uno tomara una definición: cómplices o acusadores. No hubo otro papel. Más los primeros, casi inexistentes los segundos.

 

El reflejo que el espejo llamado Lydia Cacho le ofrece al marinismo es de temor. El escándalo hizo del gobernador poblano un personaje del folklore nacional, ejemplo vivo de impunidad, enemigo a muerte de los intelectuales y periodistas de la Ciudad de México, y sepultó sus sueños guajiros de llegar algún día a la Presidencia de la República. Internamente, partió su sexenio en dos y lo divorció de la sociedad poblana que un día lo encumbró como un político de corte popular. Lo dejó, además, a merced de las negociaciones con el gobierno panista, a quien entregó dos senadurías y doce diputaciones federales a cambio de su exoneración. En resumen: un régimen que en pleno vuelo le cortaron las alas y se abatió estrepitosamente sobre el suelo por culpa de la periodista. O por lo menos así lo creen.

 

El reflejo que le da a la mayoría de los medios de comunicación poblanos es el de la vergüenza de haberse convertido en cómplices del silencio y copartícipes de la operación gubernamental para sepultar el escándalo y desactivar la ira ciudadana que un día sacó a más de 30 mil poblanos a la calle para protestar. Vendieron su conciencia por un plato de lentejas. O por varios. Periódicos y noticieros resintieron en sus audiencias la pérdida de credibilidad, pero los bolsillos crecieron notablemente. Pocos, muy pocos, nos atrevimos a mantener una opinión crítica y pagamos el costo. Todavía se mantiene latente el agravio de la censura a La Quintacolumna radio.

 

La fuerza del espejo alcanza para pegarle también a la oposición al PRI que no pudo capitalizar electoralmente la crisis del régimen en las elecciones intermedias del año pasado. El PAN, vergonzosamente, generó una complicidad con el marinismo de la que después ya no supo soltarse. En lugar de utilizar el escándalo como bandera de campaña, recurrieron a él cuando ya se habían hundido en las encuestas. El PRD permaneció impasible, y algunos de sus miembros que se agruparon en el Frente Cívico se corrompieron después de algunas semanas de lucha.

 

Al gobierno estatal, le irrita que además de Lydia Cacho, a la presentación de Memorias de una infamia venga Carmen Aristegui, quien desde W Radio lanzó la bomba de las conversaciones junto con La Jornada y siempre mantuvo vigente el caso desde su espacio. Veladamente, la periodista ha señalado a Mario Marín como uno de los responsables en su salida de W Radio. Sanjuana Martínez también ha sido un dolor de cabeza al tratar el caso del cura pederasta, Nicolás Aguilar, a quien la justicia poblana dejó libre para que pudiera abusar de muchos niños más.

 

No sé cuántos poblanos pueda reunir Lydia Cacho el próximo sábado en la explanada del zócalo capitalino. Lo que sí sé es que estarán ahí los que le apuestan a la memoria y la dignidad como forma de vida. En puntos de las doce del día ahí nos vemos.

 

*** El régimen de la reconciliación. Prometedora la investidura de Luis Ernesto Derbez como Rector de la Universidad de las Américas. Un nuevo ambiente se respira en el campus cholulteca: el de una reconciliación entre el Patronato encabezado por la familia Jenkins, el personal académico y sobretodo, los estudiantes. El ex canciller tomó las cosas con calma; en el lapso de un mes se reunió con los grupos disidentes, dialogó con los alumnos y reunió al profesorado, prometiendo el fin de la represión. Con sencillas medidas, la crispación descendió hasta permitir una pacífica investidura.

 

Es subrayable la posición autocrítica que contuvieron los discursos de Guillermo Jenkins, el nuevo rector, y fundamentalmente de la Decano de la Escuela de Ciencias Sociales, María Luisa Vilar: la UDLA vivió una etapa horrible, tocó fondo y sólo el trabajo conjunto permitirá salir adelante. La agenda de Derbez, igualmente, parece sensata: hay que atender lo urgente y al mismo tiempo desarrollar un proyecto de cinco años. Entre lo urgente, lo más es responder a las observaciones de la SACS, para lo cual empezarán a funcionar tres comités: uno de empresarios, otro académico y uno más de administración.

 

Vientos prometedores soplan en la quinta universidad más importante del país.

 

*** Digno sucesor. La partida de Fernández Font dejó un hueco en la vida intelectual y ética de Puebla, pero parece que tendrá un digno sucesor al frente de la Universidad Iberoamericana. Se trata del prestigiadísimo académico Juan Luis Hernández, quien cursó su doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid al lado de uno de los expertos electorales más importantes del mundo, José Ramón Montero.

 

Enhorabuena, porque se trata de alguien con preparación más que sólida.

 

*** La vida es una to-to-tómbola. Carlos Ramírez, periodista metido a mercenario, vino a Puebla para hacer el negocio de su vida: venderle al gobierno marinista un diario que ayudara a legitimarlo y, al mismo tiempo, le hiciera la vida imposible a sus enemigos. Todo se cristalizó en el bodrio llamado Transición Puebla. No hizo ni lo uno ni lo otro.

 

La vida pone a cada quien en su lugar. Que Transición descanse en paz ahora que ha dejado de circular.

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas