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La disyuntiva era clara: agachar la cabeza, aceptar el regao y marcharnos al silencio en la indignidad, o luchar. Elegimos la ltima opcin. Podan doblarnos, pero no quebrarnos

 

Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Festejemos un ao de censura

 

Al periodista, escribía Julio Scherer, lo avalan los hechos. Sin ellos, no es nada. Ayer, todos aquellos que hacíamos La Quintacolumna radio cumplimos un año de censura. Festejamos que salimos del aire porque el ataque injustificado del gobierno marinista a nuestra libertad de expresión nos da dignidad para enfrentar el presente y el futuro. En una época en la que el periodismo poblano será recordado por su genuflexión ante el poder, nosotros tendremos la cara limpia para afirmar que nos negamos a someternos, y por ello fuimos castigados. Los hechos nos avalarán. La censura del marinismo legitimará nuestro lugar en la historia del periodismo poblano.

 

Hace una semana fui invitador por la Facultad de Derecho de la Buap para hablar sobre libertad de expresión. Inevitablemente, como sucede en muchos de los lugares donde nos paramos, varios estudiantes lanzaron el reto: “¿Qué pasó con La Quintacolumna; por qué no se animan a contar la verdadera historia?”. Hasta ese momento, caí en cuenta que justo esa semana cumplíamos un año del despojo de la estación de radio, la 10.10 AM, de la que Alberto Ventosa era legal arrendatario. Con un contrato vigente todavía por dos años, el dueño de la concesión, Salvador Martínez “el Chato”, decidió rescindirlo unilateralmente. Y aunque los amanuenses del poder corrieron la versión de que “nos habían lanzado porque no pagábamos la renta”, por supuesto que se trató de una burda descalificación para legitimar el golpe. Su ínfimo nivel cultural los llevó a compararnos con Don Ramón, el del chavo del ocho. Sublime.

 

La historia de la censura a La Quintacolumna radio es muy simple. Cuando todos decidieron silenciar el escándalo de la detención de Lydia Cacho, nosotros seguimos hablando del tema. Cuando los demás programas de radio le negaron a la gente su derecho a expresarse, nosotros mantuvimos los micrófonos abiertos. Ése día el poder firmó nuestra sentencia de muerte. Quizá se cumpliría en semanas, meses o años. Pero un programa de radio de esa naturaleza trangresora no podía seguir al aire.

 

Los rumores de nuestro final comenzaron en los últimos días de agosto, justo cuando la euforia marinista estaba in crescendo por la cuasi segura exoneración del gobernador poblano. No los creímos y lo atribuimos a la mala fe de los mensajeros. A la envidia por la libertad que gozábamos. Que si Valentín Meneses se había entrevistado por el Chato Martínez en Houston, a donde el concesionario purgaba anualmente su larga enfermedad. Que si el trato era aumentar el convenio. Que el gobierno le iba a comprar un terreno de 5 millones de pesos por el servicio de sacarnos del aire. Que el pretexto perfecto sería una supuesta amenaza de la RTC por el lenguaje soez que manejaba el programa. Los rumores iban y venían.

 

Al final, la exoneración de Marín no llegó y la Suprema Corte de Justicia decidió ampliar la investigación que hasta hoy sigue sin resolverse. Pero la maquinaria de la censura ya estaba en marcha y no podía detenerse. Por ahí del 18 de septiembre, el Chato hizo realidad los rumores: notificó a Alberto Ventosa que rescindía unilateralmente el convenio de arrendamiento que tenían desde hace diez años sobre la 10.10 AM. La explicación fue una mezcla de medias verdades: Martínez estaba cansado de los problemas con el gobierno estatal que le traía la relación con el proyecto editorial de CAMBIO.

 

Tres lo rumores, sabíamos, intuíamos, olíamos una maquinación del poder para silenciarnos. Pero no teníamos pruebas, hechos, y sólo un puñado de dichos. Mario Alberto Mejía y yo anunciamos públicamente el final del programa; los radioescuchas no querían creernos. Creían que era un ardid publicitario. Las más de 130 llamadas que recibíamos a diario crecieron, y hubo días que el teléfono de la estación se bloqueaba completamente. Generosos, ofrecían hacer una colecta para que el espacio noticioso-chacotero permaneciera al aire. Pero no había dinero que pudiera competir con los recursos del poder.

 

Con el acta de defunción en la mano, Mejía y yo fuimos prudentes porque no podíamos señalar a nadie. Hasta que el mismo gobernador nos señaló. Él fue quien nos dio elementos para luchar. Justo en el día del penúltimo programa, Marín fue entrevistado por el periodista Jesús Manuel Hernández, quien lo cuestionó sobre los rumores que lo hacían responsable del fin de La Quinta radio.

 

El diálogo se dio en los siguientes términos. JMH: "Los compañeros periodistas de la estación ´La 10´ (...) se quejan o tienen versiones de que tu gobierno estaría persiguiéndolos y quitándoles el espacio (...) Realmente, gobernador Marín , sé que son críticos... Pero tú en lo personal, ¿hay alguna situación?" La respuesta de Marín no tardó en llegar: "Durante mi vida de 27 años en la política, al menos los últimos 12 años en los que he sido subsecretario de Gobernación, presidente del PRI y ahora gobernador, nunca he tenido conflicto alguno con algún periodista. Nunca he presentado denuncia o nunca he mandado a intimidar o a censurar alguna crítica, pero curiosamente a los compañeros a los que te refieres ellos sí me han perseguido, porque no sé cómo puede vivir un programa en el que todos los días se han dedicado a atacar, atacar, atacar con fundamentos o sin ellos. ¿Es que no hay otras noticias de qué informar? ¿Qué no hay otros temas? Cuando algo lo hacen así, como ellos lo hacían, por consigna. O sea, su papel era pegar. Y si no era el gobernador, era uno de sus colaboradores. Pegarles hasta el cansancio".

 

La declaración de guerra fue abierta. “Ellos sí me han perseguido”, como si dos periodistas pudieran perseguir y cercar a un aparato de poder. La disyuntiva era clara: agachar la cabeza, aceptar el regaño y marcharnos al silencio en la indignidad, o luchar. Elegimos la última opción. Podían doblarnos, pero no quebrarnos. Decidimos iniciar la travesía por el desierto. Con la solidaridad de la empresa y de todos nuestros compañeros de la redacción, nos aventuramos a un acto inédito en la historia del periodismo poblano: denunciamos penalmente al gobernador, a Blanca Laura Villeda y a Ricardo Velázquez por las amenazas e intimidaciones que sufrimos.

 

Fue el punto de no retorno. El 11 de octubre, acompañados de Xavier Olea, nuestro abogado, nos presentamos en la Fiscalía de Delitos cometidos contra Periodistas de la PGR. La solidaridad que no encontramos en los sometidos periodistas locales, la encontramos a nivel nacional para denunciar la censura de la que fuimos objeto. Ciro Gómez Leyva, Ricardo Rocha y W Radio nos abrieron sus micrófonos; los principales periódicos del país se ocuparon del caso. De igual forma hizo Proceso a través de Álvaro Delgado. A nivel local, solamente la valentía de Pablo Ruiz en el Heraldo nos dio espacio.

 

Travesía en el desierto. Aunque justo es decir que estuvimos acompañados por el coraje y la amistad de Zeus Muníve, Héctor Hugo Cruz, Ulises Ruiz, Selene Ríoz, Efraín Núñez y Edmundo Velásquez, un grupo de reporteros con talento y valor que vivieron su propia versión de la guerra. La censura y el bloqueo de sus compañeros de otros medios; la cerrazón de los funcionarios irritados por todo lo que se dijo y no se dijo en los micrófonos.

 

No nos dejamos derrotar y seguimos haciendo periodismo en CAMBIO. Nos quitaron el habla pero no nos cortaron las manos. Mantuvimos la dignidad. Los apoyos solidarios no escasearon, fundamentalmente de todos aquellos que colaboraron con nosotros: Don Arturo Achard, Augusta Díaz de Rivera, Pablo Rodríguez Regordosa, César Musalem y tantos más que hacían las delicias del pueblo carretonero.

 

Nuestra lucha jurídica, lo sabíamos, sería infructuosa. La Fiscalía Especial de la PGR se declaró incompetente para conocer el caso y reenvió la averiguación previa a la Procuraduría poblana. Seríamos juzgados por los mismos que nos censuraron. No tenía caso. Preferimos dejar el asunto por la paz. La dignidad ya había sido salvada.

 

Nos faltan los detalles de la operación, pero los hechos comprueban que tuvimos la razón. Sólo hace falta ver quién se quedó con la estación –un empresario ligado al marinismo por muchas vías-, quienes ocuparon nuestro espacio radiofónico y cuál es su política editorial. Todos los caminos llevan a Roma.

 

Al contrario de Julio Scherer, la censura nos dio más vida. No nos hundimos en el rencor, ni en a búsqueda de revancha o venganza. Seguimos adelante. Haciendo periodismo.



 

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