Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


03/02/2010


Las consecuencias de la unidad ficticia


La unidad a fuerzas siempre es un mal presagio para el tricolor. Simplemente a nivel nacional, por no recordar desastres estatales, la expulsión de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo configuró la caída del sistema en 1988 y la noche triste de Carlos Salinas de Gortari. Luego, en 1994, el dedazo presidencial a favor de Luis Donaldo Colosio descuidó las expresiones a favor de Manuel Camacho Solís. Después de varios intentos por aclarar que Colosio y sólo Colosio era el candidato, ocurrió el magnicidio que cimbró a mi generación. Otra unidad ficticia alrededor de Francisco Labastida Ochoa, luego del proceso interno en el que participaron Roberto Madrazo y Manuel Bartlett, fue el preámbulo a la derrota presidencial del 2000. Y una vez más, en el 2006, el tabasqueño expulsó a su disidencia interna de mala manera: enterró a Elba Esther Gordillo y al TUCOM, pero luego la sociedad mexicana lo enterró a él en el tercer lugar de la contienda.

 

La unidad forzada es mal presagio advertido por una sabia frase: para que la cuña apriete, debe ser del mismo palo. Lo peor que le puede ocurrir a un priísta es enfrentar a otro priísta: la batalla se convierte en una guerra de cochinos contra marranos. Y a fuerza de ser honestos, todos los que militan en el partidazo son igual de trompudos. Conocen la misma estructura territorial y los mecanismos de control corporativo. La forma suave de amenazar y las tersas maneras del chantaje. Saben de los infiltrados en otros partidos, el control a los medios de comunicación y las mil y un recetas para aprovechar las ventajas del erario. Ningún panista o perredista podrá copiar las cualidades camaleónicas de un priísta. Por ello las guerras intestinas son tan cruentas.

 

La ecuación PRI vs PRI siempre da malos dividendos. Un escenario que se configura rumbo a los comicios de julio: usando las siglas de la megacoalición irán dos priístas –Rafael Moreno Valle y Enrique Doger– contra otros dos priístas –Javier López Zavala y algún otro por determinar–.

 

¿Qué provocará un enfrentamiento semejante? Algo parecido al parto de los montes: una transformación substancial del sistema político local. Un choque de estructuras brutal, pues las fortalezas de uno y otro bando nivelan la balanza. Si de un lado jugarán los 51 mil millones de pesos y la estructura gubernamental, del otro las delegaciones federales también pondrán su parte. Los medios de comunicación locales, vendidos en cuerpo y alma a Zavala, encontrarán su equilibrio en la cobertura nacional de televisoras, diario y radiodifusoras. La pobre estructura territorial de la megacoalición se verá alimentada por aquellos desertores que descontentos con las imposiciones en alcaldías decidan seguir el camino de Moreno Valle y Doger: salir de partido y enfrentar a sus ex compañeros. ¿Cuál es el efecto multiplicador de la ruptura?

 

Hacen falta, por supuesto, datos duros para medir el efecto de la megacoalición ya con sus candidatos, y conocer al eventual abanderado a la alcaldía priísta. Ninguna encuesta ha ofrecido esos datos duros. Además, todavía falta mucho tiempo para los comicios y quién sabe cuántas cosas puedan ocurrir para cambiar el curso de las preferencias. Eduardo Bours tenía en el bolsillo la victoria en Sonora hasta que se atravesó el incendio de una guardería. En una campaña electoral ocurren muchos fenómenos y actúan muchas fuerzas, y a cinco meses de los comicios varias cosas tendrán qué ocurrir todavía. La historia de la elección más competida en la historia moderna apenas se escribe, aunque algunas tendencias comienzan a vislumbrarse.

 

Al final, de todos modos ocurrirá el parto de los montes: si el PRI pierde la gubernatura y la alcaldía, es previsible que mantendrá la mayoría en el Congreso del Estado lo que provocará un gobierno de cohabitación. El partido, además, cambiará de manos pues el marinismo-zavalismo cargará con la responsabilidad de la derrota. ¿Quién será el líder del PRI como partido de oposición?

 

Igualmente ocurrirá con la megacoalición en la derrota: la izquierda dejará de ser un partido testimonial y por primera vez tendrán un cabecilla con capacidad de unir a sus tribus. El PAN, igualmente, abandonará el esquema tradicional de las familias custodias y se volverá un partido más competitivo y profesionalizado.

 

La transformación del sistema político local, de igual forma, alcanzará a los medios de comunicación locales que perderán su rating tradicional dada la línea editorial oficialista. Medios alternativos como el internet y las redes sociales reemplazarán a los gacetilleros y contratistas de obra pública.

 

El impacto de la megacoalición encabezada por dos priísta, pues, será mayúsculo, aunque nadie sabe si les alcanzará para ganar. Quizá a Moreno Valle y a Doger les toque iniciar una larga andadura semejante a la de Cárdenas y Muñoz Ledo: líderes democráticos que primero sufrieron la persecución del sistema y luego ganaron elecciones. Siempre será un camino más digno a convertirse en guaruras en turno, puesto que hoy desempeñan Jesús Morales Flores y Víctor Hugo Islas con toda indignidad.

 



 
 

 

 
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