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Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Los espectaculares de Zavala

 

La candidatura plurinominal de Javier López Zavala es un hecho inédito en la historia de las campañas políticas de la entidad, y quizá del país. Nunca antes un aspirante a la diputación había rivalizado en jerarquía con el abanderado a la alcaldía y con el presidente de su partido, en teoría motores de la maquinaria tricolor. No siempre el poder se mide en el organigrama, y el peso específico de Zavala se refleja en dos hechos muy concretos. Uno, el acondicionamiento de un espacio físico inmenso en el boulevard Atlixco para cumplir el capricho de que el ex titular de Gobernación tuviera sus propias oficinas. Y dos, el más importante, es que Zavala tendrá circulando –probablemente desde hoy mismo- su imagen gráfica por la todo el estado en espectaculares y pendones, rivalizando en propaganda con la de la recién blanqueada Blanca Alcalá.

 

Fuentes al interior del equipo de campaña zavalista revelaron al columnista que la semana pasada el Promotor del Voto Estatal –cargo rimbombante inventado para alimentar más su ego- tardó más de catorce horas en hacerse un estudio fotográfico para que su cara aparezca en cada esquina de la ciudad de Puebla y en cada rincón del estado. Obviamente, nadie se explica por qué si mujeres candidatas –a quien de suyo es difícil darles gusto en cuestiones de imagen- se tardaron por mucho dos o tres horas,  Zavala se haya tomado catorce horas.

 

Pero la aventura de los espectaculares y pendones que pronto inundarán Puebla no terminó ahí, ya que luego vino el retoque para hacer a Zavala lo más parecido a Enrique Peña Nieto, tarea harto difícil, por no decir imposible. El fotógrafo sufrió de lo lindo: que si aparecía un grano, que si las canas, que si los labios abundantes. Total que si el estudio fotográfico tomó catorce horas, el retoque se demoró hasta setenta y dos. Al final, la foto quedó como se podía y no como se quería, porque a lo imposible nadie está obligado.

 

Lo que podría ser una anécdota chusca, en realidad es la mejor prueba del corto circuito que hay al interior de la campaña tricolor, en la que todos –y al mismo tiempo nadie- han asumido la conducción estratégica y la toma de decisiones. Javier López Zavala, María Ester Sherman, Blanca Alcalá, Valentín Meneses y la nueva  delegada, Paloma Guillén Vicente, obran por su lado, sin orden ni concierto.

 

La idea de Javier López Zavala de inundar la capital con espectaculares y pendones, por ejemplo, choca frontalmente con la candidatura de Blanca Alcalá en su versión Lucía Méndez. ¿Por qué? Porque la estrategia original de postular a Blanca era presentarla como más cercano a la sociedad civil, alejada de priísmo y recontralejada del grupo marinista. Y ahora, al promover la figura de Zavala, se posiciona a un personaje identificado precisamente con todo lo que el PRI no buscaba presentar elecciones: alguien identificado con el tricolor duro, agente central del gobierno marinista y por si fuera poco, involucrado por la Suprema Corte en la detención ilegal de Lydia Cacho. Precisamente, todas y cada una de las razones por las que Zavala no fue designado por Marín como el candidato a la alcaldía.

 

Ahí se muestra la estrategia sin orden ni concierto: ¿por qué posicionar a Zavala en detrimento de Blanca Alcalá? O en otras palabras: ¿el tricolor a quién le quiere vender a la sociedad? ¿Al candidato plurinominal a diputado o a la aspirante a la alcaldía? ¿Quién tiene el mayor reto electoral?

 

Simplemente no hay lógica. En la teoría, los recursos económicos del tricolor deberían estar dirigidos a ganar la alcaldía y a fortalecer la operación electoral de la dirigencia estatal en los 217 municipios y en los 26 distritos electorales. En lugar de eso, se destina dinero para rentar un edificio inmenso para ubicarlo como el centro de operación política de Zavala. ¿Y cuál es la casa de campaña de Blanca Alcalá? ¿Quién tiene más recursos? ¿Quién tiene más poder?

 

La única lógica sería una perversidad: el corto circuito que genera Zavala al interior de la campaña priísta, provocado por la persecución de su propios intereses –posicionar su nombre rumbo a la sucesión-, no es accidente, sino un hecho doloso. Esto es, Marín lo mandó a promocionarse con independencia de los efectos negativos que pueda generar en el electorado la presencia del ex secretario de Gobernación. Y en ese sentido, Zavala tiene más poder que Valentín Meneses, Blanca Alcalá, María Ester Sherman y Paloma Guillén Vicente.

 

¿Será?

 

*** El partido satélite. El Partido Esperanza Zavalista prácticamente ha desaparecido del entorno político una vez que su promotor abandonó la secretaría de Gobernación y dejó a Carlos Navarro colgado de la brocha y sin recursos suficientes para asegurar el porcentaje del 2 por ciento. El apéndice del gobierno estatal presentó ayer a sus candidatos a alcalde y diputados por la ciudad en un acto en el auditorio del Fiesta Inn Ánimas.

 

La selección no pudo ser más desafortunada, a excepción de Adriana Ochoa –hija del ex secretario de Turismo, Alberto Ochoa- quien abanderará al PEC en el sexto distrito. El hijo de Luis Enrique Fernández, candidato a la alcaldía, ni hablar sabe el pobre muchacho. Mejor hubiera candidateado a Adriana.



 

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