Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda
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03/12/2010


La confirmación de algo denominado política de poder


La divulgación de los documentos secretos de la diplomacia estadounidense por el portal WikiLeaks no es otra casa más que la confirmación del teorema fundamental del viejo profesor Hans Morgenthau: la política internacional siempre está determinada por las lógicas del interés nacional. Aun en un mundo globalizado, la teoría realista de las relaciones internacionales funciona de forma impecable: no hay nada que podamos llamar comunidad mundial. Lo único que tenemos son Estados en competencia por una política de poder y acciones de acuerdo a sus intereses. WikiLeaks también ha terminado por probar que los embajadores y diplomáticos son, precisamente, enviados del interés nacional. Hacen papel de espías, instigadores, informantes, orejas y todo aquello que convenga a su país. Ni más ni menos. En ese sentido, el trabajo de Julian Assange es la confirmación histórica de la teoría más dura de las relaciones internacionales. Sin embargo, no por ello ha dejado de cimbrar al mundo, precisamente porque los informes contenidos en 250 mil cables desnudan las pobrezas nacionales a través de los ojos de los embajadores estadounidenses. Ocurre así con las primeras revelaciones referentes a México: el Gobierno federal se muestra impotente y derrotado en amplias zonas del país. El ruego, casi imploración, por apoyo en entrenamiento y tecnología. La prueba de que el Comando del Norte entrena a la Marina por desconfianza a la desidia interesada del Ejército. La descoordinación entre las fuerzas de seguridad. La intención castrense por declarar el Estado de Excepción, sin garantías individuales, consignado en el 29 constitucional. Y, por supuesto, la guinda del pastel: la curiosidad de Hillary Clinton por el estrés del presidente Calderón y cómo afronta los golpes de la realidad. ¿Un señuelo directo a los rumores de alcoholismo?


Al principio del cablegate, como lo denominan los medios estadounidenses, pensé que las revelaciones de WikiLeaks tendrían un efecto de cotilleo: chismes diplomáticos, comentarios mordaces, algún roce por ahí. Pero nada más. El efecto, sin embargo, es diferente a mi cálculo. Las revelaciones internacionales agitan profundamente las aguas de los conflictos nacionales. Uno se estremece, por ejemplo, con el informe sobre las pretensiones de Aznar sobre un posible regreso a la política activa española. La corrupción galopante en Marruecos y Afganistán. La confirmación de las travesuras sexuales de Berlusconi. El sentimiento de derrota que invade al Gobierno mexicano en su guerra contra el narcotráfico. La sospechosa actuación del Ejército. La cesión de soberanía a cambio de unos cuantos dólares. La superficialidad de Sarkozy y Bruni. La locura de Cristina Kirchner. Y lo que falta.

El mundo se ha cimbrado. Julian Assange y WikiLeaks nos han puesto un espejo que devuelve una imagen terriblemente realista de nuestros países, nuestras élites y nuestros conflictos a través de la mirada acuciosa de los embajadores e informantes norteamericanos, quienes desnudan nuestras carencias en beneficio de los intereses de Estados Unidos. Identifican áreas de oportunidad, resaltan debilidades, se solazan en nuestras desgracias. Obama no es diferente a Bush: los lobos son lobos y no tienen compasión de los carneros.


Los cables de WikiLeaks revelan secretos de Estado, pero no de Norteamérica, sino de innumerables países, entre ellos México. Revelan el lado más oscuro de la política: lo que las élites saben pero que debe mantenerse oculto a los ojos del pueblo. El crimen de Assange no desnuda a la diplomacia americana, sino a los gobiernos del mundo. El secreto de Estado es la senda del mal: la violación justificada a principios éticos porque la política no conoce moral. En el origen de la política se encuentra el secreto.


El sacudimiento mundial provocado por WikiLeaks provocará temblores esencialmente nacionales. Las agencias gubernamentales, los despachos de Relaciones Exteriores se apresuran a negar las revelaciones de los cables hurtados. No servirá: hoy el Ejército deberá responder por qué no tomó parte en la operación para liquidar a Beltrán Leyva, y por qué buscan declarar un Estado de Excepción. El gobierno calderonista, a su vez, deberá aclarar desde cuándo las fuerzas nacionales reciben entrenamiento del Comando del Norte, y cuáles son las cesiones soberanas a cambio del implorado apoyo tecnológico y financiero. Y tampoco estaría mal que revelaran la forma en que Calderón afronta el estrés.


Julian Assange ha puesto de cabeza al mundo: se define a sí mismo como un activista, es decir, un radical. No solo los gobiernos lo han declarado su enemigo. También los medios de comunicación, porque WikiLeaks no forma parte del entramado prensa-poder. El reclamo de los gobiernos nacionales a Estados Unidos no es la revelación de sus secretos, sino acallar a Assange. Y es que todavía falta mucho. De México se han revelado apenas cuatro cables de poco más de 2 mil. Falta mucho por conocer. Tengo curiosidad sobre si habrá algo sobre Puebla como morada de narcos. Habrá que esperar. Los gobiernos del mundo y las empresas de comunicación han decretado pena de muerte a Assange y WikiLeaks. ¿Tienen el poder suficiente para acallarlo? Yo creo que sí.

 



 
 

 

 
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