Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Cementerio de papel


Hoy es día de cine. Por fin, después de algunos meses de espera, se estrena la película “Cementerio de Papel” basada en la novela homónima del extraordinario historiador y amigo, colaborador de CAMBIO, Fritz Glockner. De ilustre apellido en la izquierda mexicana, Glockner dibuja un thriller político que tiene como motivo la llamada “guerra sucia”, los años en que el maximato tricolor combatió, desde la ilegalidad, a los que llamó grupos subversivos y/o guerrilleros, entre los que destacan la Liga 23 de septiembre, así como los movimientos campesinos de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas. El número de desaparecidos y muertos entre finales de los sesenta y principios de los setenta  fue indeterminado, y la esperada Comisión de la Verdad, constituida durante el foxato, tuvo resultados inciertos, pues sus conclusiones nunca llevaron a la cárcel algún funcionario de la época a. Mucho menos a Luis Echeverría o a Miguel Nassar Haro.

 

Cementerio de papel es el homenaje de Fritz Glockner a todos los muertos anónimos de la guerra sucia, y una vendetta literaria frente a los poderosos que los mataron como una forma de extirpar la barbarie nacional, Galio dixit en el grandioso libro de Héctor Aguilar Camín. Y es que Fritz lleva el tema de la guerrilla en la sangre: no sólo escribió Memoria Roja, historia de la guerrilla en México (1943-1968), un testimonio histórico, un rompecabezas de los movimientos subversivos. A prueba histórica le siguió la venganza literaria. En Cementerio de papel los protagonistas no son aquellos que buscan desentrañar un extraño crimen. El único protagonista es el edificio conocido como cárcel de Lecumberri, hoy Archivo General de la Nación, el verdadero cementerio de papel.

 

Guerrilla y Lecumberri se cruzan en las obsesiones de Fritz. Su padre, Napoléon, fue guerrillero. Detenido por fuerzas militares, fue prisionero precisamente en el edificio que, irónicamente, es el Archivo General de la Nación y al que Fritz regresa constantemente, como historiador, para reunir la evidencia que dé luz al proceso conocido como “guerra sucia”.

 

Entrevistado para la sección “En esto creo”, Fritz relató el origen de sus demonios de la represión, al estilo de Michel Foucault.

 

Seis meses antes de que mi padre se fuera de guerrillero, y nos abandonara, yo estaba en Disneylandia correteando a Campanita. No es metáfora ni broma, tenía diez años y me habían mandado de vacaciones (…) y de buenas a primeras mi padre no volvió a aparecer en la casa. Entramos en una situación complicada, conflictiva económica, política, socialmente hablando.

 

Me entró un gran odio cuando me enteré que habían asesinado a mi padre, una sed de venganza, pero por fortuna Ernesto Manzo, el papá de mi amigo Carlos, de manera muy oportuna, se acercó, me abrazó y me dijo: “Fritz, te voy a pedir que no odies; haya sido quien haya sido el que asesinó a tu padre, porque el odio es un sentimiento autodestructivo”. En ese momento mandé al señor a chingar a su madre. De ahí pasé un proceso de depresión cabrona, de tres cuatro días. Pero cuando me reincorporé, me di cuenta de que las palabras de este hombre surtieron mucho efecto, al grado de que, por fortuna, no continué con una actitud de odio, sino que hubo una sanación chingona.

 

“El niño Fritz sigue diciendo “Chinga tu madre, Napoleón Glockner (…) ¿por qué me sacrificaste a mí, en pos de los demás niños?”. Ni soy egoísta, ni soy culero, soy objetivo. El adulto Fritz dice “¡Qué huevos! y qué padre que él haya optado por sus ideales: haber dejado estatus social, su familia, hijos en el Colegio Americano, en el Oriente; además, con un conflicto generacional muy cabrón, tomando en cuenta que mi padre tenía 39 años cuando se fue de guerrillero, edad que no es acorde al grueso de guerrilleros de entonces, que por mucho llegaban a los 25, 28 años, ya antiguos.

 

“Mi padre se quitaba la camisa, el calzón, el traje y la corbata por cualquier persona en la calle, era exageradamente dadivoso, exageradamente entregado; tan es así que se fue de guerrillero. Eso te enseña, te marca. Era absolutamente honesto. Lo más importante que aprendí de él —que es una combinación de enseñanza entre mi padre y mi abuelo—, tiene que ver con nunca dejarte dominar, nunca dejar que nadie te menosprecie, el no sentirte más que nadie y sobre todo, el ser irreverente”.

 

Quizá el género literario al que mejor se asemeje “Cementerio de papel” no sea al thriller político, sino histórico. Distancias guardadas, no puedo dejar de compararla con “El Nombre de la Rosa” del monumental Umberto Eco. Sólo que en lugar de la laberíntica biblioteca de la abadía benedictina, depósito de la verdad custodiada por Jorge de Burgos y Malaquías, se erige el Archivo General de la Nación, depósito que gracias a la Ley de Acceso a la Información Pública , puede ser consultado y de que cada día surge una verdad nueva del régimen caduco.

 

La versión fílmica de “El nombre de la Rosa” tuvo escaso éxito, quizá por la imposibilidad de que el lenguaje cinematográfico pudiera adaptar el magnificente lenguaje literario de Eco. “Cementerio de papel”, protagonizada por Alberto Estrella, se estrena hoy con varias copias en el Distrito Federal. Una semana después, llegará a los cines poblanos.

 

Y cada lunes, aquí en CAMBIO, el “Cajón del desastre” de Fritz Glockner.

 

Felicidades!!!!

 

*** Terminó la investigación. Acerca del pirataje a la columna de Manuel Cuadras para atacar con aviesas intenciones a Javier López Zavala, es necesario deslindar a la imprenta que dirige nuestro compañero Arturo Crisanto, como habían presumido miembros del equipo del secretario de Desarrollo Social.

 

El diseño original se obtuvo de otras formas, aviesas como las intenciones, que luego le platicaremos.

 



 
 

 

 
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