Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda

06/05/2009

Las campañas me dan güeva


En estos días toca elegir en entre el pánico, la heroica o el melodrama para entender el insípido inicio de las campañas políticas para renovar la Cámara de Diputados. Antes de pánico nacional provocado por las ex gripe de los puercos, hoy llamada influenza A/H1N1, las mayoría de las casas encuestadoras predecían una participación menor al 50 por ciento, casi rondando el 40. Finalizado el asueto nacional provocado por la alerta sanitaria, el pesimismo crece: si el 30 por ciento del electorado llega a las urnas, casi será un milagro. En números reales, únicamente votarían 20 millones de mexicanos, de un universo posible de 75. El miedo a la pandemia no provocó virtudes cívicas ni alentó la ciudadanía.

 

Las campañas, sí, dan mucha güeva. Hoy más que nunca dado que varios factores se entrecruzan. La primera y la más importante es que el diputado –categoría mitológica del mexicano, según el historiador Florescano- es uno de los peor  calificados por la sociedad, con menos credibilidad. La imaginación popular suele retratarlos como “levantadedos”, flojos con sueldos de antología, traficantes de influencia profesionales. Por si fuera poco, no tienen presupuesto, no ejecutan obra pública ni asignan programas sociales y en suma, los electores de un distrito los conocen en campaña pero después no vuelven a verlos. Tampoco falta les hace, porque el elevado a calidad de diputado se sumerge en la oscura práctica parlamentaria que produce, a su vez, leyes más oscuras y distantes a las necesidades reales de la población.

 

Los diputados presentes y futuros no tienen toda la culpa de su desprestigio. Sí son levantadedos, retratados fielmente por Los Supermachos de Rius, pero además el sistema democrático representativo contribuye al desprestigio: los representantes no tienen incentivos para acercarse a las causas populares porque lo hayan hecho bien o lo hayan hecho mal, al finalizar su periodo se irán a su casa. Es decir, no pueden reelegirse inmediatamente. Puede saltar de diputados federales a senadores, de ahí otra vez a diputados federales o quizá locales, y de ahí regresar al Senado. Pero por ello no tienen interés en regresar a sus distritos.

 

Veamos un caso práctico: la panista Miriam Arabian, en el 2003 fue electa diputada por el distrito XII de la capital. Hoy que regresa como candidata, después de ser funcionaria federal por 3 años en la Sedesol, cambia de distrito y se va al XI. ¿Por qué? Porque ninguno de los electores del XII volverían a votar por una candidata que hicieron ganar pero no volvieron a tener noticias de ella.

 

Otro factor que contribuye al desinterés es que se trata de una elección intermedia, donde no se juega una presidencia, alcaldía o gubernatura, por lo que tradicionalmente captan menos atención. En otras palabras, no se trata de una batalla de personas, sino de partidos. Carismas contra estructuras.

 

Eso justifica, además, que los partidos puedan presentar perfiles tan bajos para contender por la diputación, una vez que al partido le corresponde el trabajo de ganar. Ya en otras columnas hemos subrayado la pobreza extrema de los aspirantes tricolores, de los que apenas se salvan Alberto Jiménez Merino, Carmenchú Izaguirre y Ardelio Vargas, el resto es pura clase media para abajo.

 

El perfil de los candidatos panistas tampoco es para presumir. Tienes dos presuntos alcohólicos: uno en San Martín Texmelucan y otro en Tepeaca. El primero incluso atropelló a un menor, y aunque se hizo cargo de los gastos, le dio al aparato marinista el pretexto perfecto para complicarle la vida. La detención de Óscar Anguino, relatan fuentes de la PGJ, es inminente, por lo que Rafael Micalco ya analiza su sustitución. Decididos a perder el distrito de Cholula, decidieron postular al ex alcalde Omar Coyopol, atascado de sospechas de corrupción, para hacer pareja con el corruptísimo David Cuatli.

 

En la capital la cosa no mejora, debido a la tolerancia del PAN con los devaneos de Ana Teresa Aranda para aceptar una candidatura que le ofrecieron en charola de plata, pero que les rechazó con aires de suficiencia. Con las prisas de Micalco, el equipo albiazul quedó parchado. En el IX incrustaron a Augusta Sánchez Díaz de Rivera, quien no tiene ningún interés en ganar porque tiene su sitio asegurado en la plurinominal. En lugar de enviar a un joven contra Paco Ramos, eligieron al ex dirigente de Coparmex, Luis Mora Velasco, quien tiene el discurso para exhibir a Ramos, pero no la imagen para competir.

 

Los panistas premiaron a la burocracia del partido con Eduardo Morales en el distrito XII, conocido únicamente por haber tenido la delegación de Migración, pero al que no se le conocen otros méritos. Y a la segura enviaron a Miriam Arabian por el XI para enfrentar al seudo ecologista Natale. ¿Por qué no la enviaron a su distrito original?

 

¿Quién, del lado de los tricolores, encabezará el discurso de los candidatos priístas en la capital? Primero tendrían que tratarles su tartamudez física e ideológica. ¿Y quién lo hará del lado de los panista? Probablemente Arabian, pero tampoco es para lanzar las campanas al vuelo.

 

Última razón por la que las campañas dan güeva: la brillante idea de los legisladores para suspender la propaganda negativa le quitó sabor a la batalla. Además, gracias a la reforma electoral los partidos no pueden comprar spots en radio y televisión, por lo que todo se ha reducido a spots de temas trillados como “economía familiar” y “candidatos como tú”. Los spots, además, no pueden ser pautados, sino que el PRI poblano los envía al Comité Ejecutivo Nacional, y de cómo consideren las necesidades allá, los enviará al IFE para su programación.

 

Sí, las campañas nos dan güeva y definitivamente los poblanos dudamos de meternos en esa guerra de troles que nos han propuesto PAN y PRI. Y si el recurso para ganar de unos de ellos es que a otro “le tocó bailar con la más fea”, no tenemos muchas esperanzas que el nivel de la contienda suba.

 



 
 

 

 
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