Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


León Dumit, el nuevo presidente del TSJ


Si de algo no puede acusarse a Mario Marín es de ser un malagradecido. De una forma u otra, ha encontrado manera de pagar los favores recibidos en su larga carrera burocrática al poder: amigos, mentores y antiguos benefactores han lucrado con el agradecimiento personal de quien un día no tuvo nada y hoy es el poder supremo de Puebla. A esa larga lista de agradecimientos debe sumarse el magistrado León Dumit Espinal, abogado honorable que presidirá el Tribunal Superior de Justicia a partir del 15 de febrero. El dedo de oro ya señaló. Alejandro Villar Borja, Arturo Madrid y Alfredo Mendoza se quedaron en el camino. Los zapatos grandes que dejó Pacheco Pulido encontraron un digno substituto.

 

¿Y qué factura debería pagarle Mario Marín a León Dumit Espinal para hacerlo magistrado presidente del TSJ? La historia remite a uno de los episodios oscuros en la vida del gobernador poblano y que han sido borrados de la historia oficial, aunque los hechos permanecen grabados en los jueces y magistrados que atestiguaron el cese infamante de Marín cuando era juez familiar y su expulsión del Poder Judicial, allá en los inicios del sexenio piñaolayista. La historia ocurrió así.

 

El día que Mariano Piña Olaya fue designado candidato del PRI a la gubernatura por un dedazo presidencial, allá en el lejano 1986, el empresario radiofónico Antonio Grajales Salas fue uno de los primeros poblanos en ponerse a sus órdenes. Sus estaciones de radio, e incluso una casa del empresario, fueron utilizadas por Piña Olaya durante la campaña. Después del trámite electoral, Grajales Farías se convirtió en uno de los empresarios favoritos del gobernador. Y un buen día decidió divorciarse de su esposa, Marcela Grajales Farías y quedarse con la patria potestad de sus dos hijos. Y como buen influyente recurrió al gobernador para que el asunto caminara correctamente en el Poder Judicial.

 

Por esos días el magistrado presidente del Tribunal era el viejito José Ramón Palacios, un hombre de carácter hosco y prepotente que le guardaba la silla a Geudiel Jiménez Covarrubias. El ancianito Palacios recibió la orden del gobernador de ayudar a su amigo Antonio Grajales en el proceso de divorcio; orden que al final recayó en el juez familiar que llevaba el asunto: nada más y nada menos que Mario Marín. Acatando las instrucciones recibidas, el hoy gobernador favoreció al empresario radiofónico alterando algunos hechos del proceso.

 

Sin embargo, como suele suceder en la real politik, para un influyentazo, pues influyentazo y medio. Marcela Farías no estaba manca. Su padre Luis Farías, ex gobernador de Nuevo León, priísta de rango nacional, denunció ante el presidente Miguel de la Madrid las irregularidades del caso, y éste se comunicó con Mariano Piña Olaya para que el proceso fuera repuesto. Y como siempre, el hilo se rompe por lo más delgado.

 

Ni tardo ni perezoso, el viejito José Ramón Palacios decidió que el juez del asunto debía cargar con la culpa, y en cuestión de días, organizó una sesión infamante del Tribunal Superior de Justicia a la que asistieron magistrados y jueces –todavía muchos de ellos en activo-, en la que Mario Marín fue enjuiciado públicamente y encontrado culpable, con lo que se decretó su cese fulminante. El magistrado fiscal fue Álvaro David López Rubí, y aunque muchos jueces y magistrados no estaba de acuerdo con la medida radical, pues fingieron demencia. Todos excepto uno: León Dumit Espinal, quien defendió al joven juez de tan tremenda humillación.

 

La defensa de León Dumit no surtió efecto para exonerar al joven juez Marín: la votación lo encontró culpable por instrucciones de José Ramón Palacios. Aquella desgracia momentánea –misterioso destino- le cambió la vida a Mario Marín porque lo urgió a iniciar su carrera política. Por recomendación de los Montero – Enrique y Mario-, Guillermo Pacheco Pulido lo recibió en el Ayuntamiento y lo hizo su secretario particular. Dos años después El Maestro lo recomendó con Don Alberto Jiménez Morales, quien lo hizo subsecretario de Gobernación y más tarde enlace del piñaolayismo con el equipo de campaña de Manuel Bartlett Díaz. Y de ahí al cielo. El destino: sin su infamante expulsión del Poder Judicia, quizá Marín hubiera continuado su carrera de juez, y quizá hoy sería magistrado en vez de gobernador. No hay mal que por bien no venga.

 

Y como la vida es una tómbola, más tarde León Dumit también salió del Tribunal Superior de Justicia. En esos tiempos era mejor negocio ser juez en vez de magistrado, porque los primeros eran al mismo tiempo notarios y registradores. A nombre de un grupo de magistrados, Dumit solicitó a Mariano Piña Olaya aumento de sueldo para dignificar la función. Y en su estilo patanesco, el oriundo de Champusco le respondió que si no estaba contento, pues que renunciara. Y con toda la dignidad del mundo, Dumit se fue

 

Al margen de la factura moral que el gobernador le paga a León Dumit, su hoja de servicios es más que brillante: lo mismo ha sido Ombudsman local, primer presidente del Tribunal Electoral y maestro de derecho constitucional de varias generaciones. Un hombre honorable y respetado por jueces, magistrados y litigantes. Es, al mismo tiempo, un hombre sin grupos que pondrá en orden a la mafia de Villar Borja, Alfredo Mendoza y compañía.

 

Es la ley eterna del poder: muerto el Rey, Viva el Rey. Hoy, en Ciudad Judicial, Guillermo Pacheco Pulido se despedirá por todo lo alto. Y al mismo tiempo, León Dumit será ungido por el dedo supremo. Una rueda de la fortuna que nunca se detiene.

 

Columnas Anteriores


 
 

 

 
Todos los Columnistas