Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda

08/06/2009

El aterrizaje de la sucesión II


En la entrega anterior dejábamos establecida la hipótesis central que explica la sucesión marinista: antes que un problema de elección, se trata de un problema de cómo aterrizarla. A contrapelo de lo ocurrido a Melquiades Morales, quien vivió su sexenio oscilando su apoyo entre varios proyectos futuribles, Mario Marín prácticamente eligió a su delfín desde el principio para tener el tiempo de allanar su camino rumbo a un proyecto transexenal. Su sucesor designado enfrentaba dos muros cuasi infranqueables, por lo que los preparativos llevarían un tiempo considerable. El primer problema estaba representado por el rechazo patente de su propia burbuja a la candidatura de Javier López Zavala. El segundo, su bajo posicionamiento en las encuestas frente a otros posibles candidatos con más experiencia, popularidad o relaciones con las elites nacionales como Rafael Moreno Valle –cuando todavía era priísta- Jorge Estefan Chidiac, Enrique Doger o Mario Montero. Los plazos, por si fuera poco, se acortaron con la reforma electoral que preveía la homologación de comicios para el mes de julio en vez de noviembre. De esta forma, Marín consumió los últimos dos años en derribar los muros que hacían imposible el proyecto delfinazgo.

 

El rechazo de la (ex) burbuja marinista es fácilmente explicable en términos psicológicos: Javier López Zavala siempre fue visto como una pieza secundaria del círculo íntimo de Mario Marín, formado desde su etapa como estudiante en los años de la Facultad de Derecho. En ese sentido, Mario Montero o Valentín Meneses creían que podían reclamar mayores oportunidades dada su añeja amistad. Otros reclamaban mayor complicidad, como Javier García Ramírez. E incluso era despreciado desde el punto de vista técnico por personajes como Carlos Meza. En pocas palabras, Zavala era visto como un buen “lleva y trae”, un simple mandadero que no daba para más.

 

Y sin embargo, el delfín los rebasó a todos por el carril de alta velocidad y se convirtió, por obra y gracias del dedo marinista, en el hombre más importante del sexenio. El carril de alta velocidad consistió en entregarle primero la política interior, luego enviarlo a coordinar la campaña priísta en los decisivos comicios intermedios del 2007, para luego entregarle el aparato partidista tricolor –vía Alejandro Armenta- y el aparato social del gobierno mediante la Secretaría de Desarrollo Social.

 

Pero en una carrera de tanta velocidad, construida verticalmente desde el poder, generó lo mismo adherencias que resistencias. Como también ya lo reseñamos, para vencer las resistencias el gobernador aplicó una política de máxima agresividad al destapar anticipadamente su proyecto un día después de su IV Informe de Gobierno. Desde ahí, más convencidos o menos convencidos el único y último que queda en la resistencia es Mario Montero, aislado en su institucionalidad de cualquier posibilidad de ruptura.

 

Veamos ahora el otro lado del problema: cómo hacer de Javier López Zavala el mejor proyecto del PRI frente otros mejor posicionados o con mayores relaciones nacionales. Si para que los propios marinistas aceptaran a Zavala como el proyecto de grupo se usó una estrategia agresiva, más lo fue la usada para destruir cualquier posible candidatura de un grupo rival. Rafael Moreno Valle fue orillado a dejar el PRI. Jorge Estefan Chidiac, a pesar de su poderosa posición en la Cámara de Diputados prácticamente en la entidad es ninguneado. Enrique Doger fue perseguido y cercado desde sus tiempos como alcalde, y la animosidad en su contra sólo disminuyó en la medida en que ya no se le considera un riesgo. Otros proyectos emergentes e insólitos como Blanca Alcalá –enviada para perder y ganadora inesperada- han sido aplastados a través del mecanismo del ahogamiento financiero o la simple amenaza de la aprobación de las cuentas públicas.

 

Por ello, la candidatura de Javier López Zavala se ha construido a sangre y fuego: sometiendo a los propios y a los extraños. El problema, además de los heridos y muertos dejados en el camino, es que al día de hoy ninguna encuesta muestra que, en efecto, el delfín sea el mejor prospecto del PRI en términos de imagen y de posicionamiento. O en otros términos: Zavala no es el Marín de la sucesión 2004. Es decir, su posicionamiento no rebasa por mucho al que tiene otros potenciales candidatos como Alcalá, Doger o incluso Agüera. En la sucesión de Melquiades Morales el argumento era muy claro: todas las encuestas mostraban que Marín era el mejor cualitativa y cuantitativamente. Un argumento que nadie pudo derrotar y se confirmó cuando el hoy gobernador ganó al PAN por casi 10 puntos porcentuales.

 

Hoy, no existe ninguna encuesta que muestre que Javier López Zavala es el mejor hombre del PRI. De acuerdo con los últimos sondeos publicados por Parametría, Intolerancia y Datamática: Alcalá, Doger y el propio delfín se mueven en los mismos parámetros de conocimiento. Y en las diferencias cualitativas, es decir la intención de voto, Alcalá parece permanecer en primer lugar y Zavala en último. Y  todos, por supuesto, lejanos a los números que presenta Rafael Moreno Valle, el auténtico líder de la carrera.

 

Y es que aquí radica el fallo fundamental del plan: Javier López Zavala no es el mejor hombre del PRI. Pero tampoco es el líder de la carrera. ¿Por qué? Porque resulta por primera en la historia política de la entidad que el candidato mejor posicionado está en la oposición, abandera al PAN y conoce mejor que nadie al tricolor por haber militado en él.

 

¿Cómo imponer un proyecto transexenal cuando no se tiene al mejor, y por el contrario, el mejor juega en el bando contrario?

 



 
 

 

 
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