Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda

13/08/2009

Impecables e implacables


La mañana del primero de agosto Mario Marín y los aspirantes a sucederlo tuvieron un desayuno impecable. El gobernador actuó como si no tuviera un favorito y se preparara un proceso equitativo, y los seis fantásticos jugaron a que le creían. El aspirante oficial, sentado como uno más, actuó perfectamente que era un precandidato más. El second best de la contienda, Alejandro Armenta, se puso su careta de dirigente estatal del tricolor y de árbitro imparcial sin demostrar su anhelo secreto y paciente para que las coyunturas se le acomoden en detrimento del delfín. Enrique Doger fue comedido y nunca planteó la renuncia a la Sedeso del aspirante oficial. Jesús Morales Flores, invitado de nueva cuenta a la residencia oficial que fue cuasi suya en el sexenio anterior, se deshizo en elogios al mandatario y lo ponderó como el fiel de la balanza. Amador Leal aceptó que sean supuestas encuestas las que definan al candidato. Y Víctor Hugo Islas sólo agradeció porque se le hubiera invitado a tan sabroso desayuno.

 

Fue una puesta en escena impecable y todos siguieron el guión de las buenas formas políticas.  Nada de intenciones de aplastar, por un lado. Del otro, ninguna intención de resistir al poder del Gran Elector. Mejor, imposible.

 

Pero todo fue puro teatro. Simulación digna de un premio de actuación. Aceptaron que no habría juego sucio. Que nadie haría uso de la estructura gubernamental pero que tampoco nadie podía hacer uso de medios electrónicos. Que las encuestas serían de empresas nacionales y mediarían aspectos cualitativos y cuantitativos. Después de terminar el desayuno, todos se estrecharon las manos y salieron de la residencia para posar ante la cámara de Ulises Ruiz. Y entonces, todos volvieron a sus planes implacables. Un regreso a la discordia.

 

Los actores de la sucesión pasaron de impecables a implacables en minutos. El gobernador regresó a coordinador la campaña de su aspirante oficial, a acercarle actores empresariales y sus planes para convocar a los personajes nacionales de la idoneidad de su delfín. A su vez, López Zavala regresó al uso y abuso de la estructura gubernamental, al disfrute de los millones que tiene en la Sedeso y al contacto electoral privilegiado con las masas. Armenta de nueva cuenta se puso su saco de dirigente y a su gira estatal de agradecimiento preparando un posicionamiento para lo que se “ofrezca”. Alberto Amador Leal salió a redactar su propuesta para normar la contienda, cuyo punto principal es la renuncia del delfín. Enrique Doger a terminar de filmar su spot para reavivar su posicionamiento a través de los medios electrónicos y subir puntitos en las encuestas. Jesús Morales Flores a afinar la logística de su mitin antizavala. Y Victor Hugo Islas, chiflando de alegría, revisó su agenda de eventos sociales en los que podía hacerse presente.

 

De esta forma, como decía el general Clausewitz, si la guerra es la continuación de la política por otros medios, la sucesión 2010 tiene un tufo a choque de trenes que nadie puede quitarle. El árbitro que se ofrece imparcial, no lo es. Las reglas que todos han aceptado ninguno está dispuesto a acatarlas. El estadio y los aficionados sirven a un solo equipo. Las tarjetas amarillas y rojas están prestar a salir.

 

En un juego tan desequilibrado, a nadie puede extrañarle que todo acabe a puñetazos. Entonces, si la política fue el desayuno impecable, su continuación por otros medios hace presagiar una guerra implacable.

 

Y ahí están las pruebas. El aparato gubernamental sigue funcionando, todos los días, a las órdenes del aspirante oficial. En posición de desventaja, los aspirantes incómodos deben jugar al filo del reglamento: Morales Flores convocando a movilizaciones y Doger usando los medios electrónicos aprovechando que carece de puesto público.

 

Con el árbitro en contra, nadie duda que buscarán dejarlos fuera de la contienda por la vía de la legalidad. Y puede que lo logren, pero eso crearía más riesgos. Si bien el marinismo es dueño del IEE y del Tribunal Electoral local, no lo es del Tribunal Electoral Federal. ¿Qué pasaría si de pronto, encarrilado el candidato oficial en la campaña, el órgano federal ordena reponer el procedimiento interno? Una absoluta desgracia para el PRI.

 

Conclusión: con formas impecables, la guerra será implacable. De fondo subyace una desconfianza absoluta entre las partes: los aspirantes incómodos no confían en el árbitro, y al árbitro eso no le preocupa ni tantito. Como decía Shakespeare: una cara mentirosa debe ocultar lo que sabe un corazón falso.

 



 
 

 

 
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