Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda

15/07/2009

La noche de los cuchillos largos


El PAN nacional, tan pronto confirmó la mayor debacle electoral del partido desde que hace 9 años ganaron la Presidencia de la República, inició un proceso de autocrítica que llevó a la renuncia inmediata de Germán Martínez y a la elección de uno nuevo que culminará el periodo. El análisis que realizan las figuras nacionales como Santiago Creel y Manuel Espino tiene una sola dirección: la conveniencia de que el partido se supedite al Presidente Calderón de la misma forma en que el PRI se sometía en la época de la Presidencia Imperial. Ganar el gobierno y no perder el partido fue el sueño de Gómez Morín. El 5 de julio perdieron el partido y perdieron el gobierno. Las apuestas de los analistas es si el nuevo dirigente también será un empleado de Calderón, o un grupo alterno se impondrá a los cada vez más débiles dictados de Los Pinos.

 

Mientras tanto, en el panismo local no inicia una verdadera discusión sobre los elementos que han llevado a derrotas apabullantes, primero en el 2007 y luego en el 2009. El blanco fácil, por supuesto, es Rafael Micalco por ser el dirigente estatal en ambos fracasos: que si es tonto, incapaz, flojo, falto de coco y demás lindezas le dirigen desde un sector que censura su acercamiento a Rafael Moreno Valle. Desde el grupo de Eduardo Rivera, junto con los incondicionales del tipo Leonor Popócatl se le defiende afirmando que Micalco ha enfrentado un gobierno cuasi totalitario, con dinero a manos llenas que han culminado en elecciones de Estado imposibles de combatir. Ambos análisis, por supuesto, se hacen en conciliábulos privados y no se ventilan al aire.

 

De alguna forma nadie se anima a tirar la primera piedra, quizá porque en el fondo todos tienen culpa en el desastre. Ana Teresa Aranda se muerde la lengua porque todos los panistas recuerdan que gracias a su vedetismo para aceptar una candidatura por algún distrito de la capital provocó que se retrasara por casi dos meses la designación de los abanderados. Justo en el límite el Presidente Calderón ordenó renunciarla de la Subsecretaria de Asuntos Religiosos en Gobernación. Ni así aceptó y por tanto los cuatro candidatos del tricolor tuvieron más que tiempo suficiente para hacer precampaña, mientras los albiazules vivían en la incertidumbre de cuál sería su distrito. Al final terminaron hechos bolas. Aunque Augusta Díaz de Rivera tenía un lugar asegurado en la plurinominal, la enviaron por el distrito IX cuando no tenía ganas de competir. Y al que sí tenía ganas, Luis Mora Velasco, lo mandaron al distrito VI, el más difícil por el apoyo del Proyecto Z a Paco Ramos.

 

Humberto Aguilar Coronado y Ángel Alonso Díaz Caneja tampoco son panistas modelo. El Tigre, instalado en la comodidad del Senado, prometió ganar Tehuacán, el IX, Cholula y Teziutlán. En todos fue barrido. El grupo de Ángel Alonso, como se recuerda, firmó un pacto de apoyo con Moreno Valle para que Roberto Grajales ganara una plurinominal: después de ganar en la previa de Teziutlán enloquecieron prometiendo que derrocarían al grupo de Lalo Rivera. Todo terminó en la suspensión del proceso interno y el Comité Nacional designó unilateralmente.

 

Las tres facciones, cuidadosas al pedir la cabeza de Micalco, se dan vuelo criticando a Moreno Valle. Parcialmente tienen razón. En la campaña el senador panista presumió su convocatoria a figuras nacionales como Javier Lozano Alarcón, Josefina Vázquez Mota y César Nava, y se comprometió a ganar Atlixco, el XI y Tepeaca. En la derrota se deslindó de todo y de todos, dejando en la orfandad a su tocayo Micalco, algo que cayó pésimo en el panismo de base. ¿Dónde quedó su gran estructura, capacidad de operación y movilización?, preguntaron muchos. Lo cierto es que en realidad, a pesar de su cercanía aparente, desde el Comité Estatal rechazaron todas sus sugerencias sobre la auditoría al padrón de promovidos y las relaciones con los medios de comunicación. Vaya, Micalco no lo dejó operar.

 

El análisis, pues, se reduce a un lanzamiento libre de lodo entre las elites del partido, pero todos permanecen atrincherados retrasando un inevitable debate interno sobre las verdaderas causas de las palizas consecutivas. El dato numérico es incontrovertible: en 2004, a pesar de perder la gubernatura,  ganaron casi 80 municipios. En la paliza del 2007 la cifra de ayuntamientos se redujo a 47. Y el domingo cinco de julio apenas ganaron en 20. ¿Cuál es la prospectiva para el 2010? ¿Ganar 10 Ayuntamiento y ni un solo distrito?

 

El debate interno debe ir más allá: la espiral descendente de votación es palpable desde los 732 mil votos que le entregaron a Fox en el 2000 y los casi 750 mil que le dieron a Felipe Calderón en el 2006.  ¿Por qué los poblanos se han desencantado de Acción Nacional?

 

Además de la ineficacia de los dirigentes y el freno de apertura desde el Yunque, hay otro motivo: en Puebla Acción Nacional, antes que un partido de oposición, es un partido colaboracionista con el régimen tricolor. A pesar de tener una minoría en el Congreso local, sus diputados siempre terminan avalando los mayoriteos y pactando la aprobación de las cuentas públicas. El cinismo es tal que incluso el gobierno marinista se dio el lujo de apoyar su causa retrógrada de proteger el concepto de la familia desde la Constitución.

 

En el eje de la negociación siempre se encuentra Eduardo Rivera Pérez, oscuro testigo del pacto con Espino en el 2006 y además, desde su presencia en el Congreso, negociador en turno con el régimen. Es un grupo al que le conviene más perder electoralmente porque así gana políticamente.

 

El grupo, precisamente, al que se ha entregado Rafael Moreno Valle. Juntos a ellos celebrará su cumpleaños. ¿También negociarán su cabeza en 2010?

 



 
 

 

 
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