Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Lo que el sinvergüenza se llevó


A final, Antonio Juárez Acevedo decidió morir matando. Frustrado por la traición de aquellos a quienes por cuatro años les guardo los trapos sucios al bloquear cualquier petición que afectara los intereses del gobierno marinista, tuvo tiempo para embestir a los diputados priístas en la víspera de su destitución. Entrevistado por El Heraldo de Puebla, escupió en el rostro de todos aquellos que hoy votarán su decapitación recordándoles que será destituido en la misma hipótesis jurídica que fue electa Blanca Lilia Ibarra como nueva integrante de la CAIP. "Me quieren crucificar por algo que no me han probado, pero por si fuera poco, la semana pasada los legisladores autorizaron el nombramiento de Blanca Lilia Ibarra como miembro de la CAIP, siendo que su caso se encuadra en una situación similar a la mía, es decir, ella era titular de una dependencia municipal, por lo que estaría inhabilitada para el cargo, ella no tiene la culpa, pero no le aplicaron la misma ley- artículo 21 fracción sexta que a mí ahora me condena, y eso no es más que una aberración jurídica". Así, Juárez Acevedo anuncia lo que todos sabíamos: que el marinismo mantendrá el control de la CAIP, y por tanto, continuará el reino de la opacidad.

 

Con todo, la caída de Juárez Acevedo es un acto de justicia poética, y la primera cabeza que el marinismo deja rodar a partir de una denuncia documentada por los medios de comunicación. El lunes 24 de septiembre del 2007, CAMBIO y La Jornada de Oriente publicaron una copia certificada por el Instituto Federal Electoral (IFE), firmada por el secretario ejecutivo, Manuel López Bernal, que dice: “Según documentación que obra en los archivos de este instituto, el licenciado Antonio Juárez Acevedo se encuentra registrado como secretario general del Comité Ejecutivo Nacional de la Agrupación Política Nacional denominada ‘Plataforma Cuatro’ (…) a los 28 días del mes de agosto del año 2007”.

 

El hecho, como es sabido, viola de manera flagrante los artículos 27 y 28 de la Ley de Acceso a la Información, que prohíben a los comisionados tener un cargo como dirigente partidista, por lo menos tres años antes de la designación. Juárez Acevedo, pues, mintió a los diputados de la LV Legislatura al postularse como candidato a comisionado puesto que desde 1999 hasta la fecha fungió como secretario general de la agrupación política nacional (APN) Plataforma Cuatro.

 

Mal perdedor, al comisionado mentiroso se le subió la bilirrubina y calificó de “ignorantes” a los diputados que hoy lo destituirán, además de enviar su caso a la Sedecap para que sea la dependencia del gobierno marinista la que decida el periodo de inhabilitación, así como la sanción correspondiente, que incluso puede llegar a tener que reintegrar los salarios de cuatros años que devengó indebidamente.

 

¿Por qué el marinismo aceptó entregar la cabeza de Juárez Acevedo? Se me ocurren tres razones por lo menos. Una, que no pierde el control de la desprestigiada Comisión de Acceso a la Información Pública, pues ahora cuenta con Blanca Lilia Ibarra para mantener el reino de la opacidad, junto al gris Samuel Rangel. Dos, que finalmente se deshace un personaje que no forma parte del grupo, y deja una silla vacía para que el gobernador pueda colocar a un nuevo comisionado leal y que le agradezca la designación. Y tres, que el marinismo en su proceso de reconciliación con los medios y la sociedad poblana cubre las formas entregando a los leones a un sujeto que no tiene mayores padrinazgos, y cuyo costo de remoción es cero, frente a la legitimidad que le darán los medios de comunicación.

 

Y a pesar de todo esto, creo que debemos disfrutar su caída. Casi hasta aplaudirla como un acto de justicia poética, tan escasos en nuestros días, y especialmente en Puebla. Por las características del personaje, mentiroso y cínico, la guillotina da alegría y esperanza. Alegría porque, por fin, un corrupto ha caído. Y esperanza ya que, aunque sea una vez en el sexenio, los medios críticos cumplimos las expectativas. La cabeza, en efecto, rodó.

 

Pocas veces los malos pierden. Juárez Acevedo se burló por muchos meses de los medios y de los diputados. Con estratagemas jurídicas intentó resistir y abandonó la dignidad. Su nombre está manchado irremediablemente. Quizá en algunos casos es cierto aquello de que el que ríe al último, ríe mejor.

 

Adiós, sinvergüenza. Ya no habrá CAIP que te redima.

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas