Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda

17/11/2009

El precio del continuismo


Javier López Zavala se disponía a hacer uso de la palabra en la clausura de Festival Internacional de Puebla, delante de sus admirados Tigres del Norte a los que incluso había ido a recoger personalmente en jet privado a Mérida, cuando sufrió el peor de los linchamientos para el hombre de poder: rechifla generalizada proveniente de las primeras filas del Estadio Hermanos Serdán que, sin miramiento alguno, exigió silencio al delfín marinistas para los norteños comenzarán a tocar. Avergonzado ante sus nuevos amigos, sin poder hacer uso de la palabra, Zavala escapó rápidamente acompañado de sus fieles José Luis Márquez, Humberto Aguilar Viveros y Víctor Huerta Morales, testigos del oprobio junto a los más de 30 mil poblanos que abarrotaron al Estadio Hermanos Serdán.

 

Por supuesto que me parece injusto tal linchamiento público por parte de los capitalinos: si bien es cierto que el delfín marinista obtiene sus peores números en las zonas metropolitanas y urbanas, tampoco es para tanto. Me viene a la mente dos grandes rechiflas. Miguel de Madrid Hurtado durante la apertura del Mundial de Fútbol México 86. Muy reciente, la que Felipe Calderón recibió durante la inauguración del nuevo estadio del Santos Corona, acompañado del gobernador Humberto Moreira que sólo atinó a comentar “a mí me fue muy bien”. Ambos rechiflas fueron provocadas por hechos gravísimos. El ex presidente venía de la parálisis gubernamental en pleno terremoto de 1985, así como de las ya cíclicas crisis sexenales. El presidente Calderón, por supuesto, del impuestazo.

 

¿Zavala ha hecho algo tan grave como merecer una rechifla monumental? No lo creo. Dentro de todo, sobre el delfín marinista no recaen acusaciones graves de corrupción o enriquecimiento semejante, por ejemplo, a las de Javier García Ramírez. Es cierto también que ha usado y abusado de la estructura de la secretaría de Desarrollo Social en su alocada carrera a la gubernatura, pero eso es un pecado común a todos los aspirantes que disponen de recursos públicos. Una práctica tolerada por la sociedad. A menos que uno comparte el pensamiento xenófobo de Enrique Doger, su origen chiapaneco tampoco puede ser motivo de reprimenda social.

 

Entonces, ¿por qué Javier López Zavala no conecta con los electores urbanos? Se trata de la gran pregunta de la que depende la supervivencia del proyecto transexenal. Para romper el empate técnico, el delfín marinista necesita penetrar en las zonas urbanas que hoy lo rechazan y cuya muestra fue la rechifla. El control absoluto –o abyección- de la mayoría de los medios de comunicación ya no parece suficiente.  Y tampoco puede ignorarse que los abucheos, en teoría, provinieron de la clase popular, fanáticos de los corridos y Los Tigres del Norte. Los mismos a los que Zavala ha beneficiado por meses obsequiándoles apoyos, pisos dignos, focos, tinacos y más. Precisamente la clientela cautiva del secretario de Desarrollo Social.

 

Se me acaban las hipótesis para explicar el rechazo generalizado de los electores urbanos. Me queda solamente una: Javier López Zavala no está pagando un desprestigio personal, sino de grupo: el rechazo a la reelección del marinismo interpósita persona. Es decir, que a medida que se acerca la fecha de los comicios y los electores poblanos comienzan a concentrarse en el candidato a la gubernatura, el rechazo hacia el delfín crece. No por él mismo, por sus atributos o carencias, sino por representar la continuidad del grupo marinista.

 

No pretende establecer una discusión bizantina sobre si el gobierno marinista merece reelegirse o no con base a sus méritos. No parece ese el problema, sino el precio del continuismo. Algo que toda teoría política reconoce como las aspiraciones de cambio existentes en una sociedad. O como cualquier mercadólogo reconoce: para que el teatro siga funcionando, hay que meter nuevos actores. Para mantener la ilusión de los aficionados, los clubes de futbol saben que deben contratar nuevos fichajes que prometan conseguir el campeonato. Sin ellos, la estructura comercial se derrumba.

 

Los analistas políticos reconocen que tales aspiraciones de cambio son una razón de voto importantísima, como nuevamente se probó en el caso Obama. Los estrategas electorales siempre buscan apropiarse de tales aspiraciones, una vez que se encuentra probado que incluso el mismo partido en el poder puede ofrecerlo a condición de que no lo haga la oposición. Más o menos lo que hizo el PRI durante 70 años: permanecía la familia revolucionaria, pero los actores del teatro se renovaban cada seis años con la puntualidad de un reloj suizo. Era la única regla que nadie se atrevía a infligir.

 

¿Puede Zavala abanderar las aspiraciones de cambio de la sociedad poblana? Francamente parece imposible pues todo mundo reconoce en él a un adicto del gobernador Marín, además de que la mayor parte de su trayectoria se la debe a él. No conforme con ello, el delfín no duda en rodearse de puros personajes provenientes del mismo régimen, la mayoría desprestigiados como Javier García Ramírez. En otras palabras: pareciera ser que los poblanos rechazan la reelección, sin ambages ni puntos medios.

 

Así, Javier López Zavala no sufre sus propias prendas ni sus deméritos, sino los seis años en el poder de un grupo encabezado por Mario Marín. Si así lo rechiflan en precampaña, ¿cómo lo trataran en campaña?

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas