La peor versión del modelo presidencialista se ha reproducido a nivel local y, como ilustra la elección de la semana pasada, no hay buenas razones para suponer que esto cambiará en el futuro


Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Dos politólogos sobre el 11-N


Propios y extraños se refieren al triunfo contundente –y al mismo tiempo anómalo- que obtuvo el priísmo poblano el domingo 11 de noviembre. Las hipótesis y resonancias ya llegaron a los medios nacionales, cuyos comentaristas y analistas buscan respuestas que confluyen al mismo punto señalado en este espacio: Puebla se ha convertido en una isla de autoritarismo, paradigma de lo que sucede en otras entidades federativas, en la que el gobernador es una especie de señor feudal, sin contrapesos, y en donde todo puede suceder, incluso victorias de carro completo –y hoy sabemos quema de boletas electorales- como las que ocurrían en los años dorados del Partido de la Revolución. Por su seriedad, recojo aquí las impresiones de dos politólogos brillantes: Luis Rubio –editorialista de Reforma y Presidente del CIDAC- y José Ramón López Rubí, enfant terrible de la Ciencia Política poblana.

 

Luis Rubio, en su colaboración del domingo pasado, escribió: “Si la explicación del triunfo del PRI no reside en la calidad superior del gobierno del estado, ésta tiene que encontrarse en otras circunstancias. Aventuro dos hipótesis complementarias: primero, el gobernador tiene un control real y efectivo de los órganos electorales y legislativos, lo que le confiere una infinita capacidad de manipulación; y, segundo, el PRI y los priístas tienen una vocación de poder que les permite superar cualquiera de sus disputas y diferencias internas y que contrasta con la ausencia de esa misma vocación en el PAN, cuya lógica sigue siendo la de un partido de oposición, más preocupado por sus querellas ideológicas que por gobernar. De ser válidas estas hipótesis, sobre todo la primera, la democracia mexicana estaría en severas dificultades.

”Comienzo por la primera hipótesis. Los gobernadores se han convertido en virtuales señores feudales: controlan no sólo la hacienda pública sino toda la política local. A través de las ingentes sumas de dinero que reciben del erario federal y por sobre las cuales, para todo fin práctico, no tienen que rendir cuenta alguna, tienen una bolsa de dinero prácticamente ilimitada para ejercer el control total de los procesos políticos locales. A través del dinero someten y dominan a sus legislativos locales, comprando votos y voluntades sin resquemor alguno. Desde su perspectiva, lo que cueste el control es barato porque los dividendos son desproporcionados. No es casualidad que los gobernadores enfrenten una situación de extraordinaria tersura en su relación con el poder legislativo local.

 

“Nuestros gobernadores controlan todos los órganos políticos estatales: a través del control del legislativo local nombran a los miembros del Instituto Electoral Estatal, a los órganos de vigilancia del gasto y, en general, a todo lo que podría ser una fuente de contrapeso a su poder, incluyendo a la judicatura local. Además, en su actuar cotidiano, los gobernadores gozan de un vasto instrumental para manipular una elección de manera indirecta, como ilustró el gobernador de Oaxaca hace unos meses al utilizar unos bombazos como medio para alentar la abstención. Si la democracia está coja a nivel federal, simplemente no existe a nivel local”.

 

“En Puebla, un pequeño microcosmos de nuestro federalismo, se pudo observar la forma en que operan nuestros gobernantes, la inexistencia (¿e inviabilidad?) de un sistema efectivo de pesos y contrapesos y, en una palabra, lo modesto de nuestra democracia. Como en los viejos tiempos del presidencialismo priísta, los gobernadores se han apoderado de los órganos de decisión y utilizan el gasto público para controlar al estado y corromper a sus legisladores para ser amos y señores. La peor versión del modelo presidencialista se ha reproducido a nivel local y, como ilustra la elección de la semana pasada, no hay buenas razones para suponer que esto cambiará en el futuro”.

 

Hasta ahí la cita al trabajo del director del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC). Mañana podrá leer el artículo completo en CAMBIO con la autorización del autor.

 

Por su parte, el brillante José Ramón López Rubí, Premio Nacional de Ensayo Político 2003, escribió para CAMBIO el viernes pasado: “el PRI nunca ha perdido la gubernatura ni la mayoría absoluta en el Congreso local. Aun más: siempre ha tenido una mayoría calificada (66%) o cuasi calificada (60-63%), como a partir del 2004. Una excepción en todo el país. En 2000, fecha cumbre de la transición democrática nacional, Puebla era el único estado en el que esa formación definitoria del régimen autoritario presidencialista de partido hegemónico aún era un elemento principal del paisaje. Lo sigue siendo. Y con un Congreso dominado por un partido y un partido mandado por el gobernador, se han asegurado, aseguran y asegurarán otros mecanismos, procesos y resultados no democráticos: la conservación de un sistema electoral sobrerepresentativo y -como acertada y oportunamente lo ha señalado el especialista Víctor Manuel Reynoso- una distritación “sesgada e inconstitucional”; el abuso presupuestario (los gobiernos divididos tienen un gran ventaja comprobada: disminuir o hasta bloquear la irresponsabilidad en la asignación y gasto del dinero público); la subordinación del poder Judicial al poder Ejecutivo (previas partidización y politización); la institucionalización del secreto y la opacidad; la corrupción de los partidos pequeños y de los medios, etc.

 

De aquí la caracterización que desde hace tres años aparece en –y sólo en- mis publicaciones académicas y periodísticas sobre el estado de Puebla: enclave autoritario: resabio, reproducción y reducto político-institucional local del antiguo régimen nacional. En Puebla, como un todo, NO hay democracia. Nunca la ha habido. La competitividad político-electoral no es siquiera un fenómeno constante y extendido, como es y, por tanto, debe ser en todo sistema democrático (….) De esta suerte, como politólogo, no me sorprenden los resultados de estas elecciones legislativas. Por ello jamás escribí que el PAN fuera a ganar la capital, mucho menos el mayor número de diputados. Como ciudadano y defensor de la democracia, me mantienen en la tristeza. Sigue cerrada la puerta de la democratización cabal del estado. Que, sin duda, pasa por el campo congresal (o congresual o congresional, las tres palabras son válidas)”. Fin de la larga, pero necesaria cita.

 

Así o más claro: en Puebla no hay democracia.




 
 

 

 
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