Precisamente fue el secretario de Gobernación quien le aconsejó que le mordiera la mano a su protector de toda la vida, Ricardo Velázquez.

 

Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Pasión y Odio en la Consejería Jurídica

 

Ricardo Velázquez Cruz, el doctor en derecho que le salvó la vida a Marín en la coyuntura del escándalo Cacho, anda más que arrepentido de su sucesora al frente de la Consejería Jurídica. De Claudia Rivadeynera Torija, la humilde estudiante que se inició en su vida laboral al lado de Velásquez en aquellos lejanos días del Ayuntamiento, no queda nada. Más tardó en acomodarse en la silla que en morder la mano que le dio de comer tantos años. Y por supuesto, además del próximo presidente del Tribunal Superior de Justicia, el otro arrepentido por haber hecho caso de la recomendación es el gobernador, ya que la Consejería se ha vuelto una dependencia inservible caracterizada por el pirataje de iniciativas de otros estados del país que no convencen a ningunos de los abogados de la secretaría de Gobernación y del Congreso del Estado.

 

A partir de su llegada al cargo, Claudia Rivadeneyra se ha dedicado a hostigar a todo el personal de la confianza de Ricardo Velázquez, especialmente a aquellas abogadas del género femenino. Y es que en la Consejería Jurídica no funciona la frase de que “entre mujeres podemos rasguñarnos, pero jamás nos haremos daño”. Pueblo chico, infierno grande, dicen. Y vaya que la dependencia se ha convertido en un averno de violación a los derechos laborales. Todo porque no a la abogada no le gusta que le hagan sombra “a su belleza”.

 

Para empezar, la Consejera Jurídica les cobra diezmo a sus trabajadores. Sí, como lo lee. En términos gráficos, los insta amablemente a que “se pongan la del Puebla”. Más de la mitad de los trabajadores le entrega a la Consejera Jurídica, vía su segunda al mando, María Eva Lozada, y su coordinadora administrativa, María Guadalupe Flores Santos, el 50 por ciento de su salario. Es decir, un subdirector que en nómina gana 20 mil pesos, le entrega en efectivo la mitad del salario a las funcionarias mencionadas. Un descuento “extraoficial” que no tiene nada contento a Ricardo Velázquez.

 

Con semejante abuso, los trabajadores de la Consejería Jurídica están a punto de iniciar una revuelta. Y aún hay más. Una de las quejas recurrentes es que a pesar de que Claudia Rivedeneyra trabajó muchos años al lado del doctor en derecho, nomás no le aprendió nadita de nada. El recurso que siempre la saca de problemas es el pirataje de iniciativas. “Cópiatelo de otros estados” es su expresión común. Los abogados de la dependencia, por supuesto tiemblan de miedo de que la prensa algún día coteje los proyectos de la ley emanados de la Consejería con los de otras entidades federativas porque saben que la Consejera Jurídica les cargará el muerto a ellos.

 

Claudia Rivadeneyra no tiene tiempos de atender la asesoría y revisión de los proyectos jurídicos del Ejecutivo, pero sí se concentra en hacer sus pequeños negocios, como instalar una pequeña tiendita al interior de la dependencia a cargo de su cuñado. Tiendita, por supuesto, sin ningún titulo legal de concesión. Las formas de beneficiar su familia son múltiples. Los abogados que trabajan ahí, por ejemplo, tienen prohibido salir a la calle o a un Oxxo, precisamente para consumir en la tiendita del cuñado. Además, en la Consejería Jurídica son muy aficionados a festejar cumpleaños, aniversarios y hasta el día del abuelito. No creo que porque a Claudia Rivadeneyra le interesa tener una buena relación, sino porque cada festejo es una oportunidad de negocios para la tiendita del cuñado. Pequeña cosa. Una burocratita corrupta.

 

Un dato más para terminar: la Consejería Jurídica, además, es un hangar de tantos aviadores que se encuentran. Y si no, pregúntenle al Padre Macedo.

 

Por todo esto y algo más, Mario Marín está arrepentidísimo de haber nombrado a Claudia Rivadeyra, pero fiel a su tradición conservadora, no encuentra cómo quitársela de encima una vez que la Consejera Jurídica encontró un nuevo árbol para guarecerse de la tormenta en Mario Montero. Precisamente fue el secretario de Gobernación quien le aconsejó que le mordiera la mano a su protector de toda la vida, Ricardo Velázquez. La ingratitud fue tal que le prohibió a su mentor pisar la cancha de básquetbol anexa a la Consejería Jurídica, lugar en el que se ponía en forma todas las tardes.

 

Así se vive en la Consejería Jurídica, la oficina promotora de la legalidad pero que es la primera en violar derechos laborales a los burócratas. Algo pasará ahí pronto.

 



 
 

 

 
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