Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda

26/08/2009

Todos somos Juanito


Sólo en un país tercermundista puede escenificarse un drama como el de Juanito. Rafael Acosta es la prueba viviente de nuestro fracaso como sociedad: a la vista del poder público, con todo su oropel y prebendas, hasta el más cuerdo enloquece. El error no vive en nuestra clase política, sino que es el diseño institucional del poder lo que produce nuestro tipo especial de políticos: ambiciosos, acomodaticios y corruptos. El líder social Juanito, a la vista de asumir la jefatura delegacional de Iztapalapa, se convirtió en el político Juanito: ya negocia y presiona. El un día humilde Rafael Acosta se ha transmutado en un mezquino Rafael Acosta que incluso habla en tercera persona. Del “renunciaré” al “calma a tus perros”, en apenas dos meses, se escenifica una comedia que tiene en vilo a 3 millones de habitantes de la delegación, al jefe del gobierno del Distrito Federal, a dos partidos políticos y al mesiánico López Obrador, autor intelectual de la bufonada.

 

Juanito tiene trascendencia para todo el país, y especialmente para las sociedades que se preparan para una virulenta disputa por el poder, como ya ocurre en Puebla. Rafael Acosta enloqueció porque el diseño institucional del poder en México es una pirinola cruel: el que gana, lo gana todo. Y el que lo pierde, lo pierde todo. A Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador tan sólo los separaron poco más de 200 mil votos en una contienda de 40 millones de sufragios. Una baba de perico sí. Pero suficiente para que uno –pese a todos sus problemas- disfrute de las delicias del presupuesto, la influencia económica y la presencia en los medios de comunicación, y el otro se pierda en los llanos y caminos rurales de México, despreciado por los que un día votaron por él e ignorado por los medios de comunicación.

 

¿Podrían ser las cosas diferentes? Claro. En el mundo desarrollado, en las democracias parlamentarias, el apretado resultado electoral del 2006 se hubiera transformado en algo diferente. Calderón hubiera llegado al poder pero hubiera debido negociar secretarias o ministerios con otras fuerzas políticas, incluida el PRD. López Obrador, en su caso, no hubiera quedado aislado como el loquito de la feria, sino que se hubiera convertido en el líder de la oposición al interior del Parlamento. En vez de un sistema racional de lucha por el poder, nuestras batallas son peleas de perros para devorar un hueso hasta el tuétano. Y así pinta la batalla sucesoria de Mario Marín. Y por ello el escenario previsible es un choque de trenes al interior del PRI. Si gana Zavala, los otros aspirantes lo perderán todo. Y cualquier de ellos que gane hará que Zavala lo pierda todo. Por eso pelearán hasta matarse.

 

Con diseño institucional semejante, todos somos Juanito. Cualquiera que llegue al poder, por más ciudadano, empresario, intelectual que sea, terminará igual: devorado por las delicias del presupuesto. Los peores rasgos de la personalidad, los traumas infantiles, las carencias psíquicas quedan desveladas a la luz del dinero público, de las camionetas, los halagos, las mujeres y los contratos de obra. Los cortesanos son tantos y tan convincentes.

 

Me imagino el tránsito mental de Juanito a partir de su victoria en la delegación de Iztapalapa portando las siglas del PT, empeñada su palabra en entregar el cargo a Clara Brugada y comprometido moralmente con el Proyecto de Nación López Obradorista. Sus primeras dudas mostraron el Calvario mental que lo atizaba. A la renuncia inmediata le siguió el no, sólo tomaré protesta. Más tarde el “nada más cobraré mi primera quincena”. Luego el “máximo un mes”. Luego el humilde Juanito se compró un traje de lujo, un Su misura de Zegna valuado en 40 mil pesos para recoger su constancia de triunfo. Lo único que le queda del floklorismo es su bandita en la cabeza. Porque ahora hasta jefe de gobierno quiere ser.

 

Un Hamlet de barrio, extra en películas de ficheras, comenzó un nuevo discurso. “No ganó López Obrador. El capital político es de Juanito”. A las reuniones tersas y apariciones públicas con Clara Brugada le siguió un nuevo montaje. Acosta ahora exige para renunciar el 50 por ciento de los cargos para el PT. Y que no le griten incumplido por la calle: “que Brugada amarra a sus perros”.

 

La comedia del enloquecimiento de Juanito es cortesía de López Obrador, molesto porque el Tribunal Electoral retiró la candidatura a su favorita Clara Brugada ordenó a sus huestes orientar el voto a Juanito, quien renunciaría al cargo para que Ebrard designara a la depuesta Brugada. Y vistas las cosas, lo mejor que podría ocurrirle al sistema electoral mexicano es que Juanito no renunciara. Así el voto no sería traicionado, Ebrard no quedaría como el pelele de López Obrador y López Obrador no se saldría con la suya.

 

Sí: lo de Juanito es un patetismo atroz, como lo definiera Álvaro Cueva en Milenio. Muestra de nuestro tercermundismo, añadiría yo. Pero en la comedia patética no pueden olvidarse los casi 200 mil defeños de Iztapalapa que decidieron votar por Acosta por instrucciones de López Obrador. Pues su deseo se les va cumplir: todo indica que Juanito no renuncia.

 

*** Un nuevo logro para la familia Grajales. El grupo radiofónico de la familia Grajales crecerá luego de que ayer firmarán un acuerdo con el grupo nacional Radiorama para hacerse cargo de la operación de la estación 920 de Amplitud Modulada, que habrá de sumarse a la 1170 y al 94.9 de la Frecuencia Modulada.

 

La 920 AM era propiedad de Radio Acir, que la vendió a Enrique Pereda de Radiorama, actual presidente de la Cámara de la Radio y la Televisión. Las inmejorables relaciones de Grajales Farías, actual delegado local de la CIRT y consejero nacional hace unos años, le permitió la asociación en modalidad joint venture para los próximos 5 años.

 

Aunque indudablemente Antonio Grajales Salas ejerce una gran influencia, la nueva generación encabezara por su hijo de apellido Grajales Farías empieza a dar resultados. Enhorabuena por confiar en el talento juvenil.

 



 
 

 

 
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