La visión de gobierno de Blanca Alcalá, más allá de las pugnas internas de su Cabildo, de las declaraciones estridentes de algunos de sus funcionarios e incluso del reto que le plantó ayer Israel Pacheco, tiene un problema mayor: las finanzas públicas.


Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


El difícil empoderamiento


Si no fuera porque se trata del arranque de la administración municipal, habría que recomendarle a Blanca Alcalá la creación de un grupo de crisis que maneje los escandalitos que un día sí y otro también le estallan en diferentes áreas. El más grave, por supuesto, es la calada que le puso ayer Israel Pacheco Velásquez, el dirigente sindical que ayer paró la simbólica Dirección de Servicios Públicos pretextando la falta de materiales para trabajar. Simbólica, claro, porque en su toma de protesta le dio un rango especial a esa área por ser “la más cercana a los ciudadanos”. Tan importante, incluso, que originalmente iba a ser entregada a un miembro del sindicato. Pacheco, además, cargó contra dos secretarios, acusándolos de ineficientes por su incapacidad para convocar el Comité de Adjudicaciones.

 

La actitud de Israel Pacheco y los escandalitos diarios en torno al nuevo gobierno municipal se tratan del difícil aterrizaje en la realidad para Blanca Alcalá en un cargo complicado no sólo por la carencia de recursos económicos y el poco tiempo de mandato, sino porque la alcaldía es una posición rodeada de presiones diarias, de demandas de diferentes grupos sociales, y en los que los problemas explotan en cuestión de días al ser la autoridad más cercana a la población. Lejos del discurso optimista por hacer de Puebla una especie de Barcelona, Alcalá comienza a sentir las múltiples presiones que, por si fuera poco, son aumentadas por el marinismo, que quiere hacer de Charlie Hall una sucursal de su poder.

 

Increíblemente, las tensiones para Blanca Alcalá surgieron el mismo día de su toma de protesta cuando se evidenció el inestable equilibrio de la fracción priísta de regidores que, al ser conformado como un pago de facturas para diferentes grupos políticos e intereses, no parecen tener su lealtad comprometida con el proyecto de la alcaldesa. Humberto Vázquez Arroyo se lanzó contra el nombramiento de Hidalgo Vigueras como secretario de Seguridad Pública. Siguiendo sus propios intereses de camarilla, el regidor descalificó públicamente las decisiones de la alcaldesa e incluso llegó al berrinche de salirse de la votación en su primera sesión del Cabildo.

 

Un cóctel explosivo vive latente con muchos de sus funcionarios. Un ejemplo es del su síndico Román Lazcano, a quien no tuvo reparos en regañar públicamente por un altercado una empleada de confianza que fue despedida. “Cero prepotencia y autoritarismo”, la dijo, un jalón de orejas excesivo que confirmó las versiones periodísticas de un distanciamiento entre ambos desde la campaña electoral. Lazcano, sin embargo, es un funcionario electo que no puede ser relevado de forma sencilla.

 

Sergio Vergara también se ha convertido en un dolor de cabeza, no por su enfrentamiento con el líder sindical, sino por sus declaraciones escandalosas que han sido amplificadas por la prensa antidogerista. El caso del puente Tlaltepango es paradigmático. Entregado por la anterior administración al ochenta por ciento, Vergara Berdejo creó un escándalo dónde no había, y debió ser corregido primero por Mauro Uscanga y al final tuvo que tragarse sus palabras.

 

Y es que una de las directrices más claras de Blanca Alcalá a sus funcionarios un día antes de la toma de protesta fue evitar los roces en la entrega-recepción y sobretodo, generar declaraciones escandalosas que pudieran ser malinterpretadas, al estilo de las de Vergara Berdejo o de Juan Dios Bravo quien, rebasado por los líderes de los ambulantes, no encontró mejor salida que echarle la bolita al dogerismo por no haber dejado un plan de reubicación en el predio de los Matanzo.

 

El aterrizaje en la realidad más complicado ha sido entablar una relación digna con el gobierno estatal. La alcaldesa prácticamente ha tenido actos públicos con el gobernador todos los días, e incluso subordinó su programa de obra pública a las que determine Javier García Ramírez y la Seduop. Como lo reveló ayer Erika Rivero en Los conjurados, Marín controla la agenda de Alcalá y le da visto bueno todas las mañanas. La esperanza del equipo blanquista es mantener una relación de colaboración traducida en recursos, pero a veces quien tiene la mano también tiene la tras.

 

La visión de gobierno de Blanca Alcalá, más allá de las pugnas internas de su Cabildo, de las declaraciones estridentes de algunos de sus funcionarios e incluso del reto que le plantó ayer Israel Pacheco, tiene un problema mayor: las finanzas públicas. No es un secreto que los ingresos del nivel municipal son exiguos de por sí, y que dependen mucho de las participaciones federales. Es una realidad: el dinero es poco y las demandas muchas, lo mismo que le pasó a Doger. Y al igual que el ex presidente, se ha planteado recurrir a la deuda.

 

El aterrizaje en la realidad del gobierno municipal para Blanca Alcalá no ha sido nada sencillo. Quince días para mostrar un estilo personal que todavía no llega, pero que tampoco se puede inventar. Las expectativas generadas por la llegada de la primera mujer a la presidencia municipal necesariamente chocarán con esa odiosa realidad. Pero no se trata de apresurar el paso: una quincena es poco para conocer el alcance de lo que Blanca puede hacer y no hacer.

 



 
 

 

 
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