Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda

28/05/2009

El Imperio Blaugrana


Pep Guardiola pintó un lienzo imposible: un equipo en que todos son estrellas y todos son obreros. Sin distinciones en la fama y en la gloria. Los delanteros defienden y los defensas atacan. Un conjuntos sin egos, todo humildad y liderados por aquel que llevaba el “cuatro” en la época del Dream Team de Johan Cruyff y que ahora, en su primer año como mister ha confeccionado el mejor Barcelona de la historia, y sin atrevimiento, quizá también el mejor equipo de fútbol de la historia, sujeto a pocas comparaciones. Un imperio blaugrana de juego exquisito, casi arte, y que además arrasa a la hora de ganar títulos. Todo un rodillo que aplasta al que se le ponga enfrente.

 

A finales de los años ochenta, gracias a Televisa, los niños mexicanos idolatraban al Real Madrid de la Quinta del Buitre, en el que Hugo Sánchez batió todos los registros goleadores, ganó cuatro pichichis y se convirtió en el mejor jugador nacional de todos los tiempos. Fiel contreras, en esa época me hice adicto al Barcelona. Entre un conjunto de estrellas que le dio a la vitrinas del conjunto catalán su primera Copa Europea y cuatro ligas consecutivas, atascado de nombres como Romario, Stoichov, Bakero, Koeman, Zubizarreta, en el Dream Team destacaba un tipo delgado, que con el cuatro a la espala, movía al equipo de un lado a otro, toque y toque, diagonal mortal, remate certero, campeonato, según los dictados del grandísimo y genial Johan Cruyff. Así era Josep Guardiola: un medio contención nacido en las fuerzas básicas del club, la Masía cantera de oro.

 

El ocaso del Dream Team de Cruyff llegó cuando perdieron su segunda Copa de Europa a manos del Milán de Fabio Capello, en la triste final de Atenas. El equipo se desintegró, hubo cambio de técnico y se ganaron algunas ligas más, pero el esplendor del fútbol se acabó. Guardiola se fue a jugar a Italia e incluso llegó a integrarse a los Dorados de Sinaloa. En su posición quedó otro jovencísimo canterano, proveniente de la Masía, Xavi Hernández, para quien iba a ser difícil llenar los zapatos de tan extraordinario líder.

 

Estrellas llegaron y se fueron del Camp Nou, pero no regresó el estilo de Cruyff. Ronaldo, Luis Figo, Rivaldo, Luis Enrique, Kluivert. La estrella renació a partir del 2005 cuando Rikjaard armó un equipo genial en el que se distinguían las estrellas y los obreros: Ronaldinho, Deco, Eto´o, un maduro Xavi Hernández y dos casi niños, también llegados de la cantera de La Masía, Lionel Messi y Andrés Iniesta. Ése equipo ganó la Champions League y parecía destinado a brillar intensamente, pero la pugna de los egos separó al equipo que el técnico holandés de mano blanda no supo reunificar. En plena crisis, con dos temporadas en blanco, Rikjaard se fue y la luz del Dream Team II se apagó a pesar del equipazo que tenía. Ronaldinho se marchó a vegetar al Milán, cansado de ganar y su idolatría entre los niños, igual que Deco. El camerunés Etoó parecía destinado al mismo camino.

 

Después de pasar un año como entrenador en Tercera División, la directiva puso en manos de Pep Guardiola la edificación de un nuevo proyecto. Un equipo Made in La Masía. La confianza en la cantera tuvo resultado extraordinarios. De los once jugadores titulares que ganaron ayer la Tercera Champions frente al Manchester United, siete provienen de la cantera. Algo que un equipo de los más poderosos de Europa, es francamente inconcebible. Xavi Hernández, Messi, Inista, Piqué, Puyol, Busquets y Víctor Valdés, más varios en la banca como la joven promesa Bojan.

 

A lo largo del año, los adjetivos para calificar el juego del Pep Team comenzaron a escasear: hermoso, bello, artístico, sublime, eran poco. Su contundencia, la cantidad de goles, el renacimiento de Tití Henry y Samuel Eto´o, la explosión de Messi, la madurez de Xavi e Iniesta, la garra del capitán Puyol y Rafa Márquez, el debut extraordinario de Piqué y Busquets, más la serenidad y humildad de Guardiola, así como su conocimiento táctico de fútbol, produjeron una mezcla explosiva de admiración mundial. Pero el buen jugo faltaba coronarlo con títulos.

 

Uno a uno fueron cayendo. Ningún equipo español, nunca, había ganado la triple corona. Primero fue la Copa del Rey. Luego el baile histórico y sensacional al Real Madrid en pleno estadio Bernabéu. La noche maravillosa del 2-6 y la mirada atónica y dolorida del madridismo. Finalmente, ayer, para pleitesía del mundo, la Champions League ante un poderoso Manchester United que ni las manos metió y llenó de vergüenza a su vedette estelar, Cristiano Ronaldo.

 

Las lecciones de este Barcelona y su guía moral Guardiola escapan al mundo del fútbol y por eso tienen un estrellato mundial indiscutido. Pesa más el trabajo con los jóvenes, la dedicación a la cantera en la producción de capital humano, que las chequeras multimillonarias. Que un liderazgo moral pesa más que las vedettes atacadas de estrellitis. Que la humildad siempre será superior a los flashazos de la fama momentánea. Y que sin egos de por medio, cualquier grupo humano puede estar compuesto de astros y obreros sin que nadie note la diferencia.

 

Gracias Barca: el fútbol es hermoso porque aspira al arte.

 



 
 

 

 
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