Mario Marín ha puesto en marcha su propia transición generacional. Primero jubiló a todos los viejos –excepto Pacheco Pulido- y trajo al primer nivel a todos sus compañeros de trayecto, Montero, Valentín, Villeda y compañía.


Tiempos de Nigromante


Arturo Rueda


Salto generacional


Un claro recambio generacional en su clase política local es de las pocas cosas buenas que el marinismo ha traído a Puebla. Los viejos apellidos que durante años dominaron el escenario local –los Palafox, Rojas Flores, Jiménez Morales, Quirós Pérez- prácticamente han desaparecido para darle paso a una nueva camada que sufre los nervios del novateo. Los Bailleres, Armentas, Lazcanos, Fernández del Campo, Moreno Valle, Jorge Ruiz y Javier López Zavala han hecho descender el promedio de edad de nuestros políticos, acomodando a Puebla a la realidad nacional dominada por los Mouriño, César Nava, Germán Martínez. El lento pero seguro recambio generacional sigue la dirección indicada desde Gaetano Mosca hasta Ortega y Gasset: la regeneración de la clase política para necesariamente por su rejuvenecimiento.

 

Los viejos no quieren irse y los jóvenes no saben como retirarlos, es el apotegma fundamente de Ortega y Gasset. De la generación de políticos que iniciaron su carrera, allá por los años sesenta con el Gral. Moreno Valle, apenas quedan dos en activo: Guillermo Pacheco Pulido –que amenaza con reelegirse por décima ocasión consecutiva al frente del TSJ- y Melquíades Morales Flores, quien vive un semiretiro dorado en el Senado de la República después de haber sido gobernador. Salvo a Don Alberto Jiménez Morales, que optó por la retirada digna para presidir la Escuela Libre de Derecho, el resto de la generación de los “cinco lobitos poblanos” fueron jubilados en los hechos al no requerirse más sus servicios en la política activa.

 

Carlos Palafox Vázquez y Marco Antonio Rojas Flores vivieron sus últimos días de gloria en el sexenio melquiadista al convertirse en los refuerzos de lujo en la mitad del periodo. Encargados de la Obra Pública y de Comunicaciones y Transportas, fueron relegados en el cambio generacional que llevó a Marín al poder. Ni para bien ni para mal se les ha recordado. Miguel Quirós Pérez, en diciembre pasado, culminó su periodo como Consejero de la Judicatura queriendo cobrar un bono multimillonario por los años de servicio prestado al Poder Judicial Federal. Aunque al final reculó, antes se aseguró de dejar encargado a su hijo de las principales construcciones de juzgados y tribunales. De Melitón Morales ya casi nadie se acuerda.

 

Sin ser político poblano, Manuel Bartlett pertenece a esa generación en retiro. Su jubilación de la política activa –terminó su periodo como senador en 2006 sin encontrar otro acomodo a causa de su conflicto con Roberto Madrazo- no le ha impedido pasar a la siguiente fase: la reflexión y el análisis de la cosa pública. Por si fuera poco, a Bartlett le corresponde el honor de provocar la primera gran transición generacional: Mario Marín, Enrique Doger, Blanca Alcalá y Jorge Estefan se encuentran en su momento de plenitud, pero los cuatro dieron el salto al primer plano durante el barttlismo. Hace exactamente 15 años comenzaron su escalada al poder.

 

En su particular estilo, Melquíades Morales encargó a Rafael Moreno Valle y a Víctor Giorgana su proyecto de transición generacional. El primero creció lo suficiente, pero acabó traicionado al tricolor; el segundo trata de escalar aún con el veto del gobernador. Aunque los saltos generaciones tardan en materializarse 20 años, según el mismo Ortega y Gasset, hasta el momento la transición melquiadista ha fracasado.

 

Mario Marín ha puesto en marcha su propia transición generacional. Primero jubiló a todos los viejos –excepto Pacheco Pulido- y trajo al primer nivel a todos sus compañeros de trayecto, Montero, Valentín, Villeda y compañía, además de Javier López Zavala, una generación menor. Al mismo tiempo ha dado de alta nombres nuevos que van desde Guillermo Deloya hasta José Bailleres, pasando por Alejandro Armenta, López Malo, Arturo Hernández Davy, Román Lazcano, Javier Sánchez Galicia y muchos alcaldes y diputados locales que rondan los cuarenta años y sus mejores años apenas están por venir.

 

La transición parece inevitable en un país de jóvenes, aunque como siempre hay un negrito en el arroz, cuyo caso es Guillermo Jiménez Morales, que, en su ansia de seguir figurando, hoy toma protesta de la fantasmal Comisión Estatal de los Festejos del Bicentenario. Lo que es no saberse retirarse a tiempo.

 



 
 

 

 
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