DIÁLOGOS EN EL INFIERNO


José Zenteno


02/09/2010


Uso de las encuestas en la política


El reciente nombramiento del senador Ángel Aguirre como candidato a gobernador del estado de Guerrero por parte de la coalición de partidos de izquierda, suscitó inconformidades entre las huestes de los candidatos desplazados por el hoy ex priísta. El criterio que fundamentó el nombramiento de Aguirre Rivero fue una ventaja de 15 puntos sobre los demás aspirantes al cargo, diferencia que fue confirmada por diferentes casas encuestadoras de reconocido prestigio. En respuesta al referido argumento, alguien declaró que las encuestas solo sirven para validar decisiones tomadas y que los números suelen adaptarse a la conveniencia de los intereses y de los grupos de poder.

 

Es lamentable para quienes nos dedicamos profesionalmente a este oficio que nuestro gremio esté tan desprestigiado. Sin embargo, la situación no es gratuita ni fortuita. Algunos de los encuestadores más connotados se han prestado a convalidar las decisiones del poder, voluntariamente o forzados por las circunstancias. Debo aclarar que no creo que sea el caso de Guerrero, ya que tengo elementos para afirmar que Ángel Aguirre efectivamente supera a los aspirantes de la izquierda en las preferencias de los guerrerenses, y también al actual abanderado del PRI, Manuel Añorve. Por lo tanto, en este caso específico, los líderes del PRD, Convergencia y el PT utilizaron las encuestas en forma correcta, al valerse de ellas para encontrar la mejor manera de hacer más competitivos a sus partidos políticos.

 

Hay casos como el ocurrido recientemente en Puebla, en los que quienes toman las decisiones obligan o fomentan la publicación de resultados de encuestas tergiversadas. Si ellos no fuesen los responsables, supongo que tendrían derecho de fustigar a las firmas contratadas y de reclamarles públicamente por haberlos engañado, incluso por haberles proporcionado información falsa y justificar así la carencia de estrategias de campaña más efectivas.

 

En Puebla quedó de manifiesto que la publicación de datos falsos sobre la intención de voto no genera beneficios electorales, ya que no desincentiva la participación, ni tampoco hace que los electores terminen eligiendo al que creen que va a ganar. Nuestras encuestas previas a las pasadas elecciones reflejaban que cerca del 55% del electorado creía que el ganador sería el PRI, sin embargo esta creencia no alteraba la intención mayoritaria de votar por la coalición opositora. Por lo tanto, la reiterada publicación de encuestas donde se informaba de una amplia ventaja de Zavala sobre Moreno Valle solo sirvió para confundir a los electores en cuanto a la expectativa de quien resultaría ganador, pero no alteró sus preferencias.

 

Muchos clientes suelen utilizar a las encuestas como pronósticos electorales y toman decisiones asumiendo que el resultado de la encuesta de hoy será el del día de la elección. Debemos recordar que la sociedad y específicamente el electorado, están vivos y son susceptibles de cambiar. Las campañas se diseñan precisamente para intentar cambiar o consolidar las preferencias de los electores, y es gracias a una buena o a una mala campaña que se decide una elección. Las encuestas tomadas antes de una campaña deben usarse para  identificar las fortalezas y las debilidades de los candidatos y sus partidos. El equipo que sea capaz de hacer el mejor diagnóstico y de ejecutar mejores estrategias en función del diagnóstico, tiene más probabilidades de salir triunfador.

 

El caso de Vicente Fox en el 2000 es un buen ejemplo de una campaña que supo utilizar a las encuestas como instrumentos para planificar una campaña ganadora. Ellos identificaron una necesidad de cambio subyacente en la conciencia de los electores pero también reconocieron que la gente le temía a la posibilidad del cambio. Ese equipo supo resolver la paradoja y le ofreció a los mexicanos el “cambio que a ti te conviene”, al tiempo los convenció de que su candidato era capaz de conducir al país sin el PRI, y lo presentaron brabucón, seguro de sí mismo, echado para adelante. Ese era el tipo de candidato opositor en el que las mayorías confiarían, y de hecho confiaron.

 

Otro ejemplo de un candidato que no supo ponderar sus debilidades estructurales fue Javier López Zavala. Lo hemos dicho varias veces; su condición de no nacido en el estado, su pertenencia al círculo íntimo del marinismo y sus limitaciones mediáticas, lo hacían un candidato vulnerable. Se pensó que el PRI era imbatible pese a su candidato, y el PRI perdió.

 

En descargo de los marinistas también podemos mencionar el caso del PAN en 2007. En aquellos tiempos la ventaja la tenía Acción Nacional por más de 20 puntos de intención de voto para la presidencia municipal de Puebla. Dijeron que con cualquier “burro” ganarían, y no ganaron.

 

En política las encuestas son instrumentos de medición útiles para encontrar maneras de fortalecer y de hacer más competitivos a los partidos. Una buena encuesta proporciona un diagnóstico de las fortalezas y debilidades de los contendientes y del entorno, información que debe ser útil para el diseño de estrategias de campaña. Es un error utilizar a las encuestas para crear o modificar preferencias electorales, la experiencia demuestra que quien las utiliza así solamente consigue distraer pero no altera resultados. Por otro lado, mientras quede suficiente tiempo de campaña los resultados electorales pueden diferir de lo dicho por las encuestas, no importa quién las hizo, el tamaño de la muestra o la ventaja que reflejen. Esto último es válido para el caso de Enrique Peña Nieto; hoy nada ni nadie puede asegurar que él será el próximo presidente de la República.

 



 
 

 

 
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