GAMBITO POLITICO


Alejandro Chacón Morales

14/07/2009

LOS TIEMPOS DE LA SUCESIÓN


Mucho se dice que “los tiempos” son esenciales para emprender el vuelo en toda contienda electoral. Se mencionan cuando los políticos buscan una diputación local o federal, cuando sueñan con un escaño en el Senado de la República o cuando quieren entrar de lleno en el laberinto de las sucesiones municipal y gubernamental.


Cuántas veces no hemos escuchado decir “hoy no son los tiempos”, “debemos esperar los tiempos”, “lo haré cuando lo dicten los tiempos”… Sin embargo, esta recurrente e hilarante frase se erige en realidad como un subterfugio para eludir el hostigamiento de la prensa y evitar alguna reprimenda por parte de quien toma las decisiones políticas más importantes en el estado o en el país so pena de ser exiliado o relegado de la reyerta interna.


No obstante, y pese a que muchos creen y asumen como verdadero tal pretexto, distintas preguntas emergen inexorables: ¿Cuáles son en realidad esos tiempos?... ¿Serán los del Gran Elector; los del partido; los del contendiente; los del pueblo o los de la democracia?... ¿Existen realmente o simplemente representan un jocoso juego de palabras? La verdad es que nunca se ha dicho con claridad.


Para quienes conocen el Sistema Político Mexicano y las reglas no escritas del poder esta serie de declaraciones no son más que una simple falacia, pues “los tiempos” de toda sucesión empiezan —como mencioné en la entrega anterior— desde el primer día en que el monarca se sienta en su silla.


El historiador, politólogo y ensayista mexicano Daniel Cosío Villegas explica con agudeza este fenómeno en el libro La Sucesión Presidencial, y muchas de las conclusiones que en él se plasman pueden aplicarse a la contienda gubernamental poblana, sobre todo después de los resultados electorales registrados recientemente y de los eufóricos festejos en el seno del Partido Revolucionario Institucional, en los que equivocadamente se piensa que el “delfín” ha salido favorecido y está listo para lo que venga… ¿Será?...


De acuerdo con el especialista en Ciencias Sociales Joseph Hodara y con las diferentes etapas de la sucesión, el elegido del señor debe permanecer por cinco años en el más oscuro de los anonimatos y replegarse continuamente para evitar una sobreexposición pública y mediática que lo desgaste en la búsqueda de su sueño. Después de ese periodo debe adquirir un perfil propio y una imagen distinta a la del Gran Elector.


Si inicialmente consideramos estos preceptos podremos ver que el protegido del monarca ha incumplido estas reglas básicas, pues desde un principio se dio a la tarea de promoverse en todas partes, con la venia del dueño del “dedo de oro”, exponiéndose a constantes golpeteos internos y externos que hoy mantienen deteriorada su imagen.


Del perfil novedoso no puede decirse gran cosa, pues es del conocimiento de muchos que el “delfín” es un perfecto “clon” de su creador, sin alma propia; es decir, la perpetuación del continuismo.


Otra de las reglas que ilustran esta primera etapa, y que el profesor Robert Scout define con claridad, es que el elegido debe hacerse de un equipo y allegarse de organizaciones ajenas al PRI y de periodistas que le ayuden a labrarse una personalidad, y que en determinado momento inicien una campaña de rumores y agresiones para debilitar la posición de sus competidores mediante solapados chismes y calumnias.


El ejemplo más claro de ello es la campaña mediática negativa que en su momento vivieron Enrique Doger y Jesús Morales,  y que hoy vive en carne propia una de las posibles sucesoras al gobierno del estado: la Presidenta Municipal Blanca Alcalá. Todos ellos rankeados —aunque los columnistas a modo digan lo contrario— muy por encima del favorito del señor, según lo que comentan periodistas como Érika Rivero Almazán.


Ahora bien, el que en vísperas de la elección del candidato surjan asociaciones, individuos o amanuenses con poco o nulo peso político, y que con el pretexto de opinar sobre los problemas del momento apoyan con disimulo a uno de los aspirantes
—continúa Scout—, en ocasiones estropea la intención original, pues caen en la adulación excesiva (algo que se corrobora cotidianamente en Puebla).


Aún así, esta práctica es apoyada y alentada por el Gran Elector, a pesar de que, como dice Hodara, éste debe ser imparcial y tener suficiente autoridad moral y capacidad para conseguir que los diferentes grupos priístas se sumen a su candidato.


En Puebla sucede lo contrario, pues los bloques partidistas existentes en el Revolucionario Institucional rechazan contundentemente al “delfín”. Cómo hará entonces el monarca para que todos los contendientes respalden al elegido si no existen condiciones equitativas en la búsqueda por la candidatura.


Esta es una pregunta difícil de responder, en especial porque el supremo decisor es el verdadero orquestador de la campaña de su hijo político, como puede notarse en la mayoría de los medios de comunicación, en los que se ha dejado correr la especie de que el triunfo del domingo 5 de julio le da la libertad de imponer a su sucesor.


Ello ha generado encono al interior del PRI, que corre el peligro de la desunión por la inepcia y el deseo de imponer a un personaje que, independientemente de lo que dicen los periodistas cómodos luego de la ilusión óptica creada por la victoria tricolor en la pasada contienda, se encuentra lejos de los primeros lugares en las encuestas electorales. Ni más ni menos.


Una elección intermedia no tiene relación con la sucesión gubernamental, a pesar de que le quieran encontrar coincidencias, y en ello tienen mucha razón los columnistas que escribieron sobre el particular la semana pasada.


Ahora bien, dentro de las etapas que vive un proceso de sucesión gubernamental, es la última la más difícil de todas.


En ésta —como nos dice Joseph Hodara— los aspirantes empiezan a tener dudas respecto de su posible unción, pues se preguntan si los partidarios que ha conseguido con tanto trabajo y esfuerzo van a seguirlos hasta el momento decisivo, pues podrían


dejar de apoyarlos y empezar a “chaquetear” con otros.


Más aún, en esta fase se incluye lo que Cosío Villegas describe como el “corcholatazo”, en el que por una parte el gobernante saliente pierde con prontitud su poder y, por la otra, los aspirantes y sus acompañantes se atemorizan ante el peligro de perder sus ilusiones, su tiempo y su dinero.

 

De ser esto cierto entonces el delfín –hasta ahora beneficiado con el aparato político, mediático y gubernamental- debe empezar preocuparse y a cuestionarse en ese gran jardín de las dudas si ha valido la pena el esfuerzo realizado a lo largo de casi cinco años. Como se encuentra actualmente el panorama político todo parece indicar que el promotor del desarrollo social en el estado tiene todo para ser el elegido; sin embargo, no podemos descartar lo que suceda en el último tramo de este largo peregrinar sucesorio, las circunstancias, los enroques, los vericuetos de la política nacional y las filias y fobias de quien dirige el CEN priísta.


Es verdad que el favorito lleva un lustro recorriendo el estado, que cuenta como nunca antes se había visto con el apoyo del Gran Elector, ni siquiera José Luis Flores o Rafael Moreno Valle recibieron en su momento tantas deferencias, pero incluso ello genera incertidumbre.


Será cierto que los tiempos, estos tiempos, realmente benefician al elegido, que las elecciones pasadas son el respaldo que necesitaba para afianzarse y consolidarse como el próximo candidato, o que el Gran Decisor quiere romper los paradigmas de la política mexicana cuando la escuela que tiene le ha enseñado que ante todo se deber ser ortodoxo e institucional. Habrá que esperar entonces el desarrollo de los próximos meses para comprobarlo.


Jaque Mate


Los próximos serán tiempos de rentabilidad política personal, no de partido, y el elegido —según los sondeos electorales hoy encerrados con llave y guardados celosamente por sus realizadores— carece de ella. Tales encuestas demuestran que el tiempo utilizado, los recursos invertidos y el uso de la estructura gubernamental han sido simplemente improductivos, pues no se ven reflejados en el ánimo de los electores. Entonces surge la pregunta: ¿Es rentable la tesis del delfín?... Pronto lo sabremos.

 



 
 

 

 
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