Opinión


Pedro Gutiérrez


EL PAN: UNA REFORMA INSTITUCIONAL


En 1939, un conjunto de ciudadanos ávidos de democracia y libertad política se reunieron en el antiguo Frontón de México –frente al monumento a la Revolución Mexicana- para fundar y elaborar el acta constitutiva del Partido Acción Nacional. Estos hombres encabezados por Manuel Gómez Morín, provenientes de varios reductos del país, apostaron por una empresa que parecía imposible de realizar: la democratización de México y hacer de un partido político de reciente creación una institución de formación cívico-política.


La Ciencia Política cataloga al PAN –desde sus orígenes- como un partido de cuadros, en oposición a los partidos de masas como el que representaba el PRI en sus mejores años –¿hubo mejores? Partido de cuadros significa, en la más pura acepción de Maurice Duverger, un partido de notables que inciden en las decisiones fundamentales del grupo humano en el que están insertos. Por ello, quienes catalogan de esa manera a Acción Nacional me parece que cometen un craso error.  Los fundadores del PAN, esencialmente Gómez Morín, provenían de la propia clase política revolucionaria y, decepcionados de la camarilla que se adueño del poder para ejercerlo con fines de apetito personal, se reunieron en torno a un proyecto por que creían en una evolución institucional del país con miras al establecimiento de mejores condiciones democráticas.


La tarea de los que creyeron en ese proyecto institucional denominado Partido Acción Nacional se dieron a la tarea de caminar y recorrer todo el país para fundar comités de ciudadanos afines a la ideología panista y al principio cívico-democrático que al país le urgía. Palmo a palmo llegaron a varios confines del país, entre otros a Puebla, en donde profesionistas valiosos como don Miguel López González Pacheco se apostaron –en 1945- por iniciar la lucha democrática en un estado de la república tan conflictivo como lo era el mismo hecho de haber sido un estado gobernado hasta 1941 por un autócrata como Maximino Ávila Camacho.


El ingreso a Acción Nacional, por lo demás, no era complicado. En sus albores, todo ciudadano con intención de cambiar el país y que veía al PAN como vehículo idóneo para ello, era aceptado como miembro activo. Lo difícil era, en todo caso, luchar contra el sistema ya incorporado al PAN: los riesgos se acrecentaban al grado de perder un negocio o la estabilidad familiar. Este era, ni más ni menos, el precio del autoritarismo. Ya no hablemos de ser candidato a un puesto de elección popular. Ser candidato a regidor, presidente municipal, gobernador, diputado local o federal y senador era harto difícil. Pocos, muy pocos apostaban a las candidaturas porque el resultado siempre era previsible: el PAN movía almas pero perdía en las urnas.


Con el paso del tiempo y desde que el PAN ganó sus primeras cuatro curules o el primer ayuntamiento –Quiroga, Michoacán- hubo una mayor participación de ciudadanos en el proyecto humanista de Acción Nacional. Con el ingreso a los ochentas, el PAN dio un brinco abrupto en sus preferencias electorales: el resquebrajamiento del sistema económico trastocó la estabilidad política del régimen imperial disfrazado de libertad  y Acción Nacional logró imponerse en varias elecciones locales incluida la de Chihuahua, triunfo solo negado por el desprecio a la democracia que siempre ha enarbolado Manuel Bartlett.


Entre la concitada década de los ochenta y los noventa, la militancia del PAN se vio incrementada considerablemente. Las opciones reales de triunfo a nivel gubernaturas, presidencias municipales y puestos legislativos desbordaron la presencia de miembros activos y adherentes y, por supuesto, la lucha por las candidaturas se acendró. Con la victoria del Presidente Vicente Fox, los años 200 y 2001 fueron años de ingreso multitudinario de hombres, mujeres y jóvenes al PAN. La sociedad mostraba, así, que quería participar activamente en el partido y que éste era un instrumento auténtico de acceso al poder legal y legítimo.


Como una especie de equilibrio natural, el partido y sus dirigencias –en todos sus niveles- fueron más meticulosos a la hora de permitir el ingreso de ciudadanos al PAN. Los exámenes de ingreso se tornaron menos frecuentes y complicados, amén de la penosa situación de la negativa de algunos dirigentes de soltar formatos de registro por motivos de conveniencia política interna en aras de seguir detentando el control del padrón del Registro Nacional de Miembros.


Ante este diagnóstico lamentable pero evidente, la nueva dirigencia encabezada por Germán Martínez impulsó la reforma estatutaria que se aprobó por la Asamblea Nacional el pasado sábado. Dicha reforma tiene dos vertientes: 1) por un lado, hace más ágil el acceso de todo ciudadano que quiera ingresar al partido, centralizando el control del registro de miembros –para evitar manipulaciones locales- y permitiendo esquemas modernos como el uso de Internet para inscribirse al activismo político en el PAN y; 2) permite que miembros activos y adherentes elijan candidatos a gobernador y senadores, como ya se permitía para el caso de Presidente de la República.


Dichas reformas no son más que el resultado de un análisis serio y sustentable: al PAN le urgía abrirse más a la sociedad, aceptando a todo aquel que quiere participar libre y desinteresadamente en el proyecto humanista del partido. De esta manera se arrebata el control de las afiliaciones a los que han sido dirigentes y manipularon –y algunos quieren seguir haciéndolo- el ingreso de nuevos panistas. No se trata de una reforma que sea un saco a la medida para unos cuantos, por más que se empeñen en proclamarlo a los cuatro vientos. Es más bien una reforma institucional; una reforma profunda y sustancial, una reforma que merecía el mejor partido político de México y la mejor opción de gobierno para los mexicanos: el PAN.

 

PEDRO ALBERTO GUTIÉRREZ VARELA

Miembro del Comité Directivo Estatal del PAN

 



 
 

 

 
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