Poder y Política


Manuel Cuadras

30/11/2010

 

 

Tres historias de victorias y derrotas


La Real Academia de la Lengua Española define una victoria como “la superioridad o ventaja que se consigue sobre un contrario”. ¿Cómo se consigue esa ventaja o superioridad? Con la suma de varios factores: mejor preparación física, mejor preparación mental, mayor experiencia, mejores recursos, mayor determinación en los objetivos, actitud, aptitud, etcétera, e, incluso, a pesar de que muchos se niegan a aceptarlo, la suerte (azar, fortuna) en ocasiones juega un papel relevante para definir una contienda (sobre esto último es recomendable ver la película del gran Woody Allen, Match Point).


Es la ley de la vida: para que alguien gane, alguien tiene que perder. Ganadores y perdedores, vencedores y vencidos, a eso se reduce la historia de la humanidad. Vienen a mi mente innumerables modelos para contrastar la miel y la hiel que producen ambos estados naturales, desde victorias inesperadas como la de David frente a Goliat (ejemplo mítico de que el débil puede derrotar al poderoso), hasta casos de victorias aplastantes y anunciadas como la de Gran Bretaña sobre Argentina en el absurdo e injusto caso de las islas Malvinas.


Hoy quisiera referirme a estas últimas, a victorias que podrían pronosticarse aún antes de iniciada la contienda. Pongamos tres ejemplos recientes que, con toda seguridad, compartirá el lector.


Ayer el Barcelona arrolló (literalmente) al Real Madrid en el derbi español. El marcador fue de 5-0 y pudo haber sido más humillante. Ya no es raro que el Barcelona se imponga frente a su histórico rival, quizá lo raro en esta ocasión fue el abultado marcador. Para quien no ha estado en el planeta Tierra durante la última década, o para quienes simplemente no son amantes del fútbol (que para el caso es lo mismo), es preciso aclararles que el Barcelona ha sido el equipo más exitoso e imponente de los últimos años. Ha ganado todo torneo en el que ha participado, ante la frustración y desesperación de sus adversarios madrileños que se han tenido que acostumbrar a ser los second best de España. ¿La razón? La visión e ideología de ambos. El expresidente del Barcelona, Joan Laporta, lo definió de manera magistral: “Somos mucho más que un simple club de fútbol…”, y tenía razón. El concepto barcelonista (impulsado ampliamente por Laporta) tiene que ver con valores y principios que rebasan una cancha de fútbol; tiene que ver con el orgullo de sentirse catalán, es decir, ser parte de España (territorialmente), pero ser una comunidad independiente con identidad propia, lo cual se ha transmitido a cada jugador, cada técnico y a cada persona que participa en su institución. El Real Madrid, mientras tanto, se ha dedicado a comprar jugadores que se sienten estrellas, que poco o nada sienten por el club. ¿Es o no lógico pensar en la superioridad futbolística del Barcelona? Mientras en un equipo juegan 11 hombres, en el otro se placean 11 nombres.


Otro ejemplo lo encontramos en el triste caso de nuestro compatriota Antonio Margarito frente al filipino Manny Pacquiao. La única posibilidad que tenía Margarito de ganar era mediante un golpe de suerte (todos los mexicanos lo sabíamos) lo cual, más que una razón, era una simple esperanza. “No está, ni jamás estará, al nivel de Chávez; la única forma en que puede dar un salto espectacular es que venza a Pacquiao, pero eso es poco más que imposible…”, señaló David Faitelson antes de la contienda, y agregó: “Cuiden su dinero, cuídenlo, no apuesten, la diferencia entre Pacquiao y Margarito es abismal, no vivan de fantasías…”. ¿Así o más claro? La verdad es que Faitelson no se equivocó. Uno (Pacquiao) había derrotado a los mejores; el otro (Margarito) sólo a un rival de categoría. El filipino llegó a la pelea con diez años de entrenamiento con su mismo coach, es decir, fue un proyecto pensado y cuidado a largo plazo. Margarito, en cambio, contrató a su entrenador tan sólo tres meses antes del combate. ¿Había entonces alguna posibilidad? Faitelson tenía razón.

 

El tercer y último ejemplo es el del PRI poblano el pasado 4 de julio, en que, por primera vez en su historia, perdió la gubernatura del estado, la mayoría en el Congreso y la mayoría de las alcaldías del interior del estado. ¿Por qué si el PRI cuenta con la estructura más grande; por qué si contaba con el aparato del estado; por qué si contó con la complacencia del árbitro de la contienda, aun así perdió la elección? La razón es sencilla: su rival no estaba manco, también tenía estructura (y la minimizaron). Su oponente (RMV) conocía muy bien las mañas y abusos de los priistas, tan bien que supo cómo cooptarla. Mientras el marinismo basó su campaña en las despensas y los pisos dignos, el morenovallismo diseñó una estrategia de contraste y de voto razonado. El PRI confió en su estructura de siempre y le apostó al abstencionismo; el PAN, en cambio, optó por hacer alianza con otras fuerzas y fortaleció la defensa del voto. En suma, se trató de una campaña de viejas prácticas vs una campaña metódica, bien recibida por la gente. ¿Fue, entonces, asombroso el resultado? No.

 



 
 

 

 
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