Poder y Política


Manuel Cuadras

03/072009


Dos anécdotas del Pipiripau


Historia 1.

 

Ocurrió hace año y medio, eran las vacaciones de invierno de 2007. En el aeropuerto internacional de Barajas (España) se encontraba Alberto esperando el arribo de su novia Sofía procedente de la Ciudad de México. En la sala de llegadas internacionales había un gran movimiento, derivado de las fechas decembrinas que propician —como es sabido— el regreso de quienes trabajan fuera de su país, la visita de algún ser querido (como el caso de la novia de Alberto), o el arribo de cientos de turistas que aprovechan la ocasión para relajarse y despejarse de sus actividades cotidianas (como es el caso de nuestro personaje de hoy).


Mientras aguardaba pacientemente, Alberto pensaba en lo difícil que había resultado su estancia en el viejo continente alejado de sus seres queridos. Había cumplido un año residiendo en España estudiando su maestría en Gestión Política en la Universidad Complutense de Madrid. Extrañaba mucho a su familia, pero a la vez se sentía orgulloso de haber tomado la decisión de viajar y conocer nuevos modelos y herramientas que deseaba poner en práctica a su regreso a México. Como todo joven, creía que las cosas podían cambiar, creía que las cosas podían ser distintas. Estaba convencido en que transformando la administración pública, y sobre todo la actitud de quienes la encabezan, éste país (México) podía dar un giro. Estaba harto de los abusos y excesos de los políticos, “ellos son el verdadero problema” —pensaba—.


El vuelo, a cargo de una reconocida aerolínea de nuestro país, no presentaba retraso, así que Alberto esperaba que de un momento a otro apareciera su amada para abrazarla y besarla como desde hace tiempo no lo hacía.


De pronto, comenzaron a aparecer los pasajeros del vuelo que esperaba, Alberto se esmeraba en buscar a Sofía quien aún no emergía pero algo llamó poderosamente la atención del inquieto novio: Entre esa multitud se le figuró ver a cierto personaje que le resultó conocido. Era una persona que se hacía acompañar de una jovencita, ambos con gafas ostentosas y abrazados muy tórridamente. Alberto poco a poco reconoció más ese rostro, parecía ser un renombrado político de su ciudad natal.


Conforme seguía avanzando la feliz pareja de turistas y se acercaban más a Alberto, las dudas quedaron disipadas, en efecto, se trataba de quien en Puebla ocupa una posición de altísima responsabilidad pública. Alberto quedó aterrado (por no decir asqueado), no sabía qué le impresionaba más, si el lujoso abrigo que portaba el alegre político (digno del estilo de Don King o “La Tigresa”) o la inocencia que irradiaba la “señorita” que lo acompañaba, ¡quien acaso oscilaba entre los 18 y 20 años!


¡Vaya sorpresa! Qué desfachatez y qué despropósito encontrarse a este personaje con esa vestimenta. De inmediato se le vino a la mente la portada de una revista que lo proclamaba como uno de los 10 líderes de la política local. ¿Ese es nuestro respetadísimo líder? —se cuestionó Alberto indignado—.


Desde entonces, cada que Alberto ve, oye, o escucha hablar sobre este ínclito político, es inevitable que acuda a su mente la imagen de aquel naco caminando entre los pasillos del aeropuerto de Barajas, más parecido al PIPIRIPAU que a la investidura que representa.

 

Historia 2


Una noche de verano, un grupo de jóvenes disfrutaba de la diversión que ofrece una ciudad europea, lejos (muy lejos) de sus ciudades de origen. ¿El lugar? Madrid, España, sitio en el que le gusta vacacionar a nuestro picaresco PIPIRIPAU.


Entre el grupo de amigos se encontraba un poblano, quien entusiasmado se dirigía con su compañeros al antro de moda denominado “ME”. Vencer la difícil aduana de la cadena del exclusivo lugar, no fue tarea fácil, por lo que una vez adentro, celebraban victoriosos departiendo unas alegres copas.


La noche estaba en pañales, la diversión afloraba, chicas muy guapas iban y venían. Como era de esperarse, resultó todavía más difícil conseguir una mesa, así que el cuarteto de jóvenes prefirió rondar por el antro en busca de aventuras y cortejos.


De pronto, el poblano del grupo se quedó absorto por unos instantes, como ido, como ausente. ¿Qué te sucede? —le preguntaron—. La sorpresa de Aldo estribaba en haber visto a un “alto funcionario” de la política de su estado entregado apasionadamente a los ósculos con una exuberante dama rubia. ¿Adivinan de quién se trata? Efectivamente, del mismísimo PIPIRIPAU.


El joven les explicaba a sus compinches la investidura que representaba aquél célebre personaje, sus amigos al enterarse, soltaron una carcajada y le sugirieron que se acercara a saludarlo para darle una sorpresita…


A Aldo le pareció buena idea realizar esa broma y se apersonó a la mesa de su estrafalario paisano. “Buenas noches señor, ¿cómo está? qué gusto encontrarlo por acá, mi nombre es Aldo y también vengo de Puebla.


El PIPIRIPAU casi saltó de su asiento del susto por haber sido reconocido en lo que consideraba un lugar discreto y alejado. “Ahh hola, mucho gusto, cómo te va?” —Respondió temeroso—.


Acto seguido, el multicitado líder abandonó el lugar, con la prisa de quien huye al ser descubierto en una travesura.


Moraleja: No cabe duda de que el mundo es un pañuelo…

 

Nota: En ambas historias los verdaderos nombres fueron sustituidos, a manera de proteger la integridad de los protagonistas, así como preservar la “reputación” del PIPIRIPAU.

 

Hasta la próxima.

 



 
 

 

 
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