Poder y Política


Manuel Cuadras

20/04/2010

El ingenuo era yo…

Joaquín Sabina es un maestro, un virtuoso, un fuera de serie. Todos, quienes hemos disfrutado de sus canciones, sabemos (o mejor dicho, nos imaginamos) lo triste que sería la vida sin su música.


¿Quién no ha deambulado por el “Boulevard de los sueños rotos”? ¿Quién no ha residido en el número 7 de la “Calle Melancolía”? ¿Quién no se ha sentado alguna vez “A la orilla de la chimenea”? ¿Quién no ha perdido “19 días y 500 noches” tratando de olvidar un amor? El que no lo haya hecho, que tire la primera piedra.


Sabina es más que un artista, un poeta o un escritor, es —como él mismo lo ha dicho— “un sobreviviente de este mundo sin pies ni cabeza”. Un muchacho que a los 14 años recibió su primera orden de aprensión por criticar al franquismo. Aquél que en 1970 falsificó su pasaporte para autoexiliarse en Londres por haber incendiado un banco español, viviendo entonces bajo el seudónimo de Mariano Zugasti. El mismo que se opuso a la Guerra del Golfo y se atrevió a declinar una invitación hecha por la reina de Inglaterra. Eso y más es Sabina: filósofo, activista, cantautor y un largo etcétera de calificativos heterodoxos.


Hoy Sabina está en nuestro país promocionando su nuevo disco. A su llegada, el maestro español encontró un país sostenido por alfileres que amenaza con desmoronarse día con día. No era el mismo México que recordaba de años anteriores, había algo que parecía diferente. Los problemas seguían siendo los mismos: crisis, corrupción, desempleo, eso no había cambiado; sin embargo, el ánimo en la gente fue lo que llamó su atención.


En efecto, México es como ese hombre descrito por Sabina que está a punto de ahogarse porque le ha caído encima una tonelada de tristeza. La razón no podía ser otra: el temor de la sociedad por la guerra en la que ha vivido los últimos tres años. ¿Puede un hombre ser feliz en medio de la guerra?


¡Vaya estupidez! —pensó Sabina— cuando le informaron acerca de la “estrategia” del Gobierno federal de combatir al narco. "Yo creo que el presidente Calderón fue muy ingenuo, por decirlo de buena manera, cuando planteó esa batalla. Parece mentira que no supiera que la Policía estaba completamente infiltrada y a sueldo y que no supiera que esa guerra no la puede ganar él ni nadie (…) con la legalización —continuó Sabina— no se acaba con las drogas, pero sí con la corrupción, las muertes y los asesinatos…”


¿Se equivocó Sabina? ¿Dijo alguna Mentira? No. Es algo que pensamos la gran mayoría de los mexicanos, lo único que hizo Sabina, al igual que con sus canciones, fue darle voz al pensamiento colectivo.


Lo demás ya es conocido: Calderón mostró la bilis que le produjo tal declaración, y en un arranque de cólera le contestó, personalmente, al célebre visitante: “Lo ingenuo sería pensar que las cosas se solucionarían sin la intervención del Estado…” —señaló el presidente.


Fue entonces cuando apareció, en medio de esta mini crisis artístico-diplomática, el único personaje que sabe hacer política en el gobierno de Calderón: Fernando Gómez Mont, secretario de Gobernación, quien sabedor de que su jefe había cometido un exabrupto, trató de corregir el desaguisado enviando una carta a Joaquín Sabina. “Sé que pronto tendremos la ocasión de reunirnos y me dará gusto saludarlo personalmente” —terminaba la misiva del secretario. Vaya diferencia de estilos ¿no? Uno (Calderón) visceral e impulsivo, el otro (Gómez Mont) mesurado y conciliador.


Así pues, Sabina fue invitado a una comida para limar asperezas. El tono de la reunión, dicen, fue cordial, tanto, que hasta se dieron tiempo (y gusto) para entonar unas melodías.


“Todo fue un mal entendido” —dijeron los voceros de Calderón para salir bien librados de la crítica del cantante—, mientras que éste a su vez, correspondiendo la cortesía por la invitación, no tuvo inconveniente en declarar: “Debo reconocer que el ingenuo era yo”. ¿Quedó convencido con la postura presidencial? —le preguntaron los reporteros a Sabina—: “No, él mantuvo su postura y yo la mía…” ¿Se da cuenta? Fue una bonita, sutil e inteligente manera de decirle nuevamente a Calderón que era un ingenuo, sólo que esta vez, a las puertas de su casa. Esa es clase y no pedazos.


*Hablando de… Debo reconocer que a pesar de todos los excesos, abusos y errores de Javier López Zavala, finalmente es el candidato. El ingenuo era yo al pensar que no lo sería.

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas