Poder y Política


Manuel Cuadras

25/02/2010

¿Los dos gobernadores?


Hace meses, en el marco de la recién aprobada Reforma Electoral en el Estado de Puebla, con la cual se adelantaron las elecciones de noviembre a julio de este año, hacíamos mención del efecto político que eso produciría.


El hecho de celebrar los comicios cuatro meses antes de lo previsto significaría, en la práctica, la pérdida del poder absoluto del gobernador en funciones, por compartirlo (de manera involuntaria por supuesto) con el gobernador electo, es decir, la coexistencia de dos gobernadores: el oficial y el fáctico.


En el caso del PRI, el divorcio se antojaba aún más pronunciado, dada la filiación del actual gobernador y la propia conducta de los priistas. Me explico: en el viejo sistema priista, una vez que se designaba candidato, toda la bufalada (empleados, desempleados y aspirantes) se ponían a las órdenes del nuevo mesías, olvidando sus viejas lealtades hacia el agonizante jerarca. La frase de: “Muerto el rey, viva el rey”, no encontraría mejor acomodo que entre los priistas.


De tal suerte que, Marín tendría que co-gobernar no siete, sino doce largos meses antes de concluir formalmente su periodo. ¿Se imagina lo que es eso?


Nada más difícil para un gobernante que ha probado las mieles del poder, que aprender a divorciarse de la silla. No ha de resultar sencillo tener que entregar el mando, con la obligación de resignarse a dejar de ser el centro del universo político. No por nada, muchos mandatarios acarician la idea de dejar un sucesor que les permita conservar el control y el poder de antaño, Marín, por supuesto, no fue la excepción.

 

Sin embargo, el éxito en la imposición no conlleva la garantía de lealtad y gratitud eternas por parte del beneficiado. La historia está llena de casos en que el padrino protector es abandonado por el ahijado ambicioso. ¿Traición del hijastro o ingenuidad del tutor?, me quedo con lo segundo.


Nada del otro mundo, es la lógica natural del poder: el desplome del que sale, contra el auge del que llega, lo mismo que sucede cada sexenio y en todos los niveles de gobierno, sólo que, esta vez, un año antes de lo previsto.


Ahora que el PRI ha definido a su candidato a la gubernatura, y que en teoría tendría que ser el nuevo líder real del tricolor, ¿estamos viviendo el escenario previsto?, ¿es Zavala el nuevo centro de atracción de todos los priistas?, ¿ha perdido Marín parte de su poder? Al parecer no.


De acuerdo a las reglas no escritas de la política, una de las prerrogativas del candidato electo del partido dominante es que una vez nominado, las decisiones más importantes del partido, en cuanto a puestos de elección popular, las decidía él, incluso algunas posiciones dentro de la estructura gubernamental en curso, dicho de otra manera: el elegido escogía los hombres y mujeres que lo acompañarían a lo largo de toda su campaña, candidatos, dirigentes y funcionarios.


Lo anterior, con la finalidad de entregarle al candidato el control de su campaña, del partido y de ciertas áreas neurálgicas del gobierno.


Como se ha dicho hasta el cansancio, esta elección es diferente, atípica. El hecho que el abanderado priista sea producto del gobernador, cambia todo el escenario, veamos.


Los recientes enroques en la administración de Marín son una muestra que las decisiones las sigue tomando él, su poder no se ha movido ni un ápice. ¿Cómo entender la llegada de Valentín Meneses a la Secretaría de Gobernación? ¿Por qué no dejarle esa posición al candidato para que designe a alguien de su confianza, que le opere políticamente todo el estado? ¿No hubiera sido mejor (para fines de la campaña zavalista) la llegada de Darío Carmona que sirviera de enlace entre Marín y Zavala?


¿Por qué no dejarle a Zavala el control total de la SCT, en la figura de su incondicional Lázaro Jiménez Aquino?, ¿cómo interpretar la llegada del discreto José Castillo Méndez?


¿Cómo interpretar dichos movimientos? ¿Por qué no cederle a Zavala dos posiciones fundamentales para el desarrollo de su campaña? ¿Bloqueos, mensajes o, simplemente celos?


Otro ejemplo del vacío de poder que se vive en la campaña zavalista es el propio partido. Cierto es que el delfín cuenta con el control total y absoluto del PRI, en la figura de Alejandro Armenta, ¿tendría algún caso cambiarlo? No, sin embargo, algo distinto ocurre con la dirigencia municipal tricolor en manos de Carlos Meza Viveros.


Nadie puede dudar la gran capacidad de debate que tiene el abogado, notario y actuario, misma que le podría servir a Zavala como artífice para enfrentar a los panistas en una campaña intensa y desgastante, pero, como factor de unidad interna, ¿abona Carlos Meza en el proyecto de Javier López Zavala? Me temo que no. ¿Goza Carlos Meza de todas las confianzas de Zavala?, tampoco. ¿Es Meza el experto en operación político-lectoral que requiere Zavala para resucitar sus bonos en la capital? ¿Entonces?


El tercer y último punto para demostrar que Zavala aún sigue supeditado a las decisiones de su mentor, jefe y amigo, es la nominación de su compañero de fórmula a la alcaldía de Puebla.


¿Qué le conviene más a Zavala, un candidato con perfil ganador que le inyecte votos a su elección, o un candidato con historial perdedor como Montero?


¿Quién tomará la decisión de postular al candidato a la alcaldía, Zavala o Marín? No hay que olvidar que de dicha decisión depende gran parte del resultado de la elección.

 

¿Es esta la campaña que imaginaba Zavala?, creo que no ¿Es esta la campaña que soñaba Marín. Lo más seguro es que sí. ¿Así será el resto de la campaña y eventual sexenio de Zavala? Veremos.

 



 
 

 

 
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