Domingo, 16 de Febrero del 2020
Domingo, 17 Septiembre 2017 12:22

La muerte de Mara: una trágica cadena de irresponsabilidades

La muerte de Mara: una trágica cadena de irresponsabilidades Escrito Por :   Arturo Rueda

Los diputados abdicaron las facultades regulatorias de la Secretaría de Infraestructura y Transporte y dejaron la supervisión… ¡en manos de la misma empresa! ¿Cómo puede ofrecer seguridad una empresa que se supervisa a sí misma, que el gobierno estatal abdicó en controlar?


En medio de la tristeza, del pesar, del encabronamiento colectivo, nos tranquiliza pensar que la muerte trágica de Mara Castilla es culpa entera de un psicópata solitario que, conduciendo un taxi Cabify, la llevó a un motel donde la violó y estranguló para luego tirar el cuerpo en un paraje.

 

Esa tranquilidad se traduce en un estallido de furia unidireccional que se expresa con marchas, consignas en las redes sociales, condenas y vituperios. Solamente el Estado es culpable por tolerar la violencia de género, y claro, el propio criminal hijo de puta.

 

Ese estallido de furia, genuino, se expresa en el #NiunaMás o #NiUnaMenos, conforme uno aplique la semántica particular.

 

Los impecables, los radicales, entonces aprovechan la oportunidad para señalar con dedo flamígero. En su mundo de blancos y negros, de verdades absolutas, el señalamiento es claro en contra del pensamiento machista, de los malditos misóginos que a diario violentan a las mujeres.

 

Podría ser.

 

Pero los estallidos de furia son brotes emocionales, exabruptos momentáneos que nos permiten sacar el resentimiento, el miedo, la paranoia.

 

El estallido de furia, además, nos evitar mirar hacia nosotros mismos: analizar nuestras culpas, errores, caídas. Nuestras fallas personales y como sociedad.

 

La incómoda verdad está lejana a esa postura impecable, furiosa, de blancos y negros, de cien por ciento culpables y cien por ciento inocentes.

 

El viernes, en la transmisión especial de Juego de Troles, dije que la muerte de Mara Castilla era parcialmente su culpa, su responsabilidad por haberse colocado en una situación de riesgo extra adicional al clima de inseguridad que sufrimos todos los mexicanos, hombres y mujeres.

 

En un país como México, atentar contra el propio sentido de seguridad, pasar por alto el sentido común, es sentencia de muerte en un país lleno de asaltantes, secuestradores, huachicoleros y asesinos.

 

No es políticamente correcto, pero los hechos así lo determinan.

 

El grupo de amigos que acompañaron a Mara esa noche, en sus declaraciones ministeriales, aceptan que estaba ‘borracha pero consciente’.

 

Ese mismo grupo de amigos la dejaron ir sola. Unos se quedaron con el vehículo retenido en el alcoholímetro, otras se fueron juntas en un UBER.

 

Mara fue la única en irse sola y en estado de ebriedad.

 

Luego, a ninguno de sus amigos se le ocurrió llamarla para ver cómo había llegado. Su hermana se preocupó hasta que llegó a su casa las 8:30 de la mañana y no la encontró.

 

Las radicales afirman que Mara no tuvo culpa porque lo único que hizo fue tomar un vehículo seguro como Cabify.

 

Seguramente en su publicidad, pero no jurídicamente, pues Cabify y UBER, en sus términos de servicio que se deben aceptar obligatoriamente, se deslindan de cualquier ilícito que comentan sus ‘socios’ o conductores.

 

Seguramente nadie lee esos términos de Servicios, un contrato unilateral, que a la letra señalan: “El Usuario exonera a Cabify de cualquier responsabilidad derivada del servicio de transporte prestado por los terceros transportistas. De igual forma, el Usuario libera de cualquier responsabilidad civil o penal a Cabify derivado del servicio prestado, ya que, como se menciona en el presente, el servicio es únicamente prestado por los terceros transportistas o conductores y no por Cabify, quien meramente se conduce como un intermediario”.

 

Más adelante, la empresa endosa toda la responsabilidad al usuario: “Toda responsabilidad u obligación nacida en virtud de la relación entre el Usuario y el tercer transportista, ya sea vía software o prestación de servicios, descansa únicamente en el Usuario, con todas las implicaciones que ello conlleva”.

 

¿Cuál seguridad entonces?

 

Hay otra culpa también: ¿Quién puso al frente de un volante que presta servicio público a un depredador sexual, asesino, hijo de puta?

 

De acuerdo con Cabify, Ricardo Alexis N cumplió con sus “altos estándares de contratación”: presentó su carta de antecedentes no penales, pasó sus exámenes psicológicos y psicométricos. Tenía licencia de conducir y se añadió a la plataforma en calidad de ‘socio propietario’.

 

Extraoficialmente, además, afirman que en el mes que estuvo como ‘socio propietario’, realizó alrededor de 180 servicios, la mitad aproximadamente para mujeres. Nunca tuvo reclamaciones ni quejas.

¿Qué falló entonces?

 

Fallaron los diputados del Congreso local que en 2015 aprobaron las reformas a la Ley del Transporte para introducir —con extraña celeridad— el servicio de transporte ejecutivo con mínimas regulaciones.

 

Tan mínimas como que, de acuerdo al artículo 145 de la citada Ley, la vigilancia y comprobación del cumplimiento de los requisitos ‘corresponde a la Empresa de Redes de Transporte’.

 

Es decir, los diputados abdicaron las facultades regulatorias de la Secretaría de Infraestructura y Transporte y dejaron la supervisión… ¡en manos de la misma empresa!

 

¿Cómo puede ofrecer seguridad una empresa que se supervisa a sí misma, que el gobierno estatal abdicó en controlar?

 

¿Y qué vamos a decir del antro The Bronx, donde Mara y sus amigos estuvieron bebiendo hasta la cinco de la mañana?

 

¿No hay un acuerdo entre ayuntamientos para impedir la venta de bebidas hasta las 2:00 horas y cerrar a las 3:00?

 

¿Por qué no hubo un protocolo de seguridad para una jovencita que era fotografiada y videograbada?

 

¿No es el Ayuntamiento de San Andrés Cholula también culpable parcial?

 

La muerte de Mara Castilla es trágica en el contexto de violencia a las mujeres, por ser secuestrada, violada, asesinada. Un dolor brutal, extendido desde febrero de 2014, cuando la muerte de Karla López Albert inauguró el camino al infierno.

 

La muerte de Mara Castilla es trágica por ser una cadena de culpas compartidas: el asesino hijo de puta, la empresa Cabify, los amigos que la dejaron ir sola, el Estado que abdicó a regular la plataforma, los usuarios que nos dejamos ir con la publicidad de transporte “seguro” pero no leemos los términos de servicios, la impunidad rampante, el Ayuntamiento de San Andrés que deja los antros abiertos hasta las 5:00 horas, y claro, de Mara por colocarse en una situación de vulnerabilidad donde le ocurrió un hecho posible y no improbable en el Estado Fallido de la inseguridad.

 

Fallamos, otra vez.

 

Fallamos todos.

 

Aquí no hay baños de pureza para santos e inocentes.

 

 

 

 

 

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