Sábado, 04 de Abril del 2020
Martes, 19 Septiembre 2017 23:25

El día del terror, el día de la tragedia: crónica de mis temblores

El día del terror, el día de la tragedia: crónica de mis temblores Escrito Por :   Arturo Rueda

43 muertos en Puebla, más de 200 en la zona centro del país, las cifras del terror seguirán avanzando. Nos quedan días, meses difíciles. Primero llorar a los 43 muertos, luego iniciar una reconstrucción que será larga y costosa.


Me quedé pasmado.

 

Ni siquiera estaba a ras de suelo, pero el violento movimiento de mi camioneta fue terrorífico, como si navegara en los rápidos de algún río en su punto más caudaloso.

 

Conducía rumbo a una reunión en la zona de Anzures cuando, sin previo aviso, el suelo comenzó a moverse rabiosamente como si la placa de cocos recordara que en el mismo día de hace 32 años nos jodió.

 

¿Cuáles son las probabilidades de que un terremoto se repita en el mismo día 32 años después?

 

¿Las placas tectónicas tienen memoria?

 

Oscilante, trepidatoria, arriba, abajo, a un lado, al otro, nuevamente arriba, abajo, a un lado, oscilante, trepidatoria.

 

No tengo idea de cuánto duró, pero ese tiempo vi sacudir con furia las ramas de los árboles mientras los cristales de un edificio crujían y se doblaban como hojas de papel.

 

Oscilatorio, trepidatorio, oscilatorio, trepidatorio.

 

Los cables de luz, teléfono o de no sé qué, iban hacia arriba y abajo con ganas de parir un electrocutado.

 

No tengo idea de cuántos minutos o segundos duró, pero es el peor terremoto de mi vida. Las siguientes dos horas, la reacción, la pasé en estado zombi.

 

Nunca pensé en morirme, o en ya valí madre, o en yo voy a ser el electrocutado.

 

No fue el clásico ‘ya me morí’.

 

Pero me quedé pasmado en estado de shock las siguientes horas donde ni até ni desaté para coordinar la información, sin embargo, el equipo de reporteros, fotógrafos y corresponsales regionales se pusieron las pilas para hacer una gran cobertura. Mi reconocimiento a Héctor Hugo y Elvia por coordinarlos.

 

La reunión perdió sentido. Mi corazón estaba agitado y solamente pensé en comunicarme con mi mamá, mi hermana, mi luz.

 

Siempre me enorgullecí de la serenidad mostrada en terremotos anteriores.

 

En 1985 tenía nueve años y el terremoto me sorprendió cuando apenas me ponía el uniforme para irme al tercero de primaria. Por pura prevención mi abuela decidió que no fuera a clases, así que pasé toda la mañana escuchando la radio que, entre cortes, informaba a cuenta gotas del desastre en la Ciudad de México.

 

La información no volaba en un tuit, no había celulares ni Whats App, pero como toda mi familia estaba cerca de mí lo sentí lejano como si hubiera ocurrido en otro país. Recuerdo más la réplica a eso de las 19:00 hrs que el propio sismo.

 

Luego, en 1999 estudiaba para mi examen final de Derecho Penal II en la Libre, cuando los libros comenzaron a salirse de los libreros, volaron de un lado a otro, se cayeron los cuadros y tuve una milésima de segundo en la que decidí quedarme atado a mi sillón y asumir lo que viniera. De todos modos ya no me daba tiempo salir.

 

Terminado el sismo, los celulares eran apenas un artefacto insipiente, la línea telefónica domiciliaria se murió así que perdí la esperanza de saber qué había ocurrido con mi mamá.

 

Al asomarse a mi balcón en Los Sapos, una nube de polvo se levantaba y tuve un mal presentimiento: el conjunto de departamentos de la 3 Sur donde guardaba mi coche, se había derrumbado.

 

Como una profecía autocumplida, bajo las placas de concreto de tres niveles mi Topaz 1985 pasó a mejor vida. Era mi primer coche.

 

Pero al acercarme a despedirme, escuché los gritos de unos niños y el ladrido de un perro bajo los escombros.

 

Una sirena de ambulancia tras otra transitaban con su ulular por el Bulevar 5 de mayo en todas direcciones.

 

Si esto pasó en el Centro Histórico, pensé, seguramente Loma Bella, la Margarita, se cayeron. Nadie va a venir ayudarnos.

 

Con los vecinos, organizados, comenzamos la búsqueda de los sobrevivientes que estaban debajo de los escombros.

 

Rascamos una, dos, tres horas, sin saber qué ocurría en el resto de la ciudad o el mundo. Sin saber qué había pasado con mis seres queridos.

 

Pero lo logramos: tres niñas y su perro sobrevivieron. Regresé a mi casa a seguir estudiando para mi examen.

 

En el terremoto de hace once días, el siete de septiembre, epicentro en Chiapas y Oaxaca, con gran aplomo salí caminado de la redacción de CAMBIO e inmediatamente comencé una transmisión especial para dar a conocer los pormenores, lo que sabíamos, para hacerle saber a la gente lo que necesitaba.

 

Pero ayer me quebré. Fue el día del miedo, del terror, del shock.

 

43 muertos en Puebla, más de 200 en la zona centro del país, las cifras del terror seguirán avanzando.

 

Nos quedan días, meses difíciles.

 

Primero llorar a los 43 muertos, luego iniciar una reconstrucción que será larga y costosa.

 

La naturaleza nos dio una sacudida que hoy es tragedia pero también puede ser un reinicio como sociedad.

 

Mis bendiciones a los sobrevivientes. 

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