Sutil cambio de imagen para Michelle Obama


Michael Powell y Jodi Kantor / Nueva York


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Los ojos de Michelle Obama parpadean con indecisión aun cuando ofrece una sonrisa entrenada. Mientras su avión de campaña sobrevuela la Cordillera Flathead en Montana, se le pide considerar su complicada imagen pública.


Columnistas conservadores la acusan de ser poco patriótica y dicen que hierve con una ira racial no digerida. Un blogger que apoyaba a la senadora Hillary Rodham Clinton hace circular afirmaciones infundadas de que Michelle Obama ofreció un discurso acusatorio en su iglesia sobre los pecados de los “güeritos”. Obama sacude la cabeza.


“Uno se sorprende a veces de lo profundas que pueden ser las mentiras”, dice en una entrevista. Refiriéndose a un personaje en una serie de comedia de televisión de los años 70, añade: “Quiero decir, ¿‘güerito’? Eso es algo que diría George Jefferson. Quienquiera que diga eso no me conoce. No conocen la vida que he llevado. No conoce nada sobre mí.”


Ahora la campaña presidencial de su esposo le está dando a su imagen un cambio sutil, con un discurso en preparación para enfatizar sus raíces humildes y un nuevo secretario severo. Las caricaturas de Michelle Obama como la mujer afroamericana enojada la confunden, dicen sus amigos. Su propia familia cruza límites raciales —su suegra y cuñada son blancas— y ella ha pasado gran parte de su vida adulta enfrentando y tratando de abordar el resentimiento racial.


En su primer año en Princeton, la madre de una compañera blanca de cuarto causó alboroto para que su hija cambiara de habitación. Obama estuvo entre un puñado de afroamericanos en una prestigiosa firma de abogados en Chicago. Como ejecutiva de un hospital, navegó entre la línea a menudo tensa de una institución predominantemente dirigida por blancos y una comunidad afroamericana desconfiada.


Pero la mujer de 44 años de edad conocida incluso por sus amigos como “La Supervisora” en ocasiones habla con una pasión poco común para una potencial primera dama. Dice a los votantes que “Barack nunca permitirá que ustedes regresen a sus vidas como de costumbre: poco involucrados, poco informados.”


Dice que pretende evocar un idealismo al estilo de John F. Kennedy y destacar su propio recorrido, pero en sus cadencias mandonas, algunas personas —y no sólo conservadores— escuchan un sermón.


Antes de que su esposo anunciara su candidatura, Obama confiaba en amigos: Barack y yo personificaremos a personajes poco conocidos para la mayor parte de Estados Unidos.


“Son aguas tan inexploradas”, dijo Verna Williams, compañera de clases de Harvard y su amiga. “En una era de fragmentos, donde se tiene que ofrecer una toma rápida y sucia, ella no se adapta a lo que significa ser una mujer afroamericana.”


Después de graduarse de la Escuela de Derecho de Harvard en 1988, Obama tomó un empleo en lo que ahora es Sidley Austin, una firma de derecho corporativo en Chicago. Tenía un salario generoso y la perspectiva de mejorar.


Luego murió un amigo cercano de la universidad. También su padre, quien había sufrido desde hacía tiempo de esclerosis múltiple; Michelle lo adoraba tanto que se acurrucaba en su regazo aún de adulta.


“Miré mi vecindario y tuve una especie de revelación de que tenía que aportar mis habilidades al lugar del que salí”, dice en la entrevista. “Quería tener una carrera motivada por la pasión y no sólo por el dinero.”


Eventualmente, inició el capítulo en Chicago de un programa de capacitación llamado Aliados Públicos. Un día, en busca de jóvenes líderes, podía tocar a las puertas en Cabrini-Green, un proyecto de vivienda pública tan violento y descuidado que posteriormente sería demolido. Otro día, descubrió a José A. Rico, un joven mexicano tan enajenado que insistía en seguir siendo inmigrante ilegal en vez de buscar la ciudadanía.


¿Cuál es tu meta?, recordó haberle preguntado.


Abrir una preparatoria para latinos, respondió. Obama asintió: Bueno, dime exactamente cómo lo harías.


“Michelle fue dura; no dejó pasar nada”, dijo Rico, ahora director de la Multicultural Arts High School en Chicago, que él ayudó a iniciar.


Ella predicó el evangelio de la segunda y tercera oportunidades, insistiendo en que los jóvenes blancos de Swarthmore trabajan junto al ex pandillero.


Cada viernes, los jóvenes se tumbaban en la oficina de Obama, intercambiando frustraciones. Cuando un estudiante universitario blanco se quejó de que Rico se tomaba demasiado tiempo para escribir un simple memorándum, Rico recuerda haber respondido: ¿Quién eres tú para hablar, cuando balbuceas en un español rudimentario y actúas de manera arrogante?


Los afroamericanos acusaban a los blancos de no tener ni idea de la situación. Los blancos decían que los afroamericanos enmascaraban la inseguridad con enojo. Obama los sondeaba cuidadosamente, en ocasiones intensificando el calor antes de bajarlo.


“Odio los talleres de diversidad”, dice. “El cambio real proviene de tener la suficiente comodidad para ser realmente honesto y decir algo muy incómodo.”


Rico se siente intrigado al verla en la televisión ahora. “Su estilo sigue diciendo: ¡Hey! Voy a decirte dónde estoy parada, y tú determina dónde estás parado”, dijo.


Para 2001, Obama, casada por nueve años y madre de dos hijas, había tomado un empleo como vicepresidenta de asuntos comunitarios en el Centro Médico de la Universidad de Chicago. Pronto descubrió cuán enconados eran esos asuntos.


Los directivos del hospital se habían reunido para poner la primera piedra de un ala infantil cuando manifestantes afroamericanos irrumpieron con megáfonos, ahogando los procedimientos con demandas de que el hospital otorgara más contratos a empresas de minorías.


Los ejecutivos se congelaron. Obama se adelantó y ofreció una reunión posterior, si sólo los manifestantes guardaran silencio. Ella revisó el sistema de contratación, haciendo tantos negocios con firmas propiedad de mujeres y otras minorías que el hospital ganó premios.


En los vecindarios predominantemente afroamericanos que rodeaban el hospital, Obama se convirtió en la voz de una institución históricamente blanca. Detrás de puertas cerradas, trató de calmar sus frustraciones sobre un lugar que pudiera parecer prohibido.


Como muchos hospitales urbanos, la sala de emergencias del centro médico se atesta de personas que necesitan atención primaria. De manera que Obama capacitó a consejeros, principalmente afroamericanos locales, para que ofrecieran traslados a clínicas de salud para que los pacientes afroamericanos no sintieran que estaban siendo rechazados.


También alteró la agenda de investigación del hospital. Cuando la vacuna del virus del papiloma humano, que puede evitar el cáncer cervical, estuvo disponible, los investigadores propusieron acercarse a directores de escuelas locales para que inscribieran a adolescentes afroamericanas como sujetos de investigación.


Obama detuvo eso. La perspectiva de que médicos blancos realizaran un ensayo en adolescentes afroamericanas evocaba el espectro del experimento contra la sífilis de Tuskegee a mediados del siglo XX, cuando médicos blancos permitieron que cientos de hombres afroamericanos quedaran sin tratamiento para estudiar la enfermedad.


Ahora, en vez de poner a Obama detrás de una cortina, la campaña de su esposo está empujándola más hacia el centro del escenario. Ella sigue siendo una presencia carismática, y cuando da a su esposo un puñetazo o habla de él como padre, está diciendo a los votantes que él es una persona común y corriente. Esta mujer del lado sur lo ancla en su realidad.


La senadora Claire McCaskill, demócrata de Missouri y aliada cercana de la campaña de Obama, dice que Michelle Obama debe dejar de sonar como una abogada que trata de ganar una discusión. El truco, dijo, “es no presionar tanto para convencer a la gente de que Barack es el correcto”.


“Todo lo que tiene que hacer es ser simpática”, dijo McCaskill.


Michelle Obama ya ha tenido que controlar su enfoque brutalmente honesto al hablar sobre temas raciales. Ahora es la coestrella en una campaña que debe silenciar pronto la mayoría de la discusión sobre la raza.


Conforme su avión desciende en un valle al norte de Montana, suena como una mujer que desea poder sentarse con los votantes para una prolongada charla.


“Sabe, si alguien se sentara en una habitación conmigo durante cinco minutos después de oír estos rumores, se desconcertarían”, dice. “Se darían cuenta de que no tienen sentido.”


Extiende sus largos brazos, y su voz es lastimera. “Haré que todos conozcan lo que ha sido mi vida”, dice. “Venga, vamos.”

 

 


 
 
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