Lunes, 25 de Enero del 2021
Martes, 12 Enero 2021 03:06

Cañaveral de conspiraciones

Cañaveral de conspiraciones Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

El movimiento antivacunas no es un fenómeno moderno sino uno que ha acompañado a las campañas de vacunación desde sus inicios. El primero de su tipo lo rastreamos a finales del s. XIX, cuando los vecinos de Leicester, Inglaterra, rechazaron violentamente la aplicación obligatoria de la novedosa vacuna contra la viruela, una enfermedad terrible que en esa época era la primera causa de muerte en Europa. En cierto sentido, su actitud era comprensible: por primera vez, el gobierno actuaba sobre el espacio más privado de las personas, la salud; además, las vacunas no eran tan seguras como lo son ahora y algunas autoridades religiosas las consideraban impuras.


 

Habiendo concluido que, en principio, los Estados deben tener la rectoría total sobre la vacuna contra el COVID-19 por tratarse de un asunto de seguridad nacional, no nos entretengamos más analizando el tema desde el punto de vista de la oferta sino desde el de la demanda. Probablemente, un porcentaje importante de la población no querrá vacunarse; posiblemente el número de personas que rechace la vacuna sea tan grande que no nos permita alcanzar una tasa de inmunización óptima, es decir, que dificulte la erradicación de la enfermedad. Como siempre, a los antivacunas los mueven creencias políticas, sanitarias o religiosas, o miedos irracionales como el de Paty Navidad a que la medicina la transforme en cyborg.

 

En México, la vacuna contra el COVID-19 será universal y gratuita, pero no obligatoria. Permitiendo que se vacune quien quiera y que no, quien no, el gobierno ha otorgado un salvoconducto a la protagonista de Cañaveral de pasiones (de conspiraciones) y a los demás antivacunas para anteponer la libertad individual (de hacer cada uno con su cuerpo lo que le venga en gana) al bien común. Esto lo coloca, nos coloca a todos en un dilema ético bien interesante que ya observábamos en las discusiones sobre el uso del cubrebocas, el confinamiento forzoso o la reapertura de los negocios: ¿dónde termina el derecho de uno a enfermarse y dónde comienza el derecho de los demás a la salud?

 

En las sociedades donde los derechos de unos pocos se anteponen al beneficio de la mayoría, los más castigados siempre son los más vulnerables. Esto implica una contradicción al espíritu de la cuatroté, un acorde discordante en su mantra principal, ¡primero los pobres! Las medidas tendientes a ampliar las libertades individuales suelen favorecer a los ricos, no a los pobres; por ejemplo, es más fácil lidiar con una enfermedad cuando se tienen los medios, el dinero, el acceso a los mejores medicamentos o un seguro de gastos médicos mayores, etc., que cuando solo se cuenta con la asistencia social.  

 

Necio en que la vacuna sea opcional, el gobierno apuesta por convencer a la población de que le haga caso al muy desprestigiado López-Gatell y acuda voluntariamente a que le pinchen el brazo. Es cierto que históricamente, las campañas de vacunación en nuestro país han gozado de amplia aceptación pero esta vez podría no ser así: a la par que avanza la maldita pandemia, avanza la no menos infame infodemia. Para que la campaña tenga la cobertura suficiente y, por ende, nos beneficie a todos, entonces, primero deberán desmontarse los mitos, las fake news que nos generan tantísima desconfianza, cosa difícil en un país adicto a las teorías conspirativas: “¡Devuélvanme el líquido de mis rodillas!”

 

Puestos a decidir entre vacunarnos o no, en fin, nomás que no se nos olvide aquello que dijo el muy compasivo Tom Joad, en Las uvas de la ira, que “todos somos parte de la gran alma colectiva”.

 

(Al menos así me lo parece).

 

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