Domingo, 16 de Mayo del 2021
Martes, 04 Mayo 2021 01:20

Elegir a Albucio

Elegir a Albucio Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

En la República Romana, las campañas políticas eran cosa común: dado que los magistrados eran renovados anualmente mediante votación, los ciudadanos eran convocados a las urnas año tras año. Las campañas se realizaban a ras de pavimento: ataviados con una toga blanca, producto de cubrir con cal su habitual toga de lana amarillenta –una toga resplandeciente, candida; de ahí, que les llamaran candidatus– los aspirantes a las magistraturas recorrían las calles de las ciudades prometiendo lo que podían cumplir y lo que no.


 

Las campañas destacaban por su simplicidad: por si acaso el candidato no tuviera la memoria paquidérmica de Melquiades Morales, lo acompañaba uno que le susurraba al oído el nombre de sus interlocutores; mientras, otro colaborador medio animaba el recorrido con su flauta y otros daban las últimas pinceladas a sus graffitis, muchos de los cuales se conservan hasta la fecha: “Los vecinos piden que se vote a Tiberio Claudio como duunviro”, “Vesonio Primo solicita la elección de Gneo Helvio como edil”, “Elegir a Albucio”.

 

En el fondo, los candidatos que estos días asoman su enorme cabeza por la ventanilla de nuestros coches no son muy distintos de aquellos romanos –la innovación no es una de sus cualidades, se nota–: vestidos con camisas coloridas (el carmín, como sea pero ¿qué aberración resultará de mezclar azul, rojo y amarillo?) y zapatos caros que se hunden en el barro barato (¿los bolearán después para usarlos en el club?) visitan lugares donde ni ellos ni Júpiter habían parado nunca (¿volverán a comprar sus chicles en la miscelánea Lupita después de que haya desaparecido su nombre de las boletas?). Lo habitual: el Don y la Doña de rigor, el líder al que su barrio lo respalda, la pared imperecedera en la que aún puede leerse, medio borroso, debajo del “Juntos hacemos historia”: “[...]idaridad”.

 

Las campañas para las elecciones de junio han arrancado con cierta apatía (con hueva, pues). Esta vez no hay la algarabía característica de las brigadas ni los eventos apoteóticos en estadios llenos ni cuentas regresivas para las nuevas eras que, según, se inauguran al término de cada ciclo electoral; las largas marchas encabezadas por los hombres del momento son cosa de museo, de alguna película en blanco y negro protagonizada por Pedro Armendáriz. (¿Qué habrá sido de la infatigable Brigada Arturo? ¿En qué escritorio polvoriento de la SECAD habrá fenecido el espíritu combativo de sus integrantes?, me inquieto, de pronto).

 

Las elecciones intermedias suelen ser así, aburridas. Clavadas en el medio de una pandemia, estas lo son doblemente. Las circunstancias de las elecciones nos rebasan, es cierto, pero desde el lado de la acera donde se marca la agenda política no hemos ofrecido ninguna resistencia para no caer en su maldita inercia. En lo general, ay, parece que nos hemos resignado a ganar elecciones con pura fuerza bruta, con la del Estado, es decir, con su propaganda, sus generosos programas sociales, sus estructuras clientelares construidas a golpe de talonario (“Poderoso caballero es Don Dinero”, decía mi abuelo).

 

La gran fiesta de la democracia, la guarapeta histórica que nos montamos desde 2018 al calor del movimiento político-social más importante en un siglo, ha entrado en su fase de letargo. No termina aún –al contrario, parece prolongarse– pero claramente se vive con menor intensidad que entonces. Además de escándalos que revuelven los estómagos, no hay elementos disruptivos que incendian las conciencias ni matracas que animen el alma sino un soundtrack popular pero repetido: la cuatroté, a ritmo de blues.

 

Renunciando a convencer con argumentos al electorado, no queda más que votar por consigna:

 

“¡Elegir a Albucio!” (Elegirlo, pues).

 

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