Martes, 07 de Diciembre del 2021
Jueves, 28 Octubre 2021 04:37

De los polvos de Castilla…

De los polvos de Castilla… Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

El engaño, sin embargo, fue tan burdo que no lo creyó nadie además del obispo de Segovia, quien los casó: ¡por la osadía de pasarse el octavo mandamiento por el Arco de la Estrella, los futuros Reyes Católicos fueron excomulgados! Afortunadamente para ellos, pocos meses después el odioso papa moriría atragantado con un melón y, como ya se sabe, su sucesor, Sixto IV, resultaría ser bastante más acce$ible.


 

Legalmente, el país que conocemos como España, ese multicitado que, a decir de mi abuelo, tiene una inconfundible forma de piel de toro, posee su origen en la Nueva Planta de 1707, los decretos de Felipe V, mediante los cuales se puso fin a la Guerra de sucesión española, guerra civil de implicaciones globales entre borbónicos y austracistas. Antes de que ‘El Animoso’ estampara en dichos documentos su impersonal garabato (“Yo, el rey”), el concepto de lo español no significaba más que un viejo anhelo de los monarcas castellano-leoneses de recuperar los territorios que conformaron el muy católico reino visigodo de Toledo, el cual se extendía sobre lo que fue la provincia romana de Hispania.

 

Hasta la Nueva Planta, España ni siquiera era un Estado unitario, sino una monarquía compuesta, nacida en 1479 de la unión dinástica entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla; hasta entonces, cada reino tenía sus propias instituciones, leyes, monedas. El prototipo de lo que a la vuelta de un par de siglos sería el Estado español, pues, puede rastrearse como muy temprano una década atrás. a la fecha de la boda de los entonces príncipes. El país que habría de dominar el mundo fue concebido en algún momento de esa noche nupcial... si es que a Fernando no le dio el ‘patatús’ debido a la mala higiene de ella. (¿No había dicho Isabel que no se cambiaría de ropa interior hasta que hubiera reconquistado Granada? ¿O lo dijo otra, respecto a Flandes?)

 

Si, de suyo, concebir un país entre las sábanas ya era un tanto ‘cutre’, en el caso de España, por cierto, fue una aberración: la boda que cambiaría el curso de la historia mundial ¡era ilegal! Fernando e Isabel eran primos, bisnietos ambos de Juan de Castilla y, según la doctrina eclesiástica, no podían contraer matrimonio. Como en la guerra (de sucesión castellana) y en el amor todo se vale, y puesto que Pablo II se negaba rotundamente a otorgarles una dispensa que convirtiera a la pareja de moda en un tándem poderosísimo, los novios se las ingeniaron para falsificar la firma del difunto Pío II y atribuirle falsamente una bula que permitiría el matrimonio de parientes hasta en tercer grado.

 

El engaño, sin embargo, fue tan burdo que no lo creyó nadie además del obispo de Segovia, quien los casó: ¡por la osadía de pasarse el octavo mandamiento por el Arco de la Estrella, los futuros Reyes Católicos fueron excomulgados! Afortunadamente para ellos, pocos meses después el odioso papa moriría atragantado con un melón y, como ya se sabe, su sucesor, Sixto IV, resultaría ser bastante más acce$ible.

 

Volviendo al tema, en fin, entrémosle al debate que últimamente anima las sobremesas a uno y otro lado del ‘charco’: si bien es cierto que los españoles no son precisamente los castellanos como los mexicanos no somos precisamente los aztecas, también lo es que el Reino de España como sucesor de la Corona de Castilla adquirió de ésta no sólo sus derechos, sino sus responsabilidades y obligaciones con otros países, incluidas las que tuviera con los que constituyeron los reinos castellanos de las Indias; que heredó de aquella su idioma, sus costumbres y su historia, y demás bienes inmateriales entre los que existe probada coherencia (Braudel).

 

Hoy que México exige a España alguna suerte de disculpa por las atrocidades cometidas por sus ancestros hace medio milenio, aquella no puede simplemente escurrir el bulto (el muerto, los cientos de miles de muertos de la Conquista) y excusarse en el estribillo fijo de que “lo ocurrido entonces no puede juzgarse a la luz de las consideraciones contemporáneas”. De los polvos de Castilla, pues…

 

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