Miercoles, 26 de Enero del 2022
Martes, 14 Diciembre 2021 03:08

La fiesta de la Virgen de Guadalupe, de Justo Sierra al Nigromante

La fiesta de la Virgen de Guadalupe, de Justo Sierra al Nigromante Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

No tengo dudas de que el presidente, hombre culto, es consciente de la inexactitud de sus dichos pero entiendo que atribuírselos al conocido ateo refuerza la idea romántica de que la guadalupana es capaz de obrar el milagro de conmover, ya sea por devoción sincera o por oportunismo político, hasta a sus más formidables adversarios.


 

Cada año, el Estado mexicano muestra una doble cara manifestándose a la vez juarista y guadalupano; esquizofrénicos los mismos que el 9 de diciembre celebran el laicismo como eje fundamental para la construcción de un país diverso, pluricultural y democrático; el 12, cantan a todo pulmón las mañanitas a la Virgen de Guadalupe. Esta incongruencia no es nueva, por supuesto, pero se ha hecho más evidente últimamente:

 

Después de la Guerra de Reforma y la consiguiente invasión francesa, y de la Cristiada, y especialmente tras el restablecimiento de las relaciones entre México y la Santa Sede, se fijaron claramente los ámbitos de competencia del Estado y de las Iglesias, los cuales de un tiempo a la fecha se han difuminado al incluirse temerariamente la religión en la agenda pública nacional. A golpe de alianzas aberrantes con el desaparecido PES, de amagos de entregar concesiones televisivas a la Luz del Mundo o de cartillas morales reeditadas por el FCE y distribuidas por Confraternice, el actual gobierno ha ido desplazando al Estado desde su laicidad natural hacia una confesionalidad ‘de facto’.

 

El vertiginoso ‘gallo, gallina’ presidencial sobre la delgada línea del artículo 130 constitucional suele justificarse con el celebérrimo: “Yo me hinco donde se hinque el pueblo”; estribillo fijo autocomplaciente que no soluciona el entuerto ético que inquieta a quienes nos colocamos a la izquierda del máximo intérprete de la voluntad popular. En Palacio Nacional suele mezclarse con ligereza lo que es del César y lo que es de Dios; una cosa es declararse cristiano desde el punto de vista social por colocar a los pobres en el centro de la acción política o, incluso argumentar que la moral cristiana sea válida para todos, seamos o no creyentes; y otra muy distinta es que el jefe del Estado impulse políticamente a los muchachos de Arturo Farela.

 

Utilizar el ‘Yo me hinco…’ para disculpar tal atrevimiento es, en mi opinión, una estratagema perversa: ¡Ignacio Ramírez nunca dijo semejante cosa! Bastante más radical que sus compañeros de armas, muchos de los cuales suavizaron sus posturas tras la guerra, y reacio, por supuesto, a arrodillarse ante cualquier fetiche, el ‘Mefistófeles de la Reforma’ era, a decir de Justo Sierra, “el representante del espíritu anticatólico de la Revolución. A quienes decían que no buscaban hacer la guerra a la Iglesia sino sólo a los abusos del clero, respondía: ‘¡Vuestro deber es destruir el principio religioso para que emancipada, la sociedad ande!’”

 

No tengo dudas de que el presidente, hombre culto, es consciente de la inexactitud de sus dichos pero entiendo que atribuírselos al conocido ateo refuerza la idea romántica de que la guadalupana es capaz de obrar el milagro de conmover, ya sea por devoción sincera o por oportunismo político, hasta a sus más formidables adversarios. Si incluso estos pueden poner rodilla en tierra por un día, ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros que somos infinitamente más sensibles al sentir popular?

 

El origen de la frase atribuida tramposamente al llamado Nigromante, cuya sola mención evocaba a la mismísima bruja de Endor, derivaría, a todo esto, de la narración que hace el propio Sierra de su visita a la catedral de Notre Dame, en París, en 1901. A propósito de la tradición de besar a un cristo que ahí se hallaba, escribió a su esposa, entre burlón y asqueado, y sin imaginar, ay, el mal uso que se daría a sus palabras:

 

“Detrás del altar mayor hay una capillita ardiente, un precioso bajorrelieve, lámparas antiquísimas y muchas flores, y un gran cristo para besar. Mira lo poco higiénico que soy que he puesto los labios donde los pone el pueblo”.

 

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