Domingo, 07 de Agosto del 2022
Martes, 05 Julio 2022 02:16

Poder y tiempo

Poder y tiempo Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

Reparando en el hecho de que incluso los mejores materiales sucumben a la inclemencia de los elementos y de que aún las transformaciones más profundas podrían ser revertidas por sus sucesores, empero, Calígula, a decir de Camus, intentó enamorar a la Luna para trascender en sus rayos.


 

Habiendo hecho y deshecho todo cuanto puede hacer y deshacer un hombre, Sísifo no tenía otra ambición que asemejarse en poder a los dioses; durante su reinado, Corinto había sido una potencia comercial y marítima, y había asombrado al mundo con sus Juegos Ístmicos pero tales proezas le parecían irrelevantes comparadas con todo lo que podría hacer si fuera como ellos. Creyendo que lo que le diferenciaba de los habitantes del Olimpo era su mortalidad, el rey se las ingenió para deshacerse del mortífero Tánatos a fin de ser, como aquellos, inmortal.

 

En la conocida obsesión de quien por la trampa que le tendió al ingenuo señor de la muerte se le conocerá como el más astuto de los hombres se observa la curiosa relación entre el poder y el tiempo: el poder es temporal, se sabe; se agota a la hora en que la muerte iguala a ricos y pobres, a amos y esclavos, y a poderosos y humildes. La inmortalidad es, pues, la máxima expresión de poder a la que puede aspirar un hombre... pero, ¿cómo no morir?

 

Dado que el mármol resiste bastante mejor el paso del tiempo que la carne y los huesos, otros obsesos de la inmortalidad han optado por construir monumentos trascendentales de sí mismos. Los faraones egipcios, por ejemplo, estaban tan encaprichados con la idea de sobrevivir a la muerte que construyeron impresionantes mausoleos a fin de que, en ellos, “su esencia resida y perdure para siempre” (Textos de las Pirámides); imitándoles, el rey de Qin se hizo enterrar al lado de un imponente ejército de guerreros de terracota y, en tiempos más recientes, Felipe II hizo lo propio en El Escorial y Franco, en el Valle de los Caídos.

 

Prefiriendo trascender a través de la Revolución y no mediante el culto a su marmórea figura, Fidel, en cambio, eligió como tumba una sencilla roca extraída de las entrañas de Sierra Maestra; el líder cubano murió confiado en la perdurabilidad de su obra, un lujo que no pudieron darse Bolívar, quien lo hizo apremiando a sus herederos a cesar los partidos, ni Chávez, quien lo hizo suplicando a sus médicos un último ¡Aló, presidente! Entrando en el último tercio del sexenio, seguramente López Obrador tenga inquietudes similares; al presidente el tiempo también le juega en contra: el sistema no permite la trascendencia transexenal.

 

Reparando en el hecho de que incluso los mejores materiales sucumben a la inclemencia de los elementos y de que aún las transformaciones más profundas podrían ser revertidas por sus sucesores, empero, Calígula, a decir de Camus, intentó enamorar a la Luna para trascender en sus rayos. El eunuco Helicón encelaba estúpidamente cada vez que el emperador abría de par en par las ventanas de su habitación y, tumbándose en pelotas sobre su lujoso mosaico, le suplicaba poseerle, lo cual, como se imaginarán, no ocurría nunca.

 

Acaso, reflexiono, la codiciada Selene prefiera el amor desinteresado de la gente sencilla… y ¿quién más, que Juan Alpargata, “un viejo tan sencillo como su nombre”?

 

—¡Luna, baja y trágame!—clamó Juan, y la Luna, apiadándose de él, bajó y lo llevó con ella.

 

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