Thursday, 25 de April de 2019


Retrato terrorífico de los mirreyes. También sobran ejemplares en Puebla




Escrito por  Arturo Rueda
foto autor
A los mirreyes no les importa que la riqueza que disfrutan provenga de la corrupción o de la impunidad, una vez que ningún negocio lícito da para mantener ese estilo de vida. La mayoría son hijos de políticos enriquecidos rápida y maravillosamente por el erario. A mi cabeza viene la imagen del Ferrari de Adam García Ramírez, el hijo de Javier García Ramírez, o la hija de Alfredo Arango, también conocida como ‘La Nube Viajera’ por la cantidad de travesías que presumía en sus fotografías de Facebook. Mirreinas entre las Mirreinas, claro, las hijas de Enrique Agüera, cuya cantidad de excesos son ampliamente conocidos por la sociedad poblana

Todos sabemos reconocerlos. La película Nosotros Los Nobles generó un estereotipo inolvidable con el personaje de Javi Noble. Los mirreyes son el espíritu de nuestro tiempo. Disfrutan de la riqueza económica obtenida por sus padres y el súbito ascenso social que les permite. Usan camisas apretaditas, desabotonadas a manera de mostrar el pelo en pecho que no tienen. Imberbes, tienen ideas geniales para producir riqueza de forma súbita, pero todos sus planes se estrellan con la realidad. Inútiles en la empresa, ignorantes en la escuela. Desconocen absolutamente la realidad social del país, así como su profunda desigualdad, pero siempre están prestos a discriminar. El dinero es su única divisa, no la inteligencia ni la cultura. Y por sobre todas las cosas, tienen un deseo irrefrenable de ostentar su estilo de vida, coches, yates, propiedades, sirviéndose de las redes sociales y de la prensa rosa política que tiene su mejor exponente en la revista Quién.

 

 

Al estereotipo fílmico ahora se impone la reflexión periodística en el imprescindible libro El Mirreynato, la otra desigualdad de Ricardo Raphael de la Madrid, quien ayer presentó el libro acompañado por la académica Blanca Heredia y el periodista Nicolás Alvarado.

 

 

Primera conclusión: el “mirreynato” es el reino de la elite estúpida. No es que esta subespecie privilegie el dinero, sino que es su rasgo definitorio. El mundo se divide entre los que tienen y los que no tienen. No es su misión comprender por qué, sino disfrutar de su situación privilegiada por herencia. Tampoco les interesa entender de dónde proviene la riqueza económica, sino que vale por los objetos y actitudes que les permite ostentar. El mirrey, incluso, carece de un vocabulario o cultura, y pasa su vida expresándose a través de tres palabras: mirrey, papaloy y papalord.

 

 

Ganar una beca, encontrar una vocación, disfrutar un libro, cuestionarse el sentido de la vida y de la propia experiencia son actividades inútiles. Lo importante es hacer conectes, operar un buen bisne, traer una buena nave, echarse litros de shots en el antro, comer en el restaurante de moda. Y que todo se vea: gracias a Dios existe el Instagram, el Facebook, el Twitter. Desde ahí se stalkea el nivel de vida de los demás, a la competencia de mirreyes, las últimas adquisiciones y viajes.

 

 

Este es el segundo rasgo del “mirreynato”: la necesidad de ostentar. Yuppies y juniors siempre han existido. Pero a diferencia de ellos, los mirreyes tienen necesidad de mostrar y de mostrarse. Y entre más se muestran, más arriba están en la pirámide de la desigualdad, o como escribe Ricardo Raphael, en el piso 10 de la desigualdad de la sociedad mexicana, un auténtico penthouse al que pocos, muy pocos, tienen acceso.

 

 

A los mirreyes no les importa que la riqueza que disfrutan provenga de la corrupción o de la impunidad, una vez que ningún negocio lícito da para mantener ese estilo de vida. La mayoría son hijos de políticos enriquecidos rápida y maravillosamente por el erario. A mi cabeza viene la imagen del Ferrari de Adam García Ramírez, el hijo de Javier García Ramírez, o la hija de Alfredo Arango, también conocida como ‘La Nube Viajera’ por la cantidad de travesías que presumía en sus fotografías de Facebook. Mirreinas entre las Mirreinas, claro, las hijas de Enrique Agüera, cuya cantidad de excesos son ampliamente conocidos por la sociedad poblana, incluida la aspirante a Princesa del Pop que intenta construir una carrera sobre los recursos de la BUAP.

 

 

¿Y qué decir de los Marín, hijos del ‘góber’ precioso, reconvertidos en exitosos empresarios inmobiliarios con desarrollos comerciales y edificios de viviendas en los residenciales más exclusivos de Puebla? Para referirse a nuestra realidad, Ricardo Raphael ejemplifica con el caso de Gerardo Islas Maldonado como el prototipo del mirrey poblano, en este caso producto específico del morenovallismo. ¿Cuántos casos más habrá al terminar el sexenio?

 

 

En Nosotros Los Nobles, Javi Noble es simpático. Pero en realidad, el rostro de esta élite es terrorífico por su incapacidad para distinguir lo correcto de lo incorrecto, y de cómo la riqueza es un bien social, no un arma para discriminar. Terrorífico por lo que ellos son, pero también por los que aspiran a ser como ellos. Los habitantes de los pisos de abajo, capaces de todo por ascender al penthouse de la desigualdad, como en el caso de Edson “N”, el amigo y compañero de banca de Sebastián Préstamo, quien decidió secuestrarlo luego de que los papás le regalaron un Mercedes Benz. El futuro que nos espera, el signo de nuestro tiempo.

 

 

 

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