Monday, 27 de March de 2017

Indicador Político

Indicador Político

Como ha ocurrido desde 1976, las sucesiones presidenciales en el PRI son movidas por los hilos presidenciales en dos escenarios: el real del proyecto económico y el de distracción política. Ahora no puede ser diferente.

El asesinato de Luis Donaldo Colosio truncó la configuración de un movimiento similar al de la Corriente Democrática de 1987-1988, estableció la prioridad a cualquier precio del modelo económico por encima de la democracia y será el marco de referencia del 2018.

Aunque era hombre del sistema y fue cincelado por Carlos Salinas de Gortari para representarlo en la continuidad del proyecto salinista neoliberal, Luis Donaldo Colosio Murrieta fue asesinado cuando se disponía a abrir el sistema político a una democratización que hubiera acotado el neoliberalismo.

Como el presupuesto es política pura, el destino del gasto público del gobierno de Donald Trump ha definido ya con claridad los objetivos de su gobierno de cuatro-ocho años: no revivir un movimiento conservador-neoconservador, sino encabezar una verdadera contrarrevolución tradicionalista que ha preocupado inclusive a la derecha institucional.

Si alguna contradicción domina el comportamiento político de Andrés Manuel López Obrador, es el conflicto de personalidad entre el líder social antisistema con el político institucional prosistema. Más que una síntesis entre ambas, al final en López Obrador se impone la personalidad sistémica. Es decir, el tabasqueño es un priista típico, como lo demostró como jefe de gobierno del Distrito Federal de 2000 a 2006.

Aunque en esta etapa preparatoria los análisis sobre la designación del candidato presidencial del PRI para el 2018, se enfoca desde la perspectiva de las élites, en el fondo, las decisiones presidenciales de las sucesiones desde 1976 ha sido la economía, la crisis y el modelo de desarrollo.

A pesar de haber nacido con el registro del Partido Comunista Mexicano, el primer paso ideológico del PRD fue liquidar el socialismo como proyecto, de la misma manera en que Carlos Salinas de Gortari y Luis Donaldo Colosio expulsaron del PRI a la Revolución Mexicana como proyecto. Entre 1989 y 1992, México abandonó la lucha ideológica.

El conflicto PRD-Morena no debe analizarse como un asunto de ideas o de proyectos, sino que se debe enfocar como una disputa tardía pero latente de la existencia del PRI: los dos quieren quedarse con el espacio electoral que ha dejado el PRI en los sectores populares que dependen de los presupuestos asistencialistas.

Si bien la estridencia le está abriendo expectativas al PAN, al PRD y a Morena en las elecciones de gobernador del Estado de México, al final de cuentas la victoria estará sustentada en tres variables: el saldo negativo del gobernador saliente, el aparato electoral articulado al sistema y la fragmentación del voto opositor.

La incorporación a Morena de políticos priistas y perredistas y de empresarios del viejo régimen está confirmando que Andrés Manuel López Obrador dejó atrás la figura del líder social radical que tomó pozos petroleros, realizó plantones en la ciudad de México y confrontó a la derecha y ahora ofrece una propuesta de gobierno neoliberal exactamente igual a la de Carlos Salinas de Gortari.

La verdadera batalla política en el 2018 no será por la presidencia de la república sino por la primera minoría en el Senado y en la Cámara de Diputados. En el 2000 Vicente Fox ganó la presidencia, pero no el Congreso y tuvo que pactar con el PRI; en el 2006 Felipe Calderón ganó primer sitio en bancadas pero no supo operarlas a su favor; y en el 2012 Enrique Peña Nieto regresó a primera minoría priista legislativa y pudo impulsar el Pacto por México con la oposición.

El PAN no ha explicado las razones para registrar a Josefina Vázquez Mota como candidata al gobierno del Estado de México porque las cifras pasadas no le alcanzaban: en las presidenciales del 2012, la aspirante panista se quedó en la plaza mexiquense solo con 18.2 % de los votos, contra 43.2 % de Enrique Peña Nieto y 34 % de López Obrador.

El año de 1981 fue clave para definir el rumbo del país: mientras el gobierno de López Portillo disfrutaba los últimos meses de precios altos de petróleo antes del colapso, al interior del sistema político priísta se libraba una batalla: definir la candidatura de 1982 entre el proyecto histórico del PRI enarbolado por la aun poderosa CTM y la burocracia neoliberal que quería imponer el modelo del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Como la política es el reino de las apariencias, entonces detrás de los reacomodos en el PRI y las pugnas para imponer cargos se localiza una fase de la lucha política por el poder en función del inicio formal del proceso de designación del candidato presidencial. Y ahí reapareció la figura del ex presidente Carlos Salinas de Gortari.

Como los tiempos están adelantados, en el 2018 el PRI enfrentará un desafío similar al del 2000: competir contra una oposición que ha mutado al ADN priista: Morena y López Obrador y el PAN de Ricardo Anaya y Margarita Zavala-Felipe Calderón han consolidado una transformación genética al PRI populista de Cárdenas, Alemán y Echeverría.

En medio de la parafernalia nacional por Donald Trump y del interés de los medios por las anécdotas insulsas, la ceremonia del Día de la Bandera el pasado viernes 24 de febrero se desvió hacia el incidente superficial del lábaro rasgado. Sin embargo, en los discursos hubo mensajes de mayor calado que fueron ignorados por los medios.

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