Tuesday, 16 de July de 2019


El Milagro Mexicano, una resurrección que obró el Piojo Herrera (Crónica)




Escrito por  Arturo Rueda
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El suplente de lujo, Chicharito, entró por Oribe para protagonizar otro de sus ridículos históricos, gafado frente la portería, literalmente está negado

Toda resurrección es un milagro. El Piojo Herrera tomo un equipo desvencijado, desmoralizado, en estado casi comatoso, y le devolvió la hombría, la confianza en sí mismo, que se organiza alrededor del respeto al balón.  Solo esa voluntad de tocar y tocar, un tiki-taka a la mexicana, evitó que el titular del primer partido del Tricolor fuera ¡Atraco en Natal!

 

El combinado no tiene una individualidad deslumbrante, pero ya funciona como equipo gracias al eje Rafa Márquez-Gallito Vázquez que sostiene el centro del campo, y que alterna pases largos con pases cortos como si fuera el Atlético de Madrid.

 

La resurrección de México nunca podrá mejor ser ejemplificada que con Giovanni, esa eterna promesa que nunca se consolida. Después de su triste papel en las eliminatorias, parecía desterrado para siempre del imaginario colectivo, pero los aires brasileños lo convirtieron en un jabato que barrió el campo de Camerún.

Los Leones Africanos nunca comparecieron en Natal, y sí un equipo raro, diez troncos con un delantero que alguna vez fue espectacular, Samuel Eto’o, ya en el ocaso de una carrera brillantísima.

 

Camerún nunca exhibió técnica ni exuberancia física, muchos menos velocidad. La entrada del partido dejó a Miguel Layún, #TodoesculpadeLayún, solo por el costado izquierdo. Genio sin balón, horror con balón que nunca pudo tirar un centro adecuado.

 

El cepillo Peralta encarna el espíritu mexicano. Sin mucha técnica, sin velocidad, sin ser un killer nato, floreciente en su madurez, es casi el regreso del Matador Hernández. Jugadores que no fueron nada, pero que se volvieron todo.

La fatalidad eterna se hizo presente cuando el árbitro colombiano Wilmer Roldán decidió que Camerún merecía más tiempo de vida, el partido más emoción, cuando le quito a México dos goles válidos.

 

En el primero no había fuera de lugar. En el segundo ni siquiera hubo explicación. El Piojo Herrera agitaba en la zona técnica pero dentro del campo el equipo se siguió organizando alrededor del balón y la solidaridad con el compañero, siempre dos mexicanos presionaban a los africanos, y repartían con ventaja.

 

El eje Márquez, Vázquez,  sostuvo el equipo que no se derrumbó ante la fatalidad y llegó vivo al segundo tiempo.

 

Sin noticias de Camerún, excepto algunas corridas de Eto’o siempre bien controladas, el equipo mexicano siguió empujando a partir del planteamiento que hizo de Layún y Aguilar pasar de carrileros a extremos.

 

El árbitro colombiano no regaló un penalti para compensar sus errores, pero a la tercera fue la vencida. Una buena combinación en el centro del campo dejó franco a Giovani ante el portero camerunés que contuvo el disparo. De atrás llegó el Peralta para rematar la faena y darle a México el gol que los árbitros le había negado.

El gol descontroló al partido. El Pijo arriesgó para meter más atacantes, toda una declaración de principios. Salió Guardado y los aztecas perdieron criterio en el manejo de balón. Marco Fabián exhibió destellos, pero el conjunto perdió solidez.

 

El suplente de lujo, Chicharito, entró por Oribe para protagonizar otro de sus ridículos históricos, gafado frente la portería, literalmente está negado. Voló un disparo tras centro de Fabián.

Por puro honor, Eto’o echó para adelante a sus compañeros, tan preocupados por las primas y no por el juego. La triada de centrales, Maza, Márquez y Moreno, atendió bien las incursiones, y el minuto 90 todavía hubo oportunidad de ver a los chinos de Ochoa volar por el arco para atajar un testarazo de Moukandjo.

 

Final feliz y pletórico. México no sucumbió a los hados fatalistas. No hubo el clásico error imperdonable, el jugamos bien pero perdimos como siempre.

 

El Piojo Herrera se merece una estatua por revivir a los alicaídos jugadores nacionales, darle un espíritu de equipo, y sobre todo, un sentido de juego que puede consolidarse si Márquez y el gallito Vázquez mantienen el control del balón.

 

En Natal, Brasil, sí se pudo.

¡Viva México!

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