Wednesday, 05 de August de 2020

Viernes, 04 Septiembre 2015 02:51

“De Guatemala a Guatepeor”




Written by  Ivan Galindo

Esta semana ocurrió un hecho histórico en la política latinoamericana: El presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, dimitió al cargo tras un fuerte escándalo de corrupción que involucraba a su gobierno con tráfico de influencias aduaneras, así como sus políticas privatizadoras en el sector salud.


La situación política en aquel país centroamericano, se había vuelto insostenible: los niveles de rechazo hacia el gobierno alcanzaron casi el 90 % en distintas mediciones, miles de ciudadanos exigían la renuncia del presidente en las calles, y por si fuera poco, seis integrantes de su gabinete renunciaron ante el inminente estado de descomposición del Organismo Ejecutivo (lo cual fue la antesala de la debacle de Pérez Molina).

 

Ante este escenario, el entonces presidente se aferraba a su cargo y trató de evitar a toda costa un posible proceso en su contra, sin embargo, el Congreso de la República le retiró la inmunidad (fuero) para poder ser juzgado y posteriormente, un juez le dictó prisión provisional para enfrentar los cargos que se le imputan.

Esto representa un triunfo para el pueblo y las instituciones guatemaltecas. Por un lado, se validó que la gente no sólo puede inconformarse, sino que puede exigir sanciones. Por otro, se asienta un duro golpe contra de la impunidad, demostrando que nadie es “intocable”. El Estado de Derecho en Guatemala, es hoy incuestionable.

 

En México las cosas lucen muy distintas. Representantes de todos los niveles y de todos los partidos, se han encargado de meterle freno de mano (y reversa) al desarrollo democrático del país. La realidad poco puede ya sorprendernos: gobiernos dispendiosos, funcionarios corruptos, legisladores que no legislan, partidos secuestrados, poderes fácticos que controlan a los oficiales, falta de contrapesos, encubrimiento entre políticos, etc.

 

El caso de Guatemala nos debe dejar muchas cosas para la reflexión. Mientras allá las autoridades escucharon los reclamos de la gente e hicieron valer la División de Poderes, aquí en México, una diputada federal del PRI se ofendía porque la bancada del PRD osó pedir que el Presidente entablara un diálogo con los diputados. Virgilio Andrade concluyó (después de una “minuciosa investigación”) que el Gobierno Federal no incurrió en conflicto de interés al adquirir propiedades con empresas contratistas (resultado tan burdo, como obvio). A nivel local, los congresos de los estados les cerraban el paso a las candidaturas independientes, orillando a los ciudadanos a supeditarse a la partidocracia. Y un largo etcétera de acciones que cometen los políticos en contra de los intereses de la sociedad.

 

Quizá la lectura más visible (y a la vez más esperanzadora) que nos aporta el caso centroamericano, es que los ciudadanos nunca deben de renunciar a su capacidad de asombro, de indignación, ni de reclamo. Cuando las autoridades no actúan para lo que fueron electos, el único camino para enderezar el camino es la presión social, en sus diferentes expresiones: por la vía jurídica, mediática, política (electoral) y por supuesto por el ya muy explotado campo de las redes sociales.

 

En la medida en que nos acostumbremos (y nos resignemos) a tener gobiernos que gasten como quieran, que cobren lo que quieran y que hagan las leyes que quieren, vamos a seguir atorados en un laberinto democrático, sin poder encontrar la salida. Lo de Guatemala debe movernos y mucho. Debemos reconocer con humildad los errores que hemos permitido y aprender de esos ejemplos para superarnos.

 

Si Octavio Paz decía, en 1950, que México era —por primera vez en su historia— contemporáneo del mundo, hoy bien vale decir que ya no somos contemporáneos (democráticamente) ni de nuestros vecinos de al lado. Tal parece que nosotros vamos “de Guatemala en Guatepeor”(dicho con todo respeto…)

 

 

 

 

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