Thursday, 26 de November de 2020


El candidato que es un significante vacío




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Hablar de política es entrar al terreno de la comunicación simbólica. Las relaciones entre los políticos y de éstos con los ciudadanos puede observarse como complejas redes de símbolos cuyas representaciones van de lo concreto a lo abstracto, de lo emocional a lo racional, de lo real a lo imaginario, de lo objetivo a lo subjetivo.

Para comprender la compleja red de relaciones existe la semiótica o semiología, ciencia cuyo propósito es estudiar los sistemas de comunicación dentro de las sociedades humanas. Es la disciplina que aborda la interpretación y producción del sentido. Esto significa que estudia fenómenos significantes, objetos de sentidos, sistemas de significación, lenguajes, discursos y los procesos a ellos asociados: la producción e interpretación. Toda producción e interpretación del sentido constituye una práctica significante, un proceso de semiosis que se vehiculiza mediante signos y se materializa en textos.

 

 

El lingüista suizo Ferdinand de Saussure plantea una dicotomía entre significante y significado, explicando que el signo lingüístico está constituido por ambos elementos. Considera que el significado es el “contenido” del significante, es aquello a lo que apunta o refiere el significante. Por lo tanto, cualquier palabra es el significante que apunta al significado, es decir, a la representación o concepto mental de lo que es. El significante es el que designa algo, mientras que el significado es lo designado.

 

 

El psicoanalista Jaques Lacan retoma la teoría de Saussure pero advierte que los significantes no son sólo las palabras sino que los objetos, las relaciones y los síntomas pueden ser vistos también como significantes. Un significante es tal cosa cuando ha sido inscrito en el orden de lo simbólico. Sólo en este orden el significante puede adquirir un sentido, un significado que se va estableciendo a través de la relación con otros significantes y del contraste de sus diferencias y similitudes. Para entender mejor el concepto de Lacan, éste afirma que una persona durante un psicoanálisis puede usar un significante creyendo a nivel consciente que le está dando un significado, sin embargo, muchas veces ese significante remite —y es lo que importa— a otros significados que de momento son inconscientes.

 

 

Se preguntará con justicia amable lector, ¿y toda esta teoría qué tiene que ver con un candidato? Pues viene al caso porque las campañas políticas constituyen precisamente un entramado de relaciones entre significantes que bien pueden ser los candidatos, los partidos que los postulan y hasta los mensajes que difunden. Este entramado de significantes sirve de base para que los electores conformen el sentido de sus preferencias y por eso es importante averiguar cuáles son los más importantes al momento de elegir entre las distintas opciones. Los electores volátiles o switchers —por ejemplo— le asignan mucho mayor peso al candidato que al partido e incluso que a la campaña, y son éstos quienes con su voto definen el resultado de cada elección. Conviene recordar que en las pasadas elecciones el 62 por ciento de los votantes del municipio de Puebla declaró haber decidido su voto para Presidente de la República antes de que comenzaran las campañas, de los cuales el 60 por ciento declaró haber elegido por el candidato y 40 por ciento lo hizo por el partido. Del 38 por ciento que decidió su voto durante el transcurso de las campañas, el 37 por ciento declaró seleccionar al partido y 63 por ciento al candidato.

 

 

Si en el próximo proceso electoral de julio se mantiene la proporción de electores que definen sus preferencias una vez que los partidos nominan a sus candidatos, serán aproximadamente 180 mil los que esperarán a las campañas para decidir el sentido de su voto, 250 mil los que votarán por el partido sin importar quiénes sean los nominados y 80 mil los que en automático decidirán una vez definidas las fórmulas. Esto significa que aproximadamente 260 mil electores definirán en función del candidato y lo que éste sea capaz de significar para ellos.

 

 

Aquí la decisión para los partidos, principalmente para el PRI: nominar a un candidato que ya significa algo para los electores o postular a uno que por desconocido tiene todo por construir y nada que cambiar. Esta disyuntiva lleva a algunos recordar el ejemplo de Blanca Alcalá en 2007. Era una política de larga trayectoria pero con escasa exposición mediática y por lo tanto desconocida para la gran mayoría de los electores. Su condición de mujer y capacidad discursiva, la imagen publicitaria y la serie de errores garrafales de su adversario panista, le permitieron remontar la desventaja con la que arrancó la campaña para terminar victoriosa con un resultado que nadie esperaba.

 

 

En octubre de 2007 (un mes antes de la elección) invité a mi colega argentino Iván Rodríguez a que elaborara un análisis factorial de la imagen de los candidatos a la presidencia municipal de Puebla, a partir de una muestra municipal que nosotros levantamos. La conclusión de Iván fue que Blanca Alcalá era un “significante vacío”, lo que se traduce en un candidato sin atributos propios (significado) que la diferencien de sus adversarios y a quien los electores le atribuyen toda clase de virtudes para justificar su decisión de voto. Ella era percibida como la más preparada, con mayor experiencia, capaz de resolver la economía, el empleo, la inseguridad, la vialidad, el alumbrado público y demás atributos imaginados pero que al final le daban sentido al voto ciudadano.

 

 

Otro caso que recuerdo de significante vacío fue el de Manuel Velasco en Chiapas. Un hombre joven que aprovechó las condiciones para construirse con tiempo y trabajo una imagen de redentor en un estado donde gran parte de la población tiene escasa escolaridad y muy alta proclividad al fanatismo religioso. En las encuestas Velasco era visto como el mejor en todo, y nada de su personalidad o algún atributo particular destacaba de los demás, simplemente los ciudadanos le atribuían todas las bondades y todas las potencialidades. En este caso, como en otros, la realidad termina por superar a las expectativas y una vez instalados en el gobierno los políticos de significante vacío se convierten en lo que son (simples mortales con fortalezas y debilidades), produciéndose una gran decepción entre la gente que esperaba soluciones mágicas.

 

 

A los partidos poco les importa si su candidato gana por conocido o por conocerse, sin embargo, pregunto: ¿Pepe Chedraui tiene las condiciones para convertirse en un significante vacío? Las circunstancias de Puebla en 2013 no son las de 2007 ni como las de Chiapas en 2012. En el proceso cuenta el candidato y también el adversario. En este caso veo una enorme dosis de inexperiencia política ante un adversario con poder y gran conocimiento de campañas electorales. Es decir, Chedraui no es Alcalá y Moreno Valle no es Antonio Sánchez.

 

 

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