Tuesday, 04 de August de 2020


El veto cuasi unánime a Blanca Alcalá




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Todos lo tiene claro: Blanca Alcalá busca el PRI estatal para usarlo como un trampolín a sus ambiciones para convertirse en la primera gobernadora de Puebla, como antes fue la primera alcaldesa. Tal posición le servirá para construir redes de apoyo por todo el estado y erigir una estructura que no acaba de cuajar

Blanca Alcalá ha tomado un trago de su propia amarga medicina: salvo dos o tres expresiones aisladas de apoyo, prácticamente todo el PRI poblano ha salido a vetar sus aspiraciones de dirigir el Comité Directivo Estatal en sustitución de Pablo Fernández del Campo. Un rechazo absoluto. Si esto le ocurre con algo tan pequeño como la disputa de los jirones de su partido, ¿cómo le irá cuando busque la candidatura al gobierno estatal? La senadora sufre las consecuencias de su estilo oblicuo de hacer política, y su incapacidad para cumplir acuerdos. Los beneficios que reparte única y exclusivamente son a su entorno familiar: antes de entregar la regiduría que negoció con Enrique Agüera a alguien de su grupo, decidió incluir en la lista a su hija Karina Romero, absolutamente novata, en detrimento de otros perfiles que sí habían hecho talacha por su partido o grupo, incluido su yerno Edgar Chumacero.

 

 

Luego de su paso por la alcaldía, Alcalá siempre fue acusada de ser una política “que no cumple acuerdos”. Pero con el paso de los años su reputación empeora por un estilo enrevesado en el que nada es cierto ni estable en sus negociaciones, por no decir abiertas mentiras. Por ejemplo, Alcalá falseó el origen de sus aspiraciones a liderar el PRI ya que a través de varias columnas envió el mensaje de que era “el CEN quien la enviaba ante el fracaso”. Pero con el paso de los días la mentira cayó por su propio peso: a nadie en el CEN le interesa verla dirigir al tricolor, sino que el interés es de ella misma. ¿Por qué la mentira?

 

 

Todos lo tiene claro: Blanca Alcalá busca el PRI estatal para usarlo como un trampolín a sus ambiciones para convertirse en la primera gobernadora de Puebla, como antes fue la primera alcaldesa. Tal posición le servirá para construir redes de apoyo por todo el estado y erigir una estructura que no acaba de cuajar pese a su victoria por el Senado en 2013. La estructura no acabó de cuajar porque la mayoría de candidatos a alcaldes que colocó en negociación con Pablo Fernández del Campo perdieron. Pero ese no es su mayor problema.

 

 

En realidad, Javier López Zavala y Juan Carlos Lastiri son sus grandes dolores de cabeza. Con el primero, el pleito amenaza con volverse irreductible desde que en 2012 rompieron lanzas en pleno acomodo de la fórmula por el Senado, y que incluso llevaron a que Zavala se bajara de la dupla que luego recayó en el propio Lastiri y terminó en manos de Lucero Saldaña por cuestiones de género. Pero el candidato fallido en 2010 imagina un futuro diferente en caso de que Blanca no se hubiera atravesado, y por eso no la perdona. Por eso el estallido de furia y el veto de la semana pasada.

 

 

La ofensiva de Lastiri es menos visible porque aprovechando su presencia en el gabinete, así como su roce constante con los pesos pesados de Enrique Peña Nieto, intriga contra la senadora. Tiene un interlocutor de privilegio en el poderosísimo oficial mayor de Gobernación. Jorge Márquez, a quien conoció cuando fueron compañeros en el Comité Ejecutivo Nacional de Pedro Joaquín Coldwell, y prácticamente se convirtió en su padrino. Fue Jorge Márquez quien le dio el visto bueno a Pablo Fernández del Campo ante la ausencia de cuadros en el PRI poblano y lo recomendó a César Camacho.

 

 

Pese a su roce federal, Lastiri tampoco acaba de cuajar su proyecto a la gubernatura. Los delegados federales todavía no ofrecen resultados, aunque ya logró reflotar a Juan Manuel Vega Rayet como coordinador de ellos. Sin embargo, no puede darse el lujo de permitir que Blanca Alcalá se haga del PRI poblano.

 

 

Su último enemigo abierto es Pablito Fernández del Campo. Repuesto de la depresión que lo aquejó desde el 7 de julio, empieza a maquinar la idea de quedarse en el PRI al mismo tiempo que es diputado, y por eso, envalentonado, se lanzó contra los carroñeros que buscan su puesto. Les llamo desorientados, desubicados, desmesurados e intolerantes. O mejor dicho, llamó así a Blanca.

 

 

Blanca Alcalá mintió. Primero dejó correr la especie de que el CEN se había fijado en ella, pero conforme trascurrieron los días César Camacho ha ido defendiendo la idea de que la renovación del PRI poblano se hará en enero de 2014, cuando Pablito Fernández del Campo vaya a asumir su diputación. Con el paso de los días, en su estilo oblicuo, ha debido reconocer que sus pretensiones son, en efecto, suyas, y no del CEN. Pero mientras tanto generó un veto que es casi unánime. Destapó sus ambiciones y quedó mal parada, aunque finalmente le permitió medir el termómetro y darse cuenta de que al interior del PRI no goza de muchas simpatías. Y que al final, sea 2016 o 2018, le puede pasar lo mismo que a Enrique Agüera en 2013: ser devorada por sus propios compañeros.

 

 

La senadora tiene tiempo para revisar su estilo de hacer política y así poder generar alianzas estables, pues incluso la mayor parte de quienes la acompañaron en la alcaldía se han desvinculado de su grupo, como Víctor Giorgana. Poner por delante al entorno familiar en las negociaciones políticas agota la credibilidad en los grupos. Y a veces ni eso, porque resultó que a su yerno Edgar Chumacero ni siquiera le pudo conseguir una delegación federal. A lo mejor no quiso, como tampoco quiso darle la regiduría en la planilla de Agüera. A final de cuentas, el cuero siempre duele más que la camisa.

 

 

 

 

 

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