Thursday, 25 de April de 2019


La “mexicanización” de la violencia: el estigma histórico




Escrito por  Javier Arellano Ramírez
foto autor
El estupor, la convulsión política, militar y social fueron inmediatas.

En el mes de septiembre de 2007 un libro conmocionaba a la sociedad colombiana.

 

La retirada conductora de televisión Cristina Vallejo sacaba a la luz la etapa más oscura y terrible de la historia de Colombia; “Amando a Pablo, odiando a Escobar” es una narración que se presenta como un ejemplar obligado en toda biblioteca.

 

En ese documento histórico Vallejo recrea detenidamente la relación sentimental que sostuvo con Pablo Escobar Gaviria, uno de los criminales más sanguinarios en la historia contemporánea.

 

El escándalo político estalló cuando la autora narrócon lujo de detalle la relación del súper capo con los presidentes colombianos: Alfonso López Michelsen, Ernesto Samper Pizano y Álvaro Uribe Vélez.

 

Al margen de las reacciones políticas esta claro que “Amando a Pablo, odiando a Escobar” es el documento que relata de manera frontal el horror, el dolor y el sufrimiento de una nación que vivió bajo el flagelo del narcoterrorismo.

 

Durante décadas se habló de la “colombianización”, como un presagio, un anticipo de lo que debía evitarse, evadirse a toda costa y a cualquier precio.

 

La “colombianización” era la ruta, el camino hacia un estado fallido en que el poder del crimen organizado se imponía sobre el estado y sus instituciones, aplastando a su paso toda forma de vida social. La “colombianización” era el preámbulo del horror inenarrable.

 

Todo eso quedó atrás.

 

Toda referencia a la “colombianización” ha sido borrada.

 

El pasado domingo se dio a conocer el contenido de una carta personal, escrita por el Papa Francisco máximo jerarca de una doctrina universal.

 

El Pontífice dirigió la misiva al dirigente de una Organización no Gubernamental argentina en la que apunta: "Veo tu trabajo incansable a todo vapor. Pido mucho para que Dios te proteja a vos y a los alamedenses. Y ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror".

 

Aparentemente la carta no tenía la intención de hacerse pública, empero se hizo y con repercusiones globales.

 

Colombia sigue siendo el principal productor de cocaína y de sus fronteras parten cargamentos de cientos de toneladas, que terminan en pequeños sobres de dos o tres gramos en las calles de Miami, Los Ángeles o Nueva York.

 

Sin embargo aquella etapa de bestial violencia colombiana ha cesado. Ya no ocurren masacres, ni derriban aviones llenos de civiles inocentes, ya no hay capos colombianos de peso internacional.

 

Su lugar lo han ocupado los cárteles mexicanos, sus jefes y lugartenientes.

 

Hoy el Cártel de Sinaloa es la organización que recluta a cientos de pandillas en decenas de ciudades de la Unión Americana; utilizan todo el entramado social de los sectores marginados: mexicanos, puertorriqueños, cubanos, guatemaltecos, hondureños en ejércitos de hormigas que controlan en tráfico de enervantes en el país más poderoso del planeta.

 

En reciprocidad los órganos gubernamentales estadounidense permiten el tráfico indiscriminado, inmisericorde de armas, fusiles, granadas a territorio mexicano. Como fue el caso en concreto de la operación “Rápido & Furioso”.

 

Pero la plaza mexicana es un excelente mercado para los traficantes de armas, por eso los alemanes se han sumado al negocio. Fueron fusiles germanos los que se utilizaron en Iguala y que aún siguen vigentes, operando en todo el territorio guerrerense.

 

Frente a este escenario aparece un ente inmóvil, inoperante, indolente que es el Estado Mexicano, incapaz de contener las ejecuciones, las masacres, las balaceras, los secuestros, las extorsiones, las desapariciones de miles y miles de ciudadanos.

 

Esto es lo que el Sumo Pontífice llama “la mexicanización”, Edgardo Buscaglia lo describe como el “estado fallido” y Luis Estrada lo llama “el infierno”.

 

No se equivoca el Papa Francisco, esto es un terror, cotidiano, permanente.

 

Y el término de la “mexicanización” de la violencia permanecerá como un estigma que Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto jamás podrán borrar de sus nombres.

 

 

 

 

 

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