Sunday, 26 de January de 2020

Miércoles, 13 Mayo 2015 01:21

Carmen Aristegui y el mito Excélsior




Written by  Carlos Ramirez

A Laura Medina y a sus años

en Excélsioraún no contados


1.- Aristscherer.

 

Cuando finalmente su conflicto con los dueños de MVS llegó a la ruptura definitiva, la conductora radiofónica Carmen Aristegui trajo a colación como referente al suyo el caso del Excélsior de Julio Scherer: el 8 de julio de 1976 se terminó la experiencia de un periodismo crítico al poder, pero en medio de dos escenarios aún abiertos a debate: de un lado, una asamblea caótica mostró la perdida de liderazgo de Scherer al interior de la cooperativa editora y Scherer y sus colaboradores ya no se quedaron a luchar y abandonaron el diario; de otro lado, la vertiente de que Scherer fue víctima propiciatoria del autoritarismo gubernamental poco refractario a la prensa crítica y el poder dio un manotazo para echar al director y sus colaboradores como una manera de poner límite a la libertad de crítica.

 

A lo largo de casi cuarenta años, la crisis en Excélsior en 1976 ha gastado cuartillas de condenas pero han sido muy pocas las que tratan de ir al fondo del suceso[1]; se  ha querido encapsular en un caso singular de lucha por la libertad de expresión cuando formó parte de la historia del diario[2]. Al final de una lucha contra el poder del sistema político 1972-1976, efectivamente el diario perdió la batalla ante el gobierno federal pero hay que dejar asentadas tres hechos que suelen soslayarse: Scherer convirtió una cooperativa en una propiedad particular, el ambiente interno en la cooperativa se polarizó por descuido del director y Scherer prefirió abandonar la plaza a dar la pelea legal.

 

Por tanto, la crisis en la relación Aristegui-MVS no fue igual a la del Excélsior de Scherer, no sólo porque los tiempos históricos se ajustan a una correlación dialéctica de las circunstancias propias sino porque no hay hechos copiados. Ello debió saberlo la propia Aristegui porque en 1976 tenía apenas doce años de edad, aunque debió de haber analizado a fondo el asunto durante sus clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM en la segunda mitad de los ochenta. Pero sin duda que tuvo que adentrarse en el conocimiento aún más a fondo del caso en el 2006 cuando le encargaron redactar el prólogo la edición especial del libro Los periodistas, escrito por Vicente Leñero en 1978[3]. De 1976 a 2006, los analistas y sobre todo los periodistas han soslayado un enfoque más racional y menos sentimental del incidente que sacó a Scherer de la dirección general de Excélsior.

 

La incomprensión der Aristegui hacia el caso Excélsior se percibe justamente en ese prólogo: una ignorancia casi total sobre la crisis en Excélsior, quedó en párrafos superficiales y repetitivos de una sola idea romántica de ese incidente y no pudo dar siquiera un argumento interpretativo sobre la lucha entre un periodista y el poder. A casi diez años de ese prólogo, Aristegui convoca a los demonios del poder más para colocarse un escenario a modo que para aportar elementos analíticos a dos casos singulares de la relación de la prensa con el poder gubernamental.

 

En lugar de analizar el caso Aristegui, aquí intentaré hacer un análisis de lo ocurrido aquel 7 de julio de 1976 en Excélsior y su contexto histórico. En aquel entonces yo trabajaba en el periódico El Día haciendo crónica politica, en alguna ocasion haboa solicitado1976. En aquel entonces yio trabajaba en el peria privada. Asdebido de tener un enfoqueítica, en alguna ocasión le había solicitado a Scherer ingresar a Excélsior como reportero pero no hubo oportunidad. En julio de 1977, ya circulando Proceso ingresé a la revista invitado por Carlos Marín; y aunque mi labor estaba en información general, inmediatamente le coloqué en el espacio de la información económica que era un sector no atendido. Duré en Proceso siete años, fui jefe de información de la agencia CISA-Proceso, subjefe de información de la revista y renuncié en 1983. No viví el 7 de julio pero sí conviví con muchos que sí lo hicieron.

 

El caso Excélsior es, sin duda, uno de los temas fundamentales del periodismo en la transición política provocada por el 68 estudiantil. La continuidad Excélsior-Proceso no fue sólo por la dirección de Scherer sino también por la vida política dinámica; los enfrentamientos de la revista con el poder fueron profundos, al grado de que el presidente López Portillo ordenó quitarle la publicidad a Proceso en 1981 y en 1982 por las informaciones que abrieron el tema de la sucesión presidencial; “no te metas en un tema que es de exclusivo interés del presidente de la república”, le dijo López Portillo a Scherer. A pesar de las amenazas veladas y otras abiertas, casi ninguno se sintió amenazado en su vida, a excepción de un enfrentamiento de Scherer con el todopoderoso policía político José Antonio Zorrilla Pérez en tiempos de Miguel de la Madrid, enviado a advertirle a Scherer que habría reacciones autoritarias si publicaba un reportaje sobre el uso de policías mexicanos en el rescate en Venezuela de un sobrino de Manuel Bartlett Díaz, entonces secretario de Gobernación de Miguel de la Madrid y precandidato presidencial.

 

Aquí se establece un primer punto central de definición: ni Excélsior ni Proceso fueron medios periodísticos de oposición, es decir, orientados a propiciar la alternancia en el poder a favor de algún partido que luchara abiertamente por la alternancia partidista y/o el cambio de sistema-régimen; Scherer amaba la crítica por la crítica, sin filiación política, quizá más por su formación religiosa y por su desprecio hacia la política; en consecuencia los dos medios formaron parte --eso sí-- de lo que podría llamarse crítica desde dentro del sistema político. Echeverría le pedía a Excélsior que no criticara al presidente de la república y López Portillo se molestó porque la revista le movió el escenario de la sucesión presidencial de 1982. La crítica de Scherer en las dos publicaciones nunca se puso la meta de tumbar al presidente de la república n i en empujar algún oro régimen. No fue, pues, una crisis del sistema sino de relaciones y de procedimientos,.

 

El papel de los medios pasó de la crítica al poder de 1968 a 2012 a la militancia cuasi opositora y abiertamente antisistémica apenas en el gobierno de Peña Nieto, aunque más alentados por la debilidad institucional y por la fragilidad de la coalición electoral (Peña ganó con el 38.2% de los votos) que como parte de alguna ofensiva por la alternancia. La prensa crítica se transformó en prensa militante por la alternancia sistémica de PAN a PRI, en el escenario establecido por la misma crítica de que se estaba planteando una restauración. La crítica periodística en el periodo 1971-1999 no buscó la alternancia en sí sino que ésta se dio como efecto de la incapacidad del sistema para racionalizar los objetivos de la crítica. Eso sí, la crítica en ese largo periodo minó las bases sociales y corporativas del presidencialismo como las estatuas de Lenin del sistema político y del PRI como el Muro de Berlín del autoritarismo centralista; cuando llegó la alternancia, el sistema autoritario estaba cebado.

 

El sistema priísta rompió sus acuerdos con la prensa como sector invisible del propio sistema político por efecto de la pluralidad social derivada de la reforma política de 1977 que legalizó en 1978 al Partido Comunista Mexicano (en la clandestinidad en el 68) y lo llevó al parlamento en 1979. La alternancia se planteó desde la derecha en 1982 por la expropiación de la banca privada que Proceso apoyó con un titular en portada que utilizó por primera y única vez la palabra “esperanza”, esa alternancia se buscó desde dentro del sistema en 1987 cuando Cuauhtémoc Cárdenas provocó la fractura en el PRI porque no lo dejaron competir internamente en el PRI por la candidatura presidencial y la alternancia llegó por el PAN en el 2000 cuando ya la izquierda socialista se había convertido en cenizas para sacar de ahí al ave fénix del pos-neocardenismo priísta. La prensa progresista crítica no comulgaba con el PAN, de hecho apoyó a Cárdenas pero en realidad no sintió dadas las condiciones para un relevo progresista dentro del sistema político priísta.

 

Hasta el 2000, las posiciones de alternancia partidista en la presidencia de la república se localizaban dentro del mismo sistema político priísta; Gómez Morín fundó el PAN para llevar al poder a los buenos y éticos que cumplirían con las metas de la Revolución Mexicana; Cuauhtémoc Cárdenas estuvo animado por los mismos razonamientos aunque el modelo revolucionario era el de su padre y Vicente Fox sólo quería sacar al PRI de Los Pinos pero no modificar las tres definiciones priístas: el Estado priísta, el modelo de desarrollo priísta y la Constitución priísta.

 

La verdadera alternancia representó el Partido Comunista Mexicano hasta 1989 en que entregó su registro a Cuauhtémoc Cárdenas y a los expriístas para que fundaran el PRD. El proyecto socialista del PCM[4] --ya como PSUM en su primera campaña presidencial legal: democracia y socialismo-- respondía a la reflexión marxista de cambio de régimen, de sistema y de Estado y al papel protagónico del proletariado. En su crítica de 1958 José Revueltas encontró que la izquierda socialista había sido desviada por Lombardo Toledano hacia un régimen cardenistas del priísmo[5].

 

La prensa crítica se movía entre dos coordenadas con escenarios confusos pero dentro del sistema-régimen: los que pedían justamente el cardenismo como el camino de recuperación del destino histórico[6] y los que auguraban un socialismo democrático pero socialismo al fin[7]. Excélsior y Proceso criticaban los abusos de poder, el primero contra la demagogia echeverrista y la segunda contra el neoliberalismo priísta. Pero como medios sabían de sus limitaciones como para querer propiciar una alternancia para que la que el PAN y el PCM y el PRD no estaban preparados. La crítica podría parecer severa pero resultaba estructuralmente inofensiva, salvo para aquellos presidentes enamorados más de su figura que del poder.

 

En 1976 México tenía un Echeverría con posiciones extremosas: había sido secretario de Gobernación el 2 de octubre de 1968 y ahí avaló la represión diazordacista pero había también abierto las llaves de la presión política incorporando a jóvenes a su gobierno, y fue también el presidente de México que desafió a Washington al traer a México a Salvador Allende como presidente socialista que enfurecía a Nixon y a Kissinger, y también era el presidente del halconazo de junio de 1971. Pero la clave estaba en la fecha: en 1976 ya había candidato sucesor en campaña, el país padecía los efectos de una irracional política económica de aumentar gasto sin ingresos, con inflación que llamaba ya a la devaluación; asimismo, las presiones estadunidenses sobre México le restaban margen de maniobra al ejecutivo federal. En campaña, López Portillo trataba de alejarse de la figura dominante de Echeverría.

 

En este contexto, Echeverría se asumía como un presidente arrinconado por poderes fácticos, pero en la lógica de que el poder presidencial no podía  ser amedrentado. Internamente el conflicto dentro del sistema político había ya enfilado a la militancia a un sector empresarial lastimado por el estatismo echeverrista, los rumores de golpe de Estado inquietaban a la clase media y la fuga de capitales limitaba el margen de maniobra presidencial. Por tanto, Echeverría no sólo carecía de aliados sino que muchos de ellos zopiloteaban al presidente rumbo a la salida de su sexenio. Así, finales de 1975 y la primera mitad de 1976 verían a un presidente contra las cuerdas.

 

Entre todos los medios, Excélsior seguía su línea de profundizar la debilidad presidencial con críticas aunque, repito, sin afanes de destrucción del sistema ni de alternancia partidista en la presidencia de la república. Frente a ello, el sistema político no supo establecer canales de interlocución con Scherer; al contrario, Echeverría quería el silencio. Y sus operadores fueron incapaces de convencerlo de que el endurecimiento sería contraproducente.

 

2.- El 19 brumario de Luis Echeverría[8]

 

Luis Echeverría Alvarez llegó a 1976 en medio de un país sumido en una zona de tensión respecto del ambiente social, político y económico. El clima recordaba 1958: en aquel año el Partido Comunista Mexicano había tomado el control de los sindicatos de maestros, ferrocarrileros y tranviarios y había estallado huelgas de presión, en uno de los actos más consistentes de la oposición socialista antisistémica pero llevando al movimiento comunista a la derrota[9]. El dato mayor estaba en el hecho de que 1958 era año de elección presidencial y el candidato del PRI era Adolfo López Mateos, secretario del Trabajo y Previsión Social del gobierno de Adolfo Ruiz Cortines. Y el dato es aún más importante por las alianzas tejidas: el encargado de operar la respuesta autoritaria del gobierno en ese año de efervescencia sindical fue el oficial mayor de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz; y en el conflicto magisterial de 1952-1958, Díaz Ordaz había encontrado su alma gemela autoritaria en el oficial mayor de la Secretaría de Educación Pública, Luis Echeverría Alvarez[10]. Al finalizar el año, el gobierno había roto las huelgas y encarcelado a los principales dirigentes: Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Otón Salazar y otros.

 

La diferencia de 1958 con 1976 radicaba en el hecho de que la ruptura política en 1958 se había dado con sectores disidentes del sistema bajo la conducción del PCM, entonces al garete. En 1976, en cambio, Echeverría aparecía en rumbo de colisión con sectores aliados al sistema pero molestos por la radicalización del discurso y algunas acciones de sus decisiones de poder como la expropiación de tierras en el Valle del Yaqui. Un dato es mayor: el PAN había pasado del entendimiento como oposición leal[11] a una posición más beligerante de disputa por el poder regional en 1973 con el ascenso a la dirección del partido del regiomontano José Angel Conchello como el primer paso para que la derecha norteña asumirá el control panista; ahí el PAN avanzó de la oposición conservadora al estilo de Manuel Gómez Morín --recambio en las élites en función de la ética y la moral, no de cambio de proyecto nacional--[12] a una posición realmente reaccionaria definida por la defensa de valores decimonónicos[13]. El salto cualitativo se percibió en una severa disputa interna en el PAN que impidió que el partido tuviera candidato presidencial en 1976.

 

En lo político, sectores progresistas del PRI abrieron, con negociaciones o rupturas, espacios de despresurización política con la critica al poder: en los sesenta fue la revista Política, aunque más cardenista que socialista. En 1968 el priísta Manuel Moreno Sánchez, líder del senado en el sexenio de López Mateos, comenzó a publicar en Excélsior --con Scherer primero como director de opinión y luego director general-- artículos sobre la crisis política que literalmente encueró al sistema y al régimen por exhibir los mecanismos de control priísta[14]. La revista Siempre tenía colaboradores críticos, individualistas pero críticos al fin, y entre ellos había algunos exguerrilleros o simpatizantes como Víctor Rico Galán, con artículos firmados desde la cárcel de Lecumberri. Fuera del sistema editorial, la revista Por qué? de simpatías guerrilleras y su director Mario Menéndez Rodríguez eran radicales rupturistas aunque se constituyó la única fuente de información fuera del sistema. Y en el espacio de la cultura política, el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre, dirigido por Carlos Monsiváis, se movía en la orilla de la revelación y la critica y su alianza con el régimen.

 

En 1970 también se dio un hecho rupturista en tres tiempos: en 1968 el poeta y embajador Octavio Paz solicitó su pase a retiro diplomático en protesta por la represión en Tlatelolco, en 1969 y 1970 Paz, Carlos Fuentes y Heberto Castillo comenzaron sondeos para fundar un partido socialista democrático y en 1970 apareció el ensayo Posdata con el que Paz se estrenaba como sólido crítico del poder y enfocaba sus baterías contra el régimen priísta al equipararlo, con sus diferencias, con el régimen soviético. Paz fundaría en 1971 la revista Plural y ahí destinó algunos espacios a desnudar a Echeverría y al régimen.

 

Entre espacios abiertos a golpes de críticas y un sistema priísta autoritario heredado por Díaz Ordaz a su sucesor, Echeverría tuvo que definir una propuesta mixta: apertura para distensionar, autoritarismo para cohesionar. Sin embargo, tenía que moverse en un escenario pantanoso, gelatinoso, sin lealtades garantizadas y siempre estallando conflictos. Así, la estrategia fue de mano suave-mano dura para abrir-contener la crítica.

 

La situación económica al finalizar su sexenio era apretada en 1976. Por la importación petrolera, México quedó atrapado en el choque petrolero de 1973 cuando los precios internacionales del barril de petróleo se cuadruplicaron[15], los productores árabes usaron su poder de mercado y el efecto en la recesión internacional fue fuerte. En México Echeverría mantuvo la presión del gasto público para no caer en la desaceleración y el diferencial en los precios de importación de crudo puso a México en la zona de alta inflación: del promedio anual sexenal de 2% de inflación que se tuvo en los gobiernos de Ruiz Cortines, López Mateos y Díaz Ordaz, México pasó a un promedio de 5% anual en el bienio 1971-1972 y saltó a dos dígitos: 20% promedio anual en el periodo 1973-1976; eso sí, mantuvo el promedio anual de PIB en 6%[16].

 

La dinámica de la inflación provocó en 1976 presiones inflacionarias que condujeron a la devaluación del peso el 30 de octubre de 1976, un día antes del VI informe presidencial y luego de veintidós años de tipo de cambio libre, bajo y fijo. La forma de la estabilidad era sencilla en el modelo de desarrollo estabilizador del secretario de Hacienda de los gobiernos de López Mateos y Díaz Ordaz, Antonio Ortiz Mena[17]: como las devaluaciones eran provocadas por el diferencial inflacionario entre las economías de México y EE.UU. toda vez que la inflación baja en EE.UU. jalaba compras y demanda de divisas, entonces la estrategia fue la de controlar la inflación mexicana vía la demanda y mantener el nivel extranjero; los salarios mínimos, por ejemplo, se revisaban cada dos años.

 

El gasto público creciente, el estancamiento en los ingresos y el alza salarial por arriba de la inflación rompieron el equilibrio macroeconómico y crearon las condiciones de una devaluación[18]. A ello contribuyeron también la demanda extraordinaria de divisas por el miedo social, el pánico provocado por los rumores de fuente panista y el cambio de gobierno. La ruptura de la economía mixta ha estado en el fondo de los conflictos Estado-empresarios: con Cárdenas y los comerciantes y con Echeverría por la expropiación de tierras en el Valle del Yaqui, Sonora, en octubre de 1975. En los estados de ánimo conservadores se veía a un Echeverría inclusive más a la izquierda de Cárdenas. Los problemas con los empresarios rompieron las alianzas en 1973 cuando la recientemente formada guerrilla urbana Liga Comunista 23 de Septiembre intento secuestrar al todopoderoso jefe empresarial regiomontano Eugenio Garza Sada pero con el saldo de su muerte[19]; en el sepelio, un vocero empresarial dijo un discurso[20] agresivo contra el presidente de la república acusándolo de provocar la lucha de clases con sus tendencias progresistas y tercermundistas.

 

Las elecciones presidenciales del domingo 4 de julio de 1976 no habían tranquilizado al país. Fracasado el rumor de intento de golpe de Estado para impedir las votaciones, ahora el rumor circulado fue el de la expropiación de viviendas de ricos[21], de nueva cuenta el golpe de Estado para impedir la toma de posesión de López Portillo y la reelección de Echeverría. La campaña presidencial había transcurrido con tranquilidad porque el PAN no registró candidato y el PCM iba con un candidato no registrado sino simbólico, el líder ferrocarrilero liberado por Echeverría y preso desde 1959 Valentín Campa. Como era obvio, López Portillo ganó las elecciones con el 91.9% de los votos y con una bancada de 80% de diputados y 82% de senadores. En el Senado se había roto el dominio absoluto del PRI con la entrega de dos senadurías al PPS como parte de la negociación con el PPS de la gubernatura de Nayarit, ganada por la alianza de izquierda y el candidato Alejandro Gascón Mercado; el entonces presidente del PRI, Porfirio Muñoz Ledo, había intercambiado las senadurías de Oaxaca por el gobierno de Nayarit para el coronel Rogelio Flores Curiel, jefe de la policía capitalina el día del halconazo de junio de 1971.

 

En el PRI las cosas estaban bajo control: Echeverría había entreabierto las puertas de la sucesión presidencial al filtrar por primera vez una lista de precandidatos. Hasta su propia sucesión en 1969, la lista de precandidatos era secreta[22]. Pero Echeverría oficializó la lucha por la candidatura con seis aspirantes reconocidos como precandidatos: Porfirio Muñoz Ledo (Trabajo), Mario Moya Palencia (Gobernación), Augusto Gómez Villanueva (Reforma Agraria), Carlos Gálvez Betancourt (Seguro Social), Hugo Cervantes del Río (Presidencia) y López Portillo (Hacienda). Al optar por López Portillo, Echeverría rompía la continuidad política del sistema por un continuismo personal que de todos modos nunca pudo consolidar. Los perdedores se sometieron a la disciplina del sistema por los candados que puso Echeverría: Muñoz Ledo fue presidente del PRI para manejar la campaña, Cervantes del Río quedó en el PRI del DF y Gómez Villanueva arribó a la secretaría general del partido, aunque desde Los Pinos López Portillo fue aplastando a cada uno de ellos; inclusive, a Echeverría lo envió de embajador en las Islas Fiyi, justo al otro lado del mundo, cerca de Australia y en medio del mar.

 

En medio de un gobierno dinámico, mediático, estimulado por el discursismo del presidente[23], con un sistema político sobretensado y un PRI sometido, Echeverría comenzó a cerrar expedientes. Y el de los medios era uno de ellos. El discurso de apertura democrática de Echeverría había establecido límites y coordenadas a la crítica: todo se podía decir pero bajo dos condiciones; una, que la crítica fortaleciera al presidente y a su régimen, es decir, que se desprendiera del tono crítico presidencial; y dos, que la crítica se entendiera como autorizada por el propio presidente de la república. Para ello, Echeverría se alió a los principales intelectuales --sobre todo Carlos Fuentes y Fernando Benítez-- y catapultó esas relaciones como parte de su progresismo.

 

El discurso internacional tercermundista del presidente Echeverría fue una incomodidad para su comprensión: quería colocarse en posición equidistante e independiente de Moscú y Washington, pero dependiente del dólar; su margen de maniobra fueron Cuba y Chile y la usó en su negociación con la Casa Blanca de Richard Nixon y Henry Kissinger. El apoyo de Echeverría al presidente chileno Allende enfureció a Washington pero no detuvo el apoyo estadunidense al golpe de Estado de 1973. Hacia el interior del país había contradicciones entre la política exterior progresista y el modelo sistémico conservador y autoritario. A ello se agregaba el surgimiento de un sector intelectual --tanto conservador como progresista-- independiente del sistema y del Estado, no crítico pero si analítico. Así, el espacio intelectual se dividió en tres tercios: el institucional formado tanto por progresistas con Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis y Benítez, el socialista encabezado por los intelectuales del PCM y José Revueltas a la cabeza y el liberal de Octavio Paz.

 

Tlatelolco fue una sombra en la relación de intelectuales progresistas con Echeverría y el halconazo de junio de1971 ahondó las desconfianzas. Ahí se dividió la intelectualidad: el sector de Monsiváis prefirió apuntalar las posiciones progresistas del régimen y del presidente dejando de soslayo los pasivos represivos, en tanto que el liberal del grupo de Paz insistió en colocar el halconazo como un factor de definición de la voluntad democrática del gobierno. Ahí se dio la ruptura de los grupos de Paz y Monsiváis, el primero con la posición inflexible de Gabriel Zaid respecto al discurso demagógico de Echeverría[24], en tanto que Benítez y Fuentes y Monsiváis y La Cultura en México como el espacio mediático prefirieron exaltar el progresismo sistémico.

 

La elección presidencial del 4 de julio de 1976 no tranquilizó al país. Excélsior era espacio de salida de críticas. Los meses previos a las elecciones ahondaron las tensiones. Algunos analistas advirtieron que el presidente Echeverría estaba desesperado y que las acciones de autoridad representaban verdaderos coletazos. Así, el presidente se movió de prisa entre el control autoritario del país y sus planes de continuidad en el poder: al terminar su sexenio buscó la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas y/o el premio nobel de la paz; para ello, Echeverría había desplegado equipos de trabajo y de lobby en el ámbito internacional, aunque en la realidad había prácticamente nulas posibilidades en ambos objetivos. De todos modos, se había colocado en una posición política internacional distante de Moscú y de Washington, aunque en algunos sucesos contrario a algunos de ellos. Pero como se presentaban las cosas, México y sus funcionarios no eran piezas del juego geopolítico internacional, sobre todo porque en EE.UU. Nixon había renunciado en 1974 y su sucesor carecía de influencia internacional y en la Unión Soviética gobernaba con mano dura Breznev.

 

Para adversidad de Echeverría, el año de 1976 terminaría con la toma de posesión de López Portillo en medio del pánico social por rumores de golpe de Estado y un discurso del sucesor cargado de energía sentimental que cambió el escenario nacional. De un día para otro, como personaje de las novelas de Luis Spota, el día siguiente de Echeverría sería la soledad del no-poder y la expectativa de ser alejado de López Portillo, no sólo como embajador en Fiyi sino quitándole la red presidencial que era el símbolo del poderío institucional.

 

3.- Excélsior pero también Plural

 

La cooperativa Excélsior arribó a julio de 1976 en medio también de fuego cruzado. Las alarmas dentro de la organización sonaron en 1972 cuando el poderoso empresario Juan Sánchez Navarro --dueño del Grupo Modelo y de la cervecería Corona pero también promotor de organizaciones cupulares empresariales-- declaró un boicot de publicidad contra el periódico por las criticas al sector empresarial. Dependiente del día a día en los ingresos, el periódico no esperaba ni estaba preparado para una acción de esa naturaleza. Scherer acudió al poder y el presidente Echeverría ordenó a su secretario del Patrimonio Nacional, Horacio Flores de la Peña, un reconocido profesor progresista de economía identificado con el keynesianismo, que el gobierno cubriera con publicidad oficial las páginas boicoteadas por las empresas.

 

Aunque el sobresalto fue de apenas unas horas --entre la suspensión y la sustitución de publicidad-- el mensaje estaba claro: por muy crítico que fuera, Excélsior era incapaz de sostenerse por sí mismo, en el entendido de que el sector privado era dependiente de sus intereses con el gobierno. De ahí la tesis de que Echeverría acostumbraba a jugar en dos pistas --y a veces en más-- sin perder el control de los hilos del poder: los empresarios de la talla de Sánchez Navarro eran incapaces de tomar una decisión que afectara al periódico más importante del momento y además el más crítico a las instituciones; por tanto, un Echeverría había autorizado el boicot y otro Echeverría --el mismo pero bifronte-- había salido a salvar al periódico.

 

Pero lo mas importante de 1972 fue advertir la rfragilidad de un presarios de la talla de Scon el gobnierno,esiscosas, Mñ del funcionsrioás importante de 1972 fue advertir la fragilidad de un medio en su enfrentamiento con el gobierno. Fue en ese incidente en que la situación en Excélsior entró en una zona de tensión interna. Como cooperativa, la empresa era propiedad de todos los trabajadores --e inclusive los jubilados porque el diario se fundó en 1917-- y cada uno valía un voto. Por tanto, los directivos tenían que lograr un entendimiento con las bases. Y ahí se dio otro elemento adverso a Scherer: desde que tomó posesión como director de Excélsior, Scherer se comportó como el dueño o accionista mayoritario, se alejó de las bases y se encerró en su despacho con los colaboradores que la mayoría carecía de estatus de cooperativista pero decidían como si fueran consejo de administración. Y si bien un periódico es una instancia de cultura, el nivel educativo y social de la mayorías de los trabajadores era de clase baja, con poca habilidad para el entendimiento de los juegos de poder. Por eso la crisis del boicot empresarial alertó a los trabajadores que el estilo de no negociación de Scherer podría llevar al diario a la insolvencia y hasta la quiebra y ellos perderían su fuente de trabajo.

 

Scherer venía de formación religiosa, de un carácter tímido e intenso. Se inició en Excélsior desde abajo y fue ascendiendo en el escalafón hasta llegar a ser el jefe de la sección editorial y de ahí salió electo director general. La elección de agosto de 1968 que lo llevó a la dirección general fue difícil, el país metido en la dinámica del movimiento estudiantil, Excélsior como uno de los periódicos más importantes y su línea editorial controlada desde la Secretaría de Gobernación por su titular Luis Echeverría Alvarez.

 

Pero los problemas no eran nada más de Scherer ni de su elección. Excélsior arrastraba problemas con el poder poco después de su fundación y sobre todo cuando se conformó como cooperativa en 1932 luego de una crisis que declaró al diario en quiebra; pero los trabajadores no estaban preparados para hacerse cargo empresarial del periódico. Desde los cuarenta a mediados de los sesenta, al interior de Excélsior se dio una división entre conservadores y aperturistas[25], dividiendo la estructura de la cooperativa. Podría decirse que toda organización cooperativa tiende a un a fractura de grupos y a liderazgos oligárquicos de a cuerdo al modelo Michels[26] en razón de quien controla los organismos de dirección controla el dinero y quien controla el dinero tiene el poder. La elección de directivas fue siempre una crisis en el diario: la de 1962-65 para suplir a Gilberto Figueroa y a Rodrigo de Llano, la de 1968 para sustituir a Manuel Becerra Acosta padre y la de 1976 para deponer a Scherer. La crisis con Scherer fue hija de la crisis de 1963-1965[27].

 

Además de los problemas internos, Excélsior siempre arrastró el peso de las relaciones con el poder político externo. No era para menos: se trataba de un periódico grande y con espacios plurales. Poco se conoce de las relaciones formales, políticas y hasta personales de Scherer con Echeverría cuando el primero era subdirector editorial del periódico y el segundo operaba como secretario de Gobernación. Pero basta revisar las informaciones y editoriales del periódico sobre el movimiento estudiantil[28] para concluir que la percepción era crítica contra los estudiantes desde la perspectiva autoritaria oficial, lo que justificaba que las marchas de jóvenes sobre Paseo de la Reforma pasaran frente a Excélsior y El Universal y gritaran a voz en cuello “¡¡¡prensa vendida‼!”

 

La periodización de la presencia de Scherer en Excélsior  es fácil de asumir:

 

--1947-1968: de reportero a jefe de opinión.

 

--1968-1971: dos conflictos estudiantiles (Tlatelolco y el halconazo) y una sucesión presidencial.

 

--1971-1972: aumento de la línea de critica al gobierno y a los empresarios hasta llegar al boicot de publicidad empresarial.

 

--1972-1973: aumento de la crítica por la crisis económica manifestada en inflación y presiones devaluatorias. Preocupación internacional de Echeverría.

 

--1973-1975: fase más aguda de la crisis económica y política hasta meterse en la sucesión presidencial con la publicación de un proyecto de reforma fiscal que contemplaba el impuesto al patrimonio y que afectó la posición de López Portillo como secretario de Hacienda.

 

--1975-19756: reclamos sucesivos del gobierno y algunas amenazas y respuestas de Scherer de que no variaría contenido editorial.

 

En la historia conocida del enfrentamiento Excélsior-Echeverría se olvida una variable importante, a la distancia quizá hasta más importante que los artículos de Gastón García Cantú. Historiador, antropólogo, García Cantú criticaba a Echeverría cada viernes con argumentos del liberalismo mexicano del siglo XIX[29]. La mayoría de los textos de Daniel Cosío Villegas, un reconocido profesor de El Colegio de México, también ironizaba los estilos del presidente, al grado de publicar en 1973 el libro El estilo personal de gobernar donde desmenuzaba la superficialidad y el discurso enredado y vacío del presidente[30]. Y a  ello se agregaban las notas, entrevistas y reacciones contrarias a las decisiones presidenciales que se publicaban en el periódico en el día a día de la información cotidiana.

 

Sin embargo, había otra fuente de los enojos presidenciales: la revista Plural dirigida por el poeta Octavio Paz. Aunque pertenecía en propiedad a Excélsior, Scherer le otorgó a Plural toda la libertad y un presupuesto generoso. Los cooperativistas se quejaban de que la revista sólo aportaba pérdidas económicas sin pensar en el prestigio que le daba a la cooperativa. Pero ya se ha dicho que los cooperativistas sólo pensaban en su patrimonio y sus ingresos. En Plural estaba uno de los más severos críticos del estatismo de Echeverría: el poeta e ingeniero Gabriel Zaid. Y aunque la revista tenía poca circulación nacional, sus destinatarios eran la clase pensante y sobre todo el ambiente intelectual internacional.

 

Entre muchos otros textos de Zaid, tres enfurecieron al presidente de la república:

 

--En 1972 Gabriel Zaid escribió una carta pública a propósito de la declaración de Carlos Fuentes[31] en Excélsior en el sentido de que los intelectuales cometerían un “crimen histórico” si dejaban aislado a Echeverría. En su carta, Zaid escribió una frase que provocó la censura de Carlos Monsiváis en el suplemento La Cultura en México: “el único criminal histórico se llama Luis Echeverría”[32]. Nadie más que Plural se atrevió a publicar esa afirmación.

 

--En 1974, a propósito de un viaje internacional de Echeverría en el que se llevó un avión lleno de intelectuales a Argentina, Zaid publicó un breve comentario irónico y divertido sobre el “acarreo” de los intelectuales como si fueran campesinos en camiones de redilas[33]. La leyenda urbana concretó la frase de Zaid y popularizó el concepto de “aviones de redilas”.

 

--Y ya en 1977, Echeverría como expresidente, se quejó con severidad de “el tal Zaid” que lo había comparado con Luis Bonaparte. En efecto, a partir de una lectura en 1977 del libro Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, Zaid tomó la parte de la política perversa y cruzó la lectura con El 18 Brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx para un ensayo sobre el bonapartismo de Echeverría: El 18 brumario de Luis Echeverría, sobre todo por el método bonapartista de llegar al poder por la democracia para destruir la democracia[34].

 

En Plural Zaid destruía los discursos de Echeverría, al igual que García Cantú y Cosío Villegas en Excélsior.

 

Sin poder negociar con Scherer y éste sin ganas de negociar, Echeverría entró a la zona de las decisiones del poder. Pero por la influencia internacional de Excélsior como el periódico más prestigiado de América Latina, la estrategia debía de ser pensada. Y la acción gubernamental fue muy al estilo de Sun Tzu: aprovechar las contradicciones del enemigo[35]. El punto debil de﷽﷽﷽ dn Tzu,. muy al estilo de Zun Tsu: aprovechar las contrdiccioneds dfel enemigoebvista sles.

 

iar y hasta la quiebra.ioébil de Scherer estaba en la fragilidad interna y la preocupación de los cooperativistas sobre sus ingresos y en otro hecho que el propio gobierno se encargó de subrayar pero que Scherer no quiso entender: el sector de los editorialistas que no era cooperativista estaba poniendo en riesgo la existencia del periódico por el tono crítico; y no había forma de hacerle entender a Scherer que Excélsior y Plural carecían de sensibilidad política y empresarial para entender que el periódico carecía de estructuras financieras sanas.

 

4.- No me provoques, Julio

 

“Veintisiete de diciembre de 1975, por poner una fecha”, comienza su relato Vicente Leñero[36]. ¿Ese día estalló la crisis de Excélsior? Bueno, no. Leñero establece una fecha en la que el grupo de Julio Scherer García se percató de que algo se había quebrado al interior del periódico. En efecto, la crisis comenzó desde dentro, y desde afuera solo se dinamizaron las contradicciones. Eso sí, una cosa queda clara: sin la fractura interna, la intervención del gobierno de Echeverría hubiera sido otra, quizá un manotazo autoritario, a lo mejor un nuevo boicot de publicidad, probablemente la intervención de la policía. Pero hacia el interior del diario las cosas terminaban mal en 1975: la bola de nieve había comenzado a descender. Al final, el gobierno sólo quería desplazar a Scherer de la dirección y no imponer un director afín. Tan las cosas fueron personales, que en 1982 regresó García Cantú a escribir a Excélsior y no hubo ninguna preocupación en el gobierno, quizá porque le faltaba al historiador el contexto de una línea informativa y una política editorial integrada. García Cantú no representaba mucho ya como exfuncionario y en solitario.

 

Una cooperativa es una reunión de trabajadores de una empresa en la que cada cooperativista es una acción y nadie puede revender su participación; por tanto, la conjunción de cooperativistas conformarían los grupos; y la lucha estaba en la construcción de una mayoría. La elección de 1968 había estado precedida por el colapso de 1965 por la expulsión de cooperativistas[37]. A la muerte del director Manuel Becerra Acosta en 1968, la sucesión en la dirección general se dividió en dos grupos: el subdirector editorial, Julio Scherer García, y el veterano periodista Víctor Velarde. Se trataba de dos opciones de periodismo: el tradicionalista de Velarde y el dinámico de Scherer; Velarde saldría del interior profundo de la cooperativa y Scherer llegaría de la mano de colaboradores nuevos.

 

La elección fue reñida, no exenta de tensiones: 53.6% de votos para Scherer y 43.7% para Velarde[38], con algunas pinceladas de los estilos políticos priístas. Alfonso Martínez Domínguez, en 1968 líder de la CNOP del PRI, confió que le había llamado su amigo Scherer para contarle su preocupación de perder la elección en el periódico; por tanto, Martínez Domínguez destinó un grupo de operadores electorales del PRI para meterse en las elecciones internas de Excélsior y Scherer ganó[39]. El gobierno de Díaz Ordaz y su secretario de Gobernación Luis Echeverría no intervinieron en el proceso, aunque es de suponerse que Martínez Domínguez hubo de consultar al señor de Bucareli la llamada de Scherer y de ahí partió la autorización; Echeverría era, en agosto de 1968, precandidato presidencial ya metido en el lío estudiantil que desembocaría en Tlatelolco y un hombre centralizador del poder político.

 

De agosto de 1968 a diciembre de 1975 Scherer construyó, en efecto, el periódico más dinámico y crítico de México y de buena parte de América Latina, basado en reportajes, nuevas formas de escribir las noticias y convirtiendo al periodismo en un protagonista de los acontecimientos nacionales. Paralelamente, Excélsior abrió sus páginas editoriales a intelectuales y escritores del momento, todos ellos desesperados por encontrar nuevos espacios de expresión. La circulación subió, pero también creció el número de cooperativistas --es decir: de dueños, de accionistas individuales-- hasta llegar a mil 300.

 

Pero internamente el ambiente se fue polarizando. Scherer arrasó con la vieja guardia de Excélsior y ésta se replegó en espera de mejores tiempos. Scherer se dedicó a dirigir editorialmente el periódico y le cedió la administración a Hero Rodríguez Toro pero nadie se preocupó por conducir las relaciones laborales internas con los reporteros veteranos, los empleados de base y sobre todo los trabajadores de talleres. Confiado en exceso, Scherer convirtió en su principal aliado al que sería su verdugo: Regino Díaz Redondo, quien llegó al diario traído por Scherer en 1959 y colocado como a ser director de Ultimas Noticias, la principal antesala de Excélsior. Por un prurito profesional, Scherer hizo cooperativistas a algunos de sus nuevos colaboradores --sobre todo el grupo que luego lo siguió a Proceso-- pero no los utilizó en trabajos de cooperativistas ni los manejó para consolidar votos internos. En  los hechos, Scherer confió en su carácter amable con  los trabajadores, pero en la realidad misma operó la dirección de Excélsior como propietario y no como cooperativista electo por sus compañeros socios.

 

Lo que rompió el dominio del grupo de Scherer fue la conjunción de tres hechos: el boicot de publicidad empresarial de 1972 que mostró la vulnerabilidad de la empresa, los proyectos de la editorial PEPSA (Promotora de Ediciones y Publicaciones, S.A., editora de libros) que aumentaron los pasivos y el proyecto inmobiliario de Paseos de Tasqueña que disminuyó liquidez y arriesgó activos y el enfrentamiento duro e inflexible con el gobierno. El grupo adverso a Scherer utilizó esos argumentos para disminuirle la base de apoyo azuzando el temor a la quiebra por el conflicto con el gobierno. Además, Scherer compartía celebraciones con la élite de colaboradores no cooperativistas y casi nada convivía con los trabajadores y empleados de las bases, y no lo hacía por exclusión sino porque Scherer solamente anhelaba ser director editorial del diario y no jugar el papel de director general de una cooperativa de trabajadores socios. Inclusive, recuerda el relato de Leñero, en las elecciones de la cooperativa de 1975 Scherer impidió que sus colaboradores editoriales se entremezclaran con los trabajadores cooperativistas para no establecer compromisos internos que dificultaran el ejercicio de la libertad de opinión hacia fuera[40].

 

Así que 1976 amenazaba con  ser un año de problemas internos en la cooperativa. La asamblea de cooperativistas del veintinueve de diciembre --día de los inocentes-- de 1975 amenazaba con tormenta, ya con Regino casi como jefe del grupo disidente, pero todavía apuntalado por Scherer. Las cuentas de PEPSA y Paseos de Tasqueña no eran buenas, aunque auguraban en el mediano plazo mejores resultados. Sin embargo, podrían ser pretexto para el debate interno y la profundización de la separación entre los dos grupos. Pese a ello, Scherer se negó a utilizar a periodistas en grillas internas con los cooperativistas. Leñero recuerda que en diciembre de 1974 le pidió a Scherer relevarlo de la dirección de Revista de Revistas para trabajar en relaciones internas con los trabajadores, pero Scherer sólo le dijo que “eso no”[41]. Por su experiencia, Scherer consideraba que los trabajadores deberían solamente votar por ejecutivos de la empresa y no tener ninguna participación siquiera en relaciones internas.

 

Al arrancar 1976, además de los problemas internos, se agudizaron las rencillas con el gobierno federal. En enero el director de Canal 13, el politólogo progresista Enrique González Pedrero, le anunció a Scherer que terminaba el intercambio de publicidad,. Y semanas después, Pedro Ramírez Vázquez --“como amigo”-- le dijo a Scherer que sus problemas terminarían si “dejaba de escribir su segundo apellido”, García, claro, que dejara de escribir Gastón García Cantú[42]. A pesar de esos indicios, Scherer repudió cualquier intento de entendimiento con el gobierno.

 

El 7 de junio de 1976, en el día dedicado a la libertad de prensa y que no era otra cosa que la reunión de los dueños de los periódicos con el presidente de la república para “agradecerle” su respeto a la libertad[43], fue indicativo de que la relación Echeverría-Scherer estaba rota. En la comida, el subdirector de El Universal y luego jefe de prensa de López Portillo, Luis Javier Solana, le informó a Scherer que había sido incluido en la comisión que le entregaría a Echeverría el pergamino de agradecimiento, Scherer dijo “yo le entrego una chingada”, luego Echeverría lo jaló para que lo acompañara junto con otros periodistas a Los Pinos, y en el camino Echeverría regañó a Scherer porque “se necesita hígado para aguantar a Excélsior”, y Scherer se defendió “hacemos el mejor periodismo que podemos”, tensos los dos, pero Echeverría distensionó “no estoy hablando en serio, Julio”, Scherer no cedió. “yo sí, señor presidente”[44].

 

Pero la fecha es importante: 7 de junio. Scherer no cedía. Y Echeverría usó el acercamiento en el día de la libertad de prensa para calar al periodista. Nada podía hacerse. Tres días después, el 10 de junio, campesinos liderados por el candidato a diputado priísta Humberto Serrano invadieron los predios de Paseos de Tasqueña y reventaron el proyecto inmobiliario que hubiera enriquecido a la cooperativa y hubiera multiplicado los ingresos de los cooperativistas. Con crisis en la editorial PEPSA por pérdidas millonarias ante la incapacidad del periódico para manejar una empresa editorial, con escritores exigiendo pago de derechos y bloqueado el proyecto inmobiliario, la cooperativa entró en la zona de colapso. Scherer y su grupo esperaron paciente aunque inocentemente que el gobierno aplicara la ley y que todo terminaría en un amago contra la línea editorial de Excélsior por lo que había que resistir y no ceder. Pero no, las cosas no fueron así. El gobierno hizo a un lado las instituciones jurídicas y políticas y Scherer tuvo que enfrentar la crisis en solitario: una crisis contra el poder, frente al poder. Si Scherer no cedía, el gobierno tampoco lo haría. Los periodistas calcularon mal los tiempos: pensaron que después de las elecciones presidenciales del 4 de julio las cosas cambiarían con la victoria previsible de López Portillo como candidato único, pero el ganador también se hizo a un lado; eran la reglas: el sucesor habría de esperar la declaratoria de presidente electo y luego la toma de posesión y después comenzaría a resolver los problemas heredados por su antecesor.

 

Luego de un mes de crisis por la invasión de Paseos de Tasqueña y con la prensa y sobre todo el noticiero 24 Horas de Jacobo Zabludovsky atacando a Scherer por instrucciones del gobierno federal, la asamblea del jueves 8 de julio fue el caos, como toda cooperativa fracturada internamente. Todos los datos que revelaron la presencia de extraños haciéndose pasar por cooperativistas eran ciertos, pero también fue cierta la impericia del grupo de Scherer en el manejo de la reunión al acudir en grupo y sin buscar negociaciones con los adversarios: tenían la razón pero les faltó la fuerza. Más experimentados en asuntos internos, los seguidores de Regino se apoderaron de la asamblea. Los dos grupos llegaron a vencer o perder, algo que había convertido a las cooperativas en organizaciones de choque interno. La estructura cooperativista de un trabajador es igual a un voto sirve a quienes trabajan las relaciones internas con la base. De ahí que Scherer llegó en minoría, la violencia de la reunión ahuyentó a algunos seguidores y el propio Scherer y su grupo se salieron de la asamblea para hacer una en paralelo con la certeza de que lograrían el 20% de cooperativistas para hacerla legal. Pero en las cooperativas no ganan los que tienen razón sino los que hacen valer por la fuerza.

 

La derrota de los seguidores de Scherer se sintió la madrugada del 8 de julio cuando Regino y seguidores impidieron la publicación, en la página 22 del diario, de un desplegado a una plana firmado por los colaboradores de Excélsior, algunos de ellos sin ser cooperativistas. Las razones se leyeron impecables; pero en las reuniones de cooperativas no gana la razón sino el número. Scherer no cuidó en talleres la plana y la edición del 8 salió con la pagina 22 en blanco. En la asamblea al margen, Garibay hizo el mejor retrato de Scherer: “usted no es un hombre hecho para enfrentarse a estos perros hambrientos”[45]. Derrotados y antes de seguir todos los trámites legales cuando menos para entorpecer la victoria de los adversarios, Scherer y su grupo abandonaron la plaza para eludir la violencia. Los intentos por obligar a las autoridades, en aquel entonces la Secretaría de Industria y Comercio, a revisar las actas de la asamblea de la cooperativa quedaron en manos del gobierno de Echeverría; inclusive, cuenta Leñero, Echeverría le prometió a Scherer --en una reunión en Los Pinos para evitar que Scherer fuera a Washington a denunciar el despojo de Excélsior-- que la SIC intervendría para reponer procedimientos, pero ya nadie lo creyó.

 

La derrota estaba escrita.

 

Semanas después, ya con Proceso en circulación, Echeverría recibió a Scherer en el Centro de Estudios del Tercer Mundo en San Jerónimo y la conversación se tensó a propósito de nada. Echeverría espetó cuando Scherer le pidió fotografiar salas del centro:

 

--¡No me provoques, Julio!

 

Scherer no cayó en el garlito.

 

Pero todo era, ya, demasiado tarde.

 

5.-Y al día siguiente…

 

De julio a noviembre de 1976 Scherer osciló entre la expectativa de regresar a Excélsior como lo dejó entrever Echeverría y casi se comprometió Jesús Reyes Heroles como secretario designado de Gobernación de López Portillo, o tener un nuevo diario. Pero todo indicaba que Scherer no estaba dispuesto a correr una aventura empresarial y nadie le pondría un periódico para ejercer su libertad de expresión sin atender a los compromisos empresariales. En las nuevas oficinas de la revista Siempre que José Pagés Llergo se negaba a ocupar se inició el proyecto de una revista de información y análisis con tres pivotes: Scherer, Miguel Angel Granados Chapa y Vicente Leñero, además de los editorialistas de Excélsior.

 

Las lecciones que dejó Excélsior siguen latentes, abiertas y a la espera de análisis menos comprometidos o sentimentales. Por lo pronto, aquí se aventuras cuando menos cinco a partir del criterio de que Echeverría sí contribuyó intencionadamente a liquidar la experiencia de Scherer --no Excélsior-- pero aprovechó las luchas internas; es decir, que el enfrentamiento fue de élites: Scherer y Echeverría.

 

1.- La crisis con Excélsior ocurrió dentro de los espacios del sistema político priísta. Scherer no era un opositor ni estaba asociado con algún grupo que apuntara a la alternancia partidista en la presidencia, tampoco deseaba derrocar al presidente de la república con una línea periodística de análisis y critica: fue una crisis en las élites. Los editorialistas de Excélsior sustentaban sus textos con el modelo de la crítica desde dentro del sistema, para mejorar el sistema. Inclusive, los artículos de Gastón García Cantú y algunos textos críticos de Daniel Cosío Villegas en ningún momento plantearon la alternancia; más bien enfatizaban los vicios del régimen con ganas de mejorarlo; los dos eran historiadores y se movían en el escenario del pensamiento histórico o reflexión histórica a partir de la historia oficial, García Cantú desde la perspectiva de Juárez, Zarco y los liberales del siglo XIX y Cosío Villegas desde el fondo de la historia social de la Revolución Mexicana. En ambos casos había elementos históricos y de revisión intelectual que en nada modificaban la historia oficial.

 

Los editorialistas de Excélsior fueron críticos pero sin exigir un relevo de régimen o de sistema. Peor aún: después de ser echados de Excélsior muchos de ellos siguieron moviéndose dentro de los espacios del mismo sistema y régimen:

 

--Julio Scherer García fundó la revista Proceso y siguió recibiendo, además de quejas y presiones, publicidad oficial del gobierno. Las dos decisiones presidenciales de retirarle la publicidad --en 1981 y en 1982-- fueron provocadas por la queja de López Portillo de que algunas notas de Proceso se metían en el proceso de designación del candidato presidencial priista para 1982. Sólo indirectamente contribuyó Proceso a la alternancia: minando las instituciones al ponerles el espejo del periodismo critico. Es decir, Scherer se mantuvo en el lindero dentro del sistema y del régimen, aunque con enfoques críticos a sus excesos, limitaciones y abusos.

 

--Miguel Angel Granados Chapa, el operador intelectual más importante de Scherer, estuvo unos meses en Proceso y luego tomó su propio camino… dentro del sistema y del régimen: en 1977 fue director de noticieros de Canal 11, la televisora del Instituto Politécnico Nacional cuyo director era producto de designación presidencial directa, y en 1978 y 1979 fue director de Radio Educación, la estación de la Secretaría de Educación Pública. Más tarde fue consejero electoral del naciente IFE cuando aun dependía de Gobernación 1994-1999. Y hasta 1999 entró de lleno a la política como candidato externo del PRD y PT al gobierno de Hidalgo, donde sacó apenas 14% de los votos. Luego regresó a los linderos internos del sistema-régimen y en 2008, a propuesta del PRD, recibió la Medalla Belisario Domínguez que entrega el sistema-régimen.

 

--Gastón García Cantú fue el crítico más severo de Echeverría, pero siempre en función del pensamiento histórico liberal juarista y de las reglas del sistema. En 1969 García Cantú escribió un texto para un folleto que apoyaba la precandidatura de Emilio Martínez Manautou, secretario de la Presidencia, contra Echeverría por la nominación priísta[46], lo que explicaría su encono crítico contra Echeverría ya como presidente de la república. De hecho, García Cantú fue el detonador de la furia presidencial que animó la decisión contra Excélsior. Y García Catú apareció del lado izquierdo de Scherer al abandonar para siempre el edificio de Excélsior. Pero luego de colaborar algunos meses en Proceso, en diciembre de 1977 fue designado por López Portillo como director del instituto Nacional de Antropología e Historia, lo que desató la furia de Scherer por considerarlo traición: un texto de Fernando del Paso en Proceso donde hablaba del “cambio de piel” de García Cantú irritó al historiador y provocó su salida estridente de la revista[47]. Pero lo peor para Scherer fue el regreso de García Cantú en 1982 a las paginas editoriales de Excélsior durante la dirección de Regino Díaz Redondo, como si nada hubiera ocurrido en 1976.

 

--El caricaturista Abel Quezada, que aparece al lado de derecho de Scherer al abandonar Excélsior, aceptó en diciembre de 1976 la dirección de Canal 13 pero duró unas horas porque su discurso de toma de posesión fue tomado como una frivolidad y una falta de respeto al presidente de la república.

 

--Vicente Leñero, el, escritor, periodista y dramaturgo que siguió fiel a Scherer en Proceso, de todos modos tuvo un regreso infortunado a la institucionalidad sistémica: en 2010 ingresó como miembro de número a la Academia de la Lengua y su discurso lanzó flores y agradecimientos al presidente del organismo, el poeta Jaime Labastida, quien se había hecho de la dirección de Plural, la revista intelectual de Excélsior, a la renuncia de Octavio Paz en solidaridad con Scherer. Los calificativos contra Labastida en 1976 fueron hirientes, aunque en el 2010 la institucionalidad volvió a juntar a Labastida con Leñero.

 

--Hero Rodríguez Neumann, hijo del gerente Hero Rodríguez Toro, había sido considerado como la pieza en formación de Scherer para enfilarlo algún día a la dirección de Excélsior[48], trabajó al finalizar el siglo como gerente de comunicación social de Petróleos Mexicanos.

 

--De los intelectuales vinculados a Excélsior de Scherer, dos fueron importantes: Fernando Benítez y Carlos Fuentes, los dos articulados a Echeverría, el primero a través de favores y el segundo como embajador de México en Francia. En 1976 Fuentes escribió un artículo en El Sol de México, cuya propiedad se atribuía a Echeverría vía Mario Moya Palencia y Fausto Zapata Loredo, dos de los principales colaboradores echeverristas y luego funcionarios de los periódicos de El Sol, señalando que Echeverría no había sido el responsable del golpe a Excélsior[49].

 

--Miguel López Azuara, brazo derecho de Scherer y de Granados Chapa en Excélsior y luego jefe de información de Proceso, apareció en la oficina de prensa de la presidencia de la república de Salinas y más tarde fue funcionario del PRI.

 

--Y los reporteros de Excélsior, las infanterías que le dieron brillo al periódico con sus notas del día a día y que vivían a la quincena con los salarios del periódico, tuvieron que aceptar empleos pagados aunque sin trabajar en oficinas de prensa del gobierno en tanto se regularizaban los pagos en Proceso. Y lo hicieron no sólo con la autorización de Scherer sino a través de su intermediación; es decir, trabajaban en el sistema-régimen que criticaban en sus notas.

 

2.- En Excélsior se dio la última batalla institucional entre el sector progresista del sistema y del régimen y los grupos conservadores en el gobierno. Si se revisan los enfoques críticos de notas y editoriales de Excélsior se encontraran con la tendencia de criticar los excesos y abusos del presidente y del poder político pero en función vis a vis del proyecto social de la Revolución Mexicana. Es decir, se trató de un litigio dentro del sistema y del régimen entre sectores adversarios en política e ideología. García Cantú y Cosío Villegas aparecían en Excélsior como los últimos guardianes templarios de la ideología oficial de la Revolución Mexicana.

 

3.- El colapso de Excélsior fue la ruptura interna en el sistema-régimen en cuanto a la reorganización de los grupos de poder. Los medios eran considerados meros peones ideológicos y culturales del régimen --los aparatos de dominación ideológica de Althusser[50]-- y representantes de la clase dominante[51] y la crisis en Excélsior provocó su separación. Los medios pasaron de ser oposición interna leal a sector de confrontación crítica en la lógica de la alternancia partidista en el poder. Así, la prensa crítica tiene una función subsidiaria: existe sólo para subsidiar la consolidación de una oposición real, en tanto que la crítica periodística es una oposición funcional y mediática.

 

Excélsiormarcó el fin de la prensa como aparato de control del sistema a espacio autónomo pero abrió las puertas a una prensa menos dependiente del poder y más crítica. De Excélsior nacieron, en tiempo histórico, Proceso, Uno más Uno, La Jornada y El Financiero, medios ya fuera del control sistémico del régimen, y tiempo después los programas de radio críticos y de confrontación como el de José Gutiérrez Vivó, el antecedente de Carmen Aristegui. Los medios marcaron su autonomía --que no independencia por la falta de anunciantes privados, pero sí una marcada lejanía editorial-- del aparato de poder.

 

4.- Excélsior fue una crisis doble: del poder hacia la crítica y del medio hacia su interior. Scherer cometió muchos errores de gestión administrativa, empresarial y financiera y esas debilidades fueron potenciadas por el régimen al alentar la oposición dentro del periódico. Al final de cuentas, Scherer no era empresario sino periodista, pero el periódico era una empresa no sólo gigantesca sino compleja por su organización cooperativa en la que los trabajadores eran socios. De ahí la importancia de las empresas periodísticas de ser asumidas también como unidades de producción exigentes de administraciones funcionales y dinámicas. En las cooperativas los cargos de administración eran llenados por trabajadores cooperativistas improvisados en sus funciones. Aunque no hubo una correlación directa, en la carrera de periodismo de algunas universidades se incluyeron las materias de organización administrativa y finanzas empresariales de los medios de comunicación.

 

5.- La gran lección que dejó el caso Excélsior radica en su análisis en la perspectiva del tiempo histórico de lo ocurrido y de la evaluación, La crisis no estalló sólo por la tozudez crítica de Scherer ni por el humor autoritario de Echeverría, sino que se dio en la lógica del sistema y de las relaciones sociales y políticas entre instancias de poder, en una fase de descomposición de las relaciones sociales y de una redefinición de las relaciones de producción por el papel de los empresarios en los escenarios del régimen.

 

Los medios de comunicación en el siglo XX mexicano fueron representantes de grupos de poder, de grupos de clase y de clase dominante. Uno de los pilares del sistema político --además del presidente de la república, el PRI, el Estado de bienestar y los acuerdos corporativos con sectores fuera del PRI-- fue el de la cultura en su variante de ideología política y sobre todo pensamiento histórico. El contenido de los medios de comunicación debía reforzar los amarres sociales, perpetuar el discurso ideológico del sistema y utilizarse como formas de educación de masas. Cuando los medios voltearon críticamente hacia sus promotores se encontraron que eran piezas de la dominación política del sistema y del regimen﷽﷽﷽﷽a y del rtraron que eran piezas de edcuaciso ideol poder, de grupos de clase y de clasze s de produccilas mjaterias deégimen.

 

Cuando los medios se asumieron como superestructuras culturales de otra ideología --el modelo de ruptura de Gramsci--, su papel legitimador de la dominación pasó a factor de liberación intelectual. El problema con Excélsior, Proceso, Gutiérrez Vivó y Carmen Aristegui radicó en la incapacidad o imposibilidad de tener un medio autónomo e independiente y además autosustentable para asumir su distancia crítica del sistema y del régimen. A ello habría que añadir su falta de articulación con otra estructura de clase también independiente del sistema y hasta del régimen: la oposición de alternancia. Pero hasta ahora los partidos políticos --incluyendo al PRD y a Morena-- son instrumentos de consolidación del régimen institucional priísta.

 

A partir de estas cinco conclusiones habría que reanalizar el caso Excélsior y su aprovechamiento tendencioso en el caso Aristegui: no sólo son dos tiempos históricos diferentes sino dos estructuras en confrontación en nada parecidas. Scherer y Aristegui se agotaron en la crítica en sí misma, en busca de lectores o auditorio pero también en el vació de organizaciones de alternancia. En todo caso, Aristegui quiso manipular el caso Excélsior para venderse como víctima.

 

Además, los análisis reales deben eludir los sentimentalismos y el modelo de héroes de Carlyle como personajes elitistas y únicos. La crisis en Excélsior fue producto de una crisis en las relaciones sociales entre el poder político y el voluntarismo individualista de un editor; ciertamente que el punto de ruptura se dio entre dos personalidades, pero ni Scherer ni Echeverría actuaron en función individualista sino en un escenario de relaciones sociales y de conflictos de poder. Scherer sí defendió la libertad de expresión pero careció de comprensión de la configuración de los poderes reales existentes más allá de la vocación individual. Tan no fue determinista esa crisis, que Echeverría no metió las manos en el Excélsior posterior a Scherer y Scherer pudo editar la revista Proceso en la misma línea crítica del diario.

 

Queda al final la urgencia de seguir analizando el trasfondo del conflicto de Excélsior en el periodo 1972-1976. Lo dice con claridad marco Levario Turcott: “la relación (entre Echeverría y Scherer), sin embargo, es más compleja y apasionante, llena de matices y recovecos que impiden asegurar o desmentir que el golpe a Excélsior hubiera sido obra del gobierno. Y si aquel hubiera sido el caso, los funcionarios del diario no previeron la rebelión interna que los depondría ni fueron capaces de resolver el problema que se les presentó en la asamblea de cooperativistas”[52].

 

Lo único cierto es que Aristegui convocó el fantasma de Scherer más para agrandarse a sí misma que por los parecidos históricos, aunque al final quizá contribuye cumpla lauizorial, M Bonapartea la eferenbcia de Marx de que, siguiendo a Hegel, los hechos se repiten dos veces, uno como traó a probar la referencia de Marx de que, siguiendo a Hegel, los hechos se repiten dos veces, uno como tragedia y otro como farsa[53].

 

 

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[1]Burkholder de la Rosa, Arno (2007), La red de espejos. Una historia del diario Excelsior(1916-1976), tesis de doctorado Instituto de Investigaciones Dr. José maría Luis Mora, de próxima publicación en libro.

[2]Ibíd., págs. 161-162.

[3]Aristegui, Carmen (2006), prólogo a Los periodistas, edición de treinta aniversario del golpe a Excelsior, editorial Joaquín Mortiz / Planeta, págs. 3-5.

[4]Martínez Verdugo, Arnoldo (1983), El proyecto socialista, Ediciones del Comité Central del PSUM, México, págs. 315-317.

[5]Revueltas, José (1958), México: una democracia bárbara, Tomo 16 de Obras Completas, 1983, Editorial Era, México, págs. 152-153.

[6]Laso de la Vega, Jorge (1987)Corriente democrática, págs. 257-258.

[7]El registro legal del PCM, 1979, Ediciones de Cultura Popular, México, págs. 14-15.

[8]Título del ensayo que enfureció a Echeverría ya como expresidente: El 18 brumario de Luis Echeverría, de Gabriel Zaid, revista Vuelta 2, enero de 1977.

[9]Revueltas, José (1984), Escritos Políticos II, Obras Completas 13, Editorial Era, México, pág. 106.-

[10]Ramírez, Carlos () La lógica del autoritarismo priísta, revista La Crisis No.

[11]Loaeza, Soledad (1987), El Partido Acción Nacional: de la oposición leal a la impaciencia electoral, en La vida política mexicana en la crisis, El Colegio de México, México, págs. 84-87.

[12]Ramírez, Carlos (2015), PAN 2000-2012. Crisis en la transición mexicana. Ni transición ni alternancia, sólo relevo, ensayo que se publicará en 2015.

[13]Buendía, Manuel (1988), Instantáneas del poder, Fundación Manuel Buendía, México, págs. 86-89.

[14]Moreno Sánchez, Manuel (1970), Crisis Política de México, editorial Extemporáneos, México, págs. 121-191.

[16]Cifras por año y por sexenio en http://www.mexicomaxico.org/Voto/termo.htm.

[17]Ortiz Mena, Antonio (1998), El desarrollo estabilizador: reflexiones sobre una época, Fondo de Cultura Económica, México, pág. 365.

[18]Tello, Carlos (1979), La política económica en México 1970-1976, Siglo XXI Editores, México, pág. 208.

[19]Garmiño Muñoz, Rodolfo, y Toledo González, Mónica Patricia (2011), Origen de la Liga Comunista 23 de Septiembre, revista Espiral 52 Vol. XVIII, septiembre-diciembre, págs. 12-14.

[20]Fernández Menéndez, Jorge ( 2006), Nadie supo nada. La verdadera historia del asesinato de Eugenio Garza Sada, editorial Grijalbo, México, págs. 45-46.

[21]Loaeza, Soledad (1977), La política del rumor: México noviembre-diciembre de 1976, revista Foro Internacional  XVII-4, El Colegio de México, México, págs. 583-586

[22]Camp, Roderic Ai (1976), El sistema mexicano y las decisiones sobre el personal político, revista Foro Internacional  XVII-I, El Colegio de Mxico,﷽﷽﷽﷽﷽o de Mnternacional  XVII-! sobre el personal polugenio Garxza Sadaéxico, México, pág. 53.

[23]Cosío Villegas, Daniel (1974), El estilo personal de gobernar, Cuadernos de Joaquín Mortiz, México, págs. 112-118.

[24]Zaid, Gabriel (1972), Carta a Carlos Fuentes, revista Plural No. 12, México, pág. 52.

[25]Burkholder págs. 129-130.

[26]Michels, Robert (1969), Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna, Tomo Dos, Amorrortu Editores, Argentina, pág. 191.

[27]Burkholder, pág. 137.

[28]Cano Andaluz, Autora (1993), Antología periodística 1968, UNAM, México; Ramírez Carlos (2011), La prensa del 68, cómplice de la represión, eBook Amazon-Kindle y Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional; Ramírez, Ramón (1969), El movimiento estudiantil de México, Editorial era, México; y Volpi, Jorge (1998), La imaginación y el poder. Una historian intelectual de 19768, Editorial Era, México.

[29]García Cantú, Gastón (1974), Política Mexicana, UNAM, México, y (1991),  Idea de México Tomo IV Ensayos 2 págs. 331-352 yTomo VI El poder, Conaculta y UNAM, México, págs. 169-248 y .

[30]Cosío, pág. 33.

[31]Fuentes, Carlos (1972), Dejar aislado a Echeverría, crimen histórico de intelectuales, Excelsior 22 de julio, México.

[32]Zaid, Gabriel (1972), Carta a Carlos Fuentes, revista Plural No. 12, septiembre de 1972, México, pág. 52.

[33]Zaid, Gabriel (1974), Frágil: cuidado al acarrear, revista Plural No. 11, agosto, México, pág. 80.

[34]Zaid, Gabriel (1977), El 18 brumario de Luis Echeverría, revista Vuelta No. 2, enero, México.

[36]Leñero, Los Periodistas, pág. 23.

[37]Arno, págs. 129-130.

[38]Arno, pág. 166

[39]Conversación con Carlos Ramírez.

[40]Localizar, pág. 102.

[41]Leñero, pág. 101.

[42]Leñero, págs. 119-120.

[43]Rodríguez Castañeda, Rafael (1993), Prensa vendida. Una historia del periodismo mexicano y su vínculo con el poder, editorial Grijalbo, México..

[44]Leñero, págs. 127-129.

[45]Leñero 208.

[46]Cortés Obregón, Jorge, García Cantú, Gastón, y otros (1969), el dilema del desarrollo: democracia o autoritarismo, Academia Mexicana de Ciencias Humanas, México.

[47]García Cantú, Gastón (1991), Idea de México Tomo IV Ensayos 2, Conaculta y Fondo de Cultura Económica, México, pág. 353.

[48]Leñero, pág. 102.

[49]Fuentes, Carlos (1976), Una tribuna para Julio Scherer, artículo en El Sol de México, 30 de julio de 1976, México.

[51]Fernández Christlieb, Fátima (1982), Los medios de difusión masiva en México, Juan Pablos Editor, México, págs. 69-71.

[53]Marx, Karl (2003), El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Alianza Editorial, México, pág. 31.

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