Wednesday, 23 de September de 2020

Miércoles, 08 Abril 2015 02:30

Egresada de la BUAP destaca como profesionista de pirotecnia

Lucía Ramírez, del oficio a la profesión tras sus estudios en la BUAP. A través del CICE detonó el crecimiento de su empresa, obteniendo el primer lugar en la categoría Castillería Tradicional en el Concurso Nacional de Pirotecnia de 2014

  • Carlos Rodríguez

Transmitir emociones sin usar palabras. Hacer magia, sembrar recuerdos y crear ambientes, es oficio de la pirotecnia: elegante, grandiosa, alegre y creativa, según la descripción  de Lucía Ramírez, egresada de la BUAP, quien con el respaldo del CICE hoy es una empresaria, convencida de hacer de esta tradición un arte.

 

Primero su madre, Emma Pérez Romero, mujer originaria de San Miguel Zacaola, Puebla, tras el fallecimiento de su esposo, hace 25 años, elige la pirotecnia como alternativa para sostener a sus hijos. Más tarde, su hija, Lucía Ramírez Pérez, egresada de la Facultad de Contaduría Pública de la BUAP, adoptó la pirotecnia como forma de vida, un oficio que además de requerir creatividad, dedicación y cuidado del detalle, exige acatar estrictas medidas de seguridad.

 

Madre de dos hijos, Lucía es la responsable de continuar esta tradición, principal ingreso de su familia y de otras de la comunidad de Zacaola, un pequeño poblado ubicado en el municipio de Santo Tomás Hueyotlipan, Puebla. “Mi objetivo es hacer crecer nuestro patrimonio, el esfuerzo de mi madre, pero de manera profesional, combinando tradición y conocimiento, para proyectarlo a otros países”.  Con esta convicción se acercó al Centro de Innovación y Competitividad Empresarial (CICE) de la BUAP.

 

Diseño, fabricación, venta y montaje de cada uno de sus 500 productos pasan hoy por procesos de calidad, pues la profesionalización fue un atributo que adquirió durante su formación en el CICE. Ahí aprendió que la satisfacción del cliente es fundamental. Antes, creía que con hacer una luz de bengala a su gusto, bonita a su parecer, estaba asegurada la venta.

 

Día a día, en su polvorín –nombre oficial de los lugares donde se almacenan y fabrican artificios pirotécnicos– impulsa tecnologías nuevas para atender con calidad y “espectacularidad a sus clientes”, al mismo tiempo que cumplen con las normas de seguridad que el oficio exige. “El Pira hermanos”, nombre de la empresa, cuenta con el permiso número 789 de la Secretaría de la Defensa Nacional, para comercializar sus productos.

 

A la fecha, esta empresa ha trabajado para foros como la Séptima Expo Internacional de Ductos Pemex y la Fiesta de la Guelaguetza, en Oaxaca, ambos realizados en 2004; la Ciudad de las Ideas, Puebla, 2008 y 2010; los carnavales de Tuxpan y de Alvarado, Veracruz, en 2011 y 2012, respectivamente; la celebración de la Batalla del 5 de Mayo, en 2011 en Puebla; la Feria Regional de Ciudad Serdán, en 2012; y en el Corredor Turístico Fuertes-Catedral, en 2013, en Puebla.

 

También ha acompañado a la Orquesta Sinfónica de la BUAP  y a la Feria Nacional de la Pirotecnia, en Michoacán el año pasado. Su habilidad en la creación de juegos artificiales los llevó a obtener el primer lugar en la categoría Castillería Tradicional, en el Concurso Nacional de Pirotecnia realizado en Tultepec, Estado de México, en 2014.

 

La pirotecnia: tradición que consiste en hacer magia

 

Los conocimientos aprendidos en el CICE permitieron reestructurar la empresa, en las áreas de administración y producción. Insegura en un primer momento de tomar las riendas del negocio, tras capacitación y un minucioso análisis, Lucía se perfiló con una clara misión: internacionalizar su empresa, pese a los riesgos que la industria tiene, llámese accidentes, explosiones, quemaduras o incendios. Recuerda que uno de los asesores le enseñó a enamorarse de las necesidades del cliente y no de sus productos.

 

Madre e hija lamentan que la pirotecnia sea presentada en medios de comunicación sólo cuando ocurren accidentes o percances. Quieren que este arte sea querido y estimado. En su polvorín hacen magia con el uso de 320 sustancias químicas distintas, como el azufre, el clorato de bario o de potasio, incluso titanios. Sus colaboradores, muchos de ellos familiares, intervienen en cada una de las etapas de producción. La fabricación de un castillo tradicional estándar les implica aproximadamente dos semanas de trabajo, pues el diseño tiene que ser perfecto, la ejecución con el mínimo margen de error, y la seguridad y satisfacción del cliente deben estar totalmente garantizadas. Todo en la justa medida.

 

Su esfuerzo se traduce en verdaderas obras de arte que sirven para amenizar eventos masivos, sociales, tradicionales. Son creaciones que sólo duran minutos, quizá segundos, pero producen emociones que perduran.

Last modified on Miércoles, 08 Abril 2015 01:49