Sábado, 04 de Diciembre del 2021
Viernes, 12 Noviembre 2021 01:46

El baile de las sillas del Consejo de Seguridad

El baile de las sillas del Consejo de Seguridad Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

La existencia de la ONU depende de cuánto los países, sus legitimadores, se sientan de veras representados por ella


 

 

Si, como dice Christian Reyes, existe cierta correlación entre la música y la criminalidad, habría que preguntarnos qué sonaba en el tocadiscos mientras los países vencedores de la Segunda Guerra mundial, quienes durante las siguientes décadas tendrían un comportamiento ‘criminaloide’, diseñaban el Consejo de Seguridad, la principal de las instituciones supranacionales a través de las cuales gobernarían el mundo. El bélico ‘ta-ta-ta-tá-ta’ de Wagner había pasado de moda, quizá el muy primaveral Stravinski fuera más adecuado.

 

La realidad geopolítica mundial ha cambiado mucho desde que Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido, Francia y China se reunieron triunfantes, en Dumbarton Oaks… pero su Consejo, muy poco: su última gran reforma data de mediados de los 60, cuando, por iniciativa de U Thant, se acordó ampliar el número de sus miembros no permanentes. A fin de establecer un nuevo, más eficaz y más eficiente orden mundial, es importante llevar a cabo una serie de reformas que ajusten la poderosísima institución al siglo XXI. La existencia de ésta y, por extensión, de la propia ONU, no se nos olvide, dependen de cuánto los países, sus legitimadores, se sientan de veras representados por ellas, so

A nadie se le escapa que la actual composición del Consejo de Seguridad no representa realmente el reparto de poder en el mundo. Un paso necesario para que éste refleje mejor la nueva realidad sería, entonces, ampliar el número de sus miembros permanentes. Quienes, con la misma necedad del productor de Hollywood que quiere meter a un negro en un western para cubrir una cuota racial, sugieren asignar sus codiciadas sillas a algún representante de África, de Latinoamérica o de la Liga Árabe contravienen groseramente el Artículo 1 de la Carta de las Naciones Unidas; lo políticamente correcto no define las relaciones internacionales, los criterios para nuevas adhesiones deben ser pragmáticos como la influencia política, económica o militar, si no mundial, sí, al menos, regional que éstos tengan.

 

Entre los países más influyentes se cuentan Alemania, Japón, Brasil e India, se sabe. Desde hace tres décadas, los cuatro pujan conjuntamente por igual número de asientos en el Consejo. Colectivamente, no les faltan argumentos: el llamado G4 acumula el 25 por ciento de la población, el 15 por ciento del PIB y el 10 por ciento del gasto en defensa mundial; además, los tres primeros son de los principales patrocinadores de la ONU y el último, a la sazón, una potencia nuclear, está entre los que más fuerzas de paz aporta a sus misiones. Más allá de los ‘numeritos fríos’, su narrativa suena convincente: ¿Qué mejor manera de inaugurar, por fin, un nuevo orden que abrazándose fraternalmente los vencedores y los vencidos de la guerra que estableció el antiguo?

 

La ampliación del número de miembros permanentes del Consejo de Seguridad, sin embargo, implicaría indeseados desbarajustes regionales: naturalmente, la mera posibilidad de que sus competidores directos asciendan súbitamente a la cima del poder mundial, inquieta a los países ‘medianitos’ que hasta ahora les disputan la hegemonía más o menos en igualdad de condiciones; ninguno de ellos le facilitará a sus vecinos semejante ventaja estratégica.

 

El primer escollo para avanzar a la ampliación del Consejo no es, pues, el muy probable bloqueo de parte de algunos de sus miembros permanentes, quienes, seguramente también tendrían algo que objetar, sino el de los países que si bien no tienen la fuerza para aspirar ellos mismos a un lugar en él, sí la tienen para entorpecer las ambiciones de otros. Individualmente, en fin, los integrantes del G4 son débiles como ramitas de laurel: a Alemania se le oponen Italia y España; a Japón, la muy discreta Corea del Sur; a Brasil, México y Colombia; y a India, su archienemigo Pakistán. ¡Menudo lío geopolítico en Midtown Manhattan!

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