Tuesday, 04 de August de 2020


Romper con el pasado, la oferta de renovación en la BUAP




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Nadie conoce mejor la máxima casa de estudios que Alfonso Esparza, quien ha pasado más de una década en la administración central. Primero fue contralor de Enrique Doger, y después tesorero y secretario general de Agüera. Por tanto, nadie mejor para hacer un diagnóstico de los vicios y virtudes de la universidad, así como de los éxitos y fracasos de sus antecesores

No hay plazo que no se venza ni fecha que no se cumpla. El agüerismo es una moda que se agota para dar paso al naciente esparzismo en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. De cara al proceso electoral al interior de la máxima casa de estudios, Alfonso Esparza Ortiz ha decidido ganar legitimidad tomando distancia de su antecesor en dos elementos cruciales de la vida institucional: retornar a la legalidad perdida en poco más de ocho años y dar fin a los excesos financieros que al final se convirtieron en la tumba de las aspiraciones políticas de Enrique Agüera. La gran mayoría de las decisiones tomadas por el rector en su interinato tuvieron como objetivo presentar una oferta de renovación. Aunque Esparza fue parte del equipo agüerista, llegó el momento de alejarse de él. No es un dilema de continuidad o cambio, sino la naturaleza intrínseca de la política: el sucesor no es marioneta sino verdugo. La única opción es qué tipo de verdugo se escoge. Muerto el viejo rector, viva el nuevo rector.

 

 

Antes de presentar su candidatura formal y comparecer a la Comisión de Auscultación, Alfonso Esparza ya ha tomado las decisiones que lo alejan de su antecesor en el cargo. Que le dan nuevos ánimos a la comunidad universitaria. Un mensaje de que todo será igual, pero diferente. A fin de cuentas, se trata del estreno de una época y hay que provocar ilusión en el respetable público. Sin candidato opositor fuerte, la única legitimidad puede provenir de romper con el pasado.

 

 

El Consejo Universitario vuelve a reunirse cada mes, como mandata la ley orgánica, y no sólo en sesiones extraordinarias para aprobar presupuestos y cuentas públicas. Regresan también las licitaciones para garantizar los mejores costos y no para beneficiar a la familia López Chargoy. La nueva política de austeridad marca el fin de los fiestones de bienvenida en las facultades para ganarse a los estudiantes de nuevo ingreso de forma populista. Los operadores agüeristas de mayor confianza como Damián Hernández, Rafael Torres Rocha y Juan Manuel Alonso han perdido protagonismo, cuando no de plano ya se encuentran desactivados. En la tablita se mueve Manuel Sandoval Delgado, el operador de la obra pública universitaria.

 

 

En la ruta de conseguir la legitimidad del rectorado, una vez que se da por descontada la victoria, acompañan a Esparza un grupo que tiene resabios de agüerismo pero que decidieron no salir de la BUAP, así como rostros nuevos que pertenecen netamente al esparzismo. En la nueva burbuja se distingue a Óscar Gilbón Rosete, Jorge David Cortés, Fernando Santiesteban Llaguno. Entre los segundos se mira a Guadalupe Aguilar Cáceres, Marún Ibarra Doger. Incluso viejos opositores como Francisco Vélez Pliego han decidido trepar al carro del esparzismo.

 

 

Por supuesto que hay agüeristas resentidos con el cambio de ciclo. Como hace meses lo publicó Zeus Muníve en sus Crónicas Marxianas, tras la derrota de su jefe pensaron tomar por asalto la rectoría presentando como su carta a Ricardo Paredes, el director de la Facultad de Administración. La asonada del agüerismo fue detenida por un mensaje brutal enviado desde Casa Puebla: entre sostener a Esparza o tolerar el regreso de Agüera, el morenovallismo tenía clara preferencia por la primera opción.

 

 

El rector Esparza tiene una buena interlocución con el morenovallismo a través de Roberto Moya Clemente y de Eukid Castañón, pero la clave fue mantener la institucionalidad de la BUAP en el momento de la tensa campaña electoral por la alcaldía de Puebla. Acusado de favorecer a Agüera a través de la campaña mediática del concurso de ingreso, así como de tolerar la operación a favor del candidato tricolor, tomó dos determinaciones importantísimas. Le pidió una licencia a Damián Hernández, y suspendió toda su publicidad institucional. ¿Puede eso considerarse traición para salvar el pellejo propio? No lo creo.

 

 

Nadie conoce mejor la máxima casa de estudios que Alfonso Esparza, quien ha pasado más de una década en la administración central. Primero fue contralor de Enrique Doger, y después tesorero y secretario general de Agüera. Por tanto, nadie mejor para hacer un diagnóstico de los vicios y virtudes de la universidad, así como de los éxitos y fracasos de sus antecesores en sus ansias por trascender de la vida académica a la arena política. Sabe perfectamente que la ínsula de ilegalidad que provocó Agüera al eliminar las licitaciones para favorecer a los López Chargoy al final fueron una loza, así como la suspensión de facto de las actividades del Consejo Universitario para eliminar cualquier debate al interior de la institución. Y que todo fue aceitado con mucho dinero.

 

 

El nuevo rector no debe tener esas debilidades ni cargar con los pasivos del pasado. El cambio de estafeta de un nuevo ciclo que arranca con legitimidad y credibilidad en la toma de decisiones. Aunque la BUAP ha recuperado su prestigio nacional, está muy lejos de los estándares internacionales ya que no fue incluido en el reciente ranking mundial de Shangái 2013. Y en el último de instituciones iberoamericanas se ubicó en el 77. Por supuesto que hay margen para mejorar.

 

 

Al final, Esparza no es rehén ni del agüerismo, ni del morenovallismo. Es el garante de la estabilidad en la vida institucional de la universidad, así como el símbolo de una renovación sana como fuente de poder legítimo en la BUAP. En sus manos estará convencer a la comunidad universitaria, a partir de hoy y hasta el 11 de septiembre, que la renovación va en serio.

 

 

 

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