Thursday, 18 de July de 2019


Después del Chalchihuapazo debe venir el diálogo y la tolerancia




Escrito por  Jesús Ramos
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Arreglar las cosas que pasan en Puebla desde lo nacional parece absurdo. “Y sin embargo se mueve”, decía Galileo. El gobierno no está para recibir consejos de cómo hacer las cosas ni los escribanos para darlos, pero el caso Chalchihuapan, por ejemplo, se fue a las nubes porque se quiso solucionar primero en la ciudad de México, a través de los medios, antes que en nuestro estado.

La marcha de este domingo, y las que a futuro pudieran hacerle eco, son producto de esa estrategia poco efectiva que silencia el diálogo local cuando se supone que a través de él, los problemas logran solución. Salir a las calles a ventilar lo que no le parece a la gente es el último de los recursos de los gobernados cuando la autoridad se cierra a la conversación y al entendimiento y, la mayoría de las veces, sus alcances son inimaginables.

 

 

La analogía parecerá chocante, pero el descontento social semeja muchos galoncitos de gasolina apilados, galoncitos que en un pestañeo se multiplican como la yerba, se esparcen como la enfermedad y que con un cerillo encendido han hecho estallar monarquías en Francia, dictaduras en México, imperios en China y gubernaturas en Michoacán, nomás por decir.

 

 

Escribo esta entrega antes de la celebración de la megamarcha contra Rafael Moreno Valle y por ese motivo desconozco a precisión el número de participantes, sin embargo, sean muchos o pocos, debe dejar en claro que los problemas de casa exigen arreglos benéficos en casa si no queremos que desborden nuestras fronteras.

 

 

Chalchihuapan fue el cerillo que hizo estallar los galoncitos que ya se le habían acumulado al gobierno. Fue el hartazgo de un repudio callado y de un modo de hacer las cosas en desacierto y en desacuerdo. ¿Qué tendría que pasar para que los galoncitos se agoten y sus llamaradas disminuyan? Lo que debió hacerse desde un inicio: dialogar. Y entre más pronto mejor.

 

 

Dialogar con todos por igual, tender puentes de entendimiento con el campesino inconforme, con el empleado molesto, con el político enfadado, con el ciudadano ignorado, con los medios de comunicación incómodos y con aquellos a los que se ha ofendido por acción u omisión, porque como sabiamente decía el mafioso de Don Vito Corleone: “Hasta el peor de nuestros enemigos, merece respeto”.

 

 

El caso Chalchihuapan, en definitiva, será un parte aguas para la administración estatal, para el morenovallismo en su totalidad y para la historia política del estado como lo fue el Lydiagate en su momento para el marinismo. Y por ese antecedente, bochornoso, debemos comprender que jamás será igual el antes que el después y que la mejor manera de reconciliarse con el pueblo es el diálogo, el apapacho y la disposición de ceder terreno y concesiones aunque por dentro maten. Dicen los que saben, que la mejor fórmula para un buen matrimonio es la tolerancia y que para aspirar a ella se necesita paciencia.

 

 

El escribano no es nadie para aconsejar ni nadie para que se le tome en cuenta, sin embargo, fue evidente que las soluciones para los problemas de Puebla nunca estuvieron en la ciudad de México ni en Televisa ni en TV Azteca, como falsamente se las vendieron y la compraron, y ahora lo prudente es iniciar de cero la política de la tolerancia y de la paciencia si los que se ahogan en el Chalchihuapazo quieren que las cosas mejoren.

 

 

 

 

 

 

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