Thursday, 26 de November de 2020

Martes, 17 Marzo 2015 02:40

Censura a Aristegui: ritos consuetudinarios del poder




Written by  Javier Arellano Ramírez

El tema no debe verse aislado, ni único.


No es la punta del iceberg. Es, en realidad, un grano más en un silo de infamias.

 

La embestida contra la periodista Carmen Aristegui ocupa los titulares de los principales rotativos nacionales, los portales web y es el tema central en las redes sociales.

 

Como acertadamente lo señala la comunicadora, el asunto fue preparado con la debida anticipación y por lo tanto los dueños del consorcio MVS, los señores Vargas Guajardo están preparados para las reacciones sociales y jurídicas que puedan presentarse en los siguientes días, semanas o meses.

 

El día de ayer, lunes 16, la periodista, en unos cuantos segundos, dio a conocer su postura frente al despido del consorcio y anticipó que dará la batalla legal.

 

Lo cierto es que aún cuando los contratos puedan darle algunas ventajas profesionales, los señores Vargas Guajardo son los titulares de la concesión de MVS y por lo tanto tienen las facultades jurídicas y laborales para liquidar a la periodista, con todos los requerimientos de ley.

 

El hecho indiscutiblemente tiene implicaciones políticas; los señores Vargas usaron el periodismo de Aristegui para presionar al aparato oficial y lo más probable es que ya llegaron a un arreglo político-empresarial, en el que la comunicadora simplemente ya no tiene cabida.

 

Estamos ante un contubernio estado-consorcio para desplazar y sacudirse a una periodista incómoda.

 

Esta práctica es consuetudinaria en cualquier parte de México donde exista un periodista crítico frente al poder. Exactamente lo mismo sucede en un municipio, en un estado o en la capital de la nación, como es el caso de la señora Aristegui.

 

Empero el liderazgo de opinión que Carmen representa le da a esta embestida proporciones incluso históricas.

 

Ya desde este momento hay voces que comparan el golpe a Aristegui con el embate que Luis Echeverría Álvarez orquestó contra Julio Scherer García y el grupo de periodistas que dirigía “Excélsior”.

 

En el mes de julio de 1976 Echeverría utilizó a Regino Díaz Redondo y a la cooperativa de “Excélsior” como brazo ejecutor para golpear a Scherer, de la misma manera que hoy los señores Vargas Guajardo son el vehículo enviado desde Los Pinos.

 

Hoy se asegura (con evidente fundamento) que los autores intelectuales del ataque son Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray Caso, ambos afectados por el grupo de investigaciones especiales de Aristegui.

 

Todo apunta que en las próximas semanas y meses veremos un áspero litigio jurídico y mediático. Pero en ningún momento se debe perder de vista que el hostigamiento y la persecución a la libertad de expresión va más allá del caso Aristegui.

 

En los últimos años México se he convertido en uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Son constantes, frecuentes, habituales los atentados, las agresiones, los asesinatos de comunicadores; sobre todo en zonas donde el crimen organizado se ha empoderado en una inocultable alianza con diferentes niveles de gobierno.

 

Históricamente, desde Francisco Zarco hasta Carmen Aristegui la prensa mexicana siempre ha sido perseguida por el aparato del poder político.Pero nunca como en los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto este hostigamiento se convirtió en una cacería criminal.

 

Sí, claro que Aristegui es un emblema, pero antes de este ataque se dieron muchos, muchos otros casos de censura criminal que desembocaron en la muerte de periodistas.

 

Y esto jamás lo debemos olvidar.

 

Se debe defender la libertad de expresión como un valor nacional; como un protagonista en la formación de un nuevo colectivo social; como ingrediente obligado en la creación una nueva conciencia mexicana.

 

Un pueblo mejor informado estará en condiciones de realizar juicios y análisis que permitan una auténtica evolución democrática.

 

Corresponde a los activistas en Derechos Humanos, a los juristas especializados en el Derecho a la Información, al gran gremio periodístico dimensionar en su justa proporción el ataque a Carmen Aristegui.

 

Pedir libertad de expresión para Aristegui olvidando la muerte de decenas y decenas de periodistas sería un equívoco histórico.

 

Si se quiere construir una auténtica defensa de la libertad de expresión se debe actuar con la memoria en la mano.

 

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