Friday, 14 de August de 2020


Dos visiones




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A lo largo de estas semanas dos visiones del mundo se han puesto en el tapete de la discusión. Me refiero al discurso inaugural del presidente Obama al jurar por segunda ocasión como presidente de Estados Unidos y el del primer ministro británico James Cameron al iniciar los trabajos del Parlamento inglés. Las dos concepciones del mundo no podían ser más lejanas.  

 

En efecto, por un lado el presidente Obama apuesta de manera decidida a un nuevo papel del Estado para enfrentar los graves problemas de la economía y la sociedad norteamericana, abre a la discusión el respeto a las minorías raciales y sexuales y pronuncia el que se ha llamado el discurso más liberal de los últimos tiempos. Por su parte, el primer ministro Cameron se pronuncia por poner a debate el papel de la Unión Europea y en los hechos busca cerrar a la economía y a la sociedad inglesa. En este mismo sentido, el semanario The Economist concluye en su edición de esta semana que la lección de los países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia) debe ser aprendida pues ahí se cree en el Estado no por razones ideológicas sino prácticas. El Estado ahí sí funciona. Es decir, el debate parece, más que pendular, circular, ya que una y otra vez nos enfrentamos a la disyuntiva Estado vs mercado. Ése, se ha demostrado en diferentes ocasiones, es un falso debate, sobre todo en un país como el nuestro.

 

 

Sin duda, cada quien debe hacer lo suyo, pero lo que ha quedado claro es que el mercado per se no asigna de manera eficiente los recursos (los casos de Enron y de la crisis financiera aún no superada son una muestra clara de sus limitaciones) y precisa de una regulación eficaz por parte del Estado. A eso se debe comprometer un gobierno del siglo XXI. Digamos que la fe neoliberal quedó enterrada cuando Lehman quebró. Por ello, cuando en el Congreso mexicano se discutan las reformas energética o hacendaria, la ideología de uno u otro lado no debe ser factor para la toma de decisiones.

En México, los fracasos del Estado omnipresente y del mercado como Dios único han sido palmarios: en un caso nos llevó a una profunda crisis, en otro a un estancamiento que dura ya tres décadas. Por ello el sentido práctico debe guiar la discusión. En este sentido, la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo debería orientarse a buscar las soluciones de fondo más que las religiones de forma. Sin duda Pemex precisa de mayor inversión y ésta debe provenir de una profunda reforma hacendaria pero también de alianzas con otras empresas. La participación privada es necesaria pero también es necesario que Pemex sea una verdadera empresa pública y cotice en la Bolsa Mexicana de Valores y no solamente en Wall Street.

 

 

El bien a tutelar es que la empresa sea eficaz, que dé resultados y abastezca de insumos baratos a la economía y a la sociedad. Que sea también transparente y que logre mayor integración con la industria nacional. Quedarse en el terreno de la ideología no permite construir alternativas viables para una empresa que tiene la misión de explotar un recurso que sí, es de todos los mexicanos, pero que es finito. En eso no piensan quienes se oponen a reformar el sector energético. El mundo cambió: un Estado eficaz para un mercado eficiente es hoy la ecuación, no entenderlo es quedarse en aquel viejo principio de los abuelos cuando decían: “todo tiempo pasado fue mejor”.

 

 

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