Thursday, 26 de November de 2020

Jueves, 05 Marzo 2015 01:21

De Gutiérrez Barrios a Arely Gómez: la debacle del Estado mexicano




Written by  Javier Arellano Ramírez

Sin duda fue la era de mayor peligro para la humanidad.


Escenario de ásperos enfrentamientos políticos, de conflictos bélicos regionales en diferentes puntos del orbe, de mutuas amenazas y una espiral armamentista incontrolable.

 

Eran las décadas de la Guerra Fría. El águila de las barras y las estrellas se confrontaba con el oso soviético. Durante décadas el mundo vivió bajo la confrontación política de las dos superpotencias, polarizando al orbe entero.

 

La mayor crisis ocurrió en octubre de 1962, cuando los servicios de inteligencia de los Estados Unidos descubrieron la instalación de misiles soviéticos en Cuba. Esto llevó al planeta a la antesala de una conflagración de proporciones inimaginables.

 

El presidente John Fitzgerald Kennedy amenazó abiertamente al líder ruso Nikita Jrushchov con desatar una guerra nuclear. Nunca antes la humanidad estuvo en ese nivel de riesgo.

 

Ese era el ambiente de tensión global que se vivía.

 

Pero México gozaba de aquellas siete décadas de paz y estabilidad social, alejado de los grandes conflictos internacionales.

 

Empero el sistema político mexicano, emboscado por las dos súper potencias, desarrolló un magnífico aparato de inteligencia que le permitió mantener un equilibrio extraordinario durante la época más crítica de la humanidad.

 

Las agencias de Estados Unidos y de la Unión Soviética operaban en México y los políticos lo sabían perfectamente; cohabitaban con ambos bloques sin perturbar el equilibrio y la imparcialidad nacionales.

 

Tal vez esa puja global fue la que llevó a los políticos mexicanos a desarrollar un aparato de sobrevivencia y de esta manera no sucumbir bajo las presiones de los dos gigantes.

 

Se ha documentado profusamente que en esos años el gobierno de Estados Unidos realizó innumerables, incontables intentos para asesinar al comandante Fidel Castro Ruz. Dependencias militares, de inteligencia, lo mismo que familias de la mafia siciliana tenían la encomienda de liquidar al máximo jefe cubano. Nadie lo logró.

 

En ese escenario Castro se permitía visitar México y era recibido con los honores y las atenciones de todo estadista.

 

Fue en esos años donde surgió la “leyenda” viviente como fue llamado el capitán Fernando Gutiérrez Barrios, a quien Castro le encomendaba su seguridad.

 

En medio de la peor crisis global, México era una isla, un remanso alejado de las grandes confrontaciones, gracias a un encomiable aparato de Seguridad Nacional.

 

La Secretaría de Gobernación, de la Defensa Nacional y la Dirección Federal de Seguridad (DFS) trabajaban en una coordinación rigurosa, propia de la maquinaria de un reloj.

 

Y ahí estaban esos nombres oscuros, terribles, funestos, pero que eran los encargados, los responsables de la estabilidad y la paz social que tuvo la mayor parte de este país durante 70 años.

 

Fernando Gutiérrez Barrios, Javier García Paniagua, Mario Moya Palencia, Pedro Ojeda Paullada, Miguel Nazar Haro, Manuel Bartlett Díaz, Mario Arturo Acosta Chaparro y Jorge Carrillo Olea, en una lista tan estremecedora como interminable.

 

Eran los policías políticos, los jefes y responsables de la Seguridad Nacional, al precio que fuera.

 

El neoliberalismo mexicano y su gran patriarca Carlos Salinas de Gortari, junto con el pequeño tecnócrata Ernesto Zedillo desmembraron ese aparato de Seguridad Nacional.

 

Luego la docena panista de Vicente Fox y Felipe Calderón lo erradicaron completamente.

 

En este contexto México entró en su peor crisis de Seguridad Nacional; cientos de miles de compatriotas muertos, otros tantos desaparecidos; entidades en las que el Estado Mexicano ya no representa poder alguno; capos que desde prisión mueven negocios que superan a muchas trasnacionales.

 

Y en este marco, en la mayor catástrofe humanitaria que se haya visto, en uno de los más grandes derramamientos de sangre, el gobierno de Enrique Peña Nieto designa aArely Gómez González como nueva Procuradura General de la República.

 

Las preguntas son de obligación nacional: ¿tiene la señora la capacidad jurídica y política para conducir ese brazo del estado en la mayor crisis de seguridad? ¿Tiene la mano dura para controlar una dependencia en la que el Estado y el Crimen Organizado cohabitan de manera natural? ¿Conoce las cañerías de la dependencia, sus cloacas, alcantarillas y atarjeas, esas en donde anidan burócratas y agentes ministeriales desde hace décadas?

 

Nada de eso.

 

La señora sólo conoce la política ministerial y aparato de Seguridad Nacional por referencias. No tiene la visión, ni la capacidad para controlar el monstruo de cien cabezas que representa la PGR.

 

Ella sólo será una figura meramente decorativa, mientras el verdadero tramado y la operatividad quedará en manos de personajes tan desconocidos como siniestros.

 

La designación de Arely Gómez González sólo refleja la frivolidad, la banalidad con que Peña Nieto toma su papel como responsable de la Seguridad Nacional.

 

Estamos en el preámbulo, en el inicio de una crisis institucional aún mayor.

 

De aquellos personajes como Fernando Gutiérrez Barrios a Arely Gómez González, queda demostrada la debacle del Estado mexicano.

 

 

 

 

 

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