Sunday, 26 de January de 2020

Lunes, 24 Agosto 2015 02:38

No se elige sucesor, sino verdugo, dice la escuela clásica de la real politik.




Written by  Arturo Rueda

De la sucesión de Marín a Zavala todavía hay mucho por escribirse. El ex delfín marinista ya habló sobre todo para despotricar de su mentor, a quien acusa de entregarlo en un pacto perverso. El ex gobernador, sin embargo, todavía no ha hablado, aunque no falta mucho para que lo haga. Habrá cuchilladas, dicen.


En la política existen misterios insondables que remiten al núcleo duro de la psicología del poder.

 

Por ejemplo, ¿cómo mira un ex gobernador al gobernador en funciones?

 

¿Desde la distancia profesional del abogado que abandona un caso para que otro lo retome?

 

¿Desde la frialdad del médico que pierde un paciente a manos del doctor que sugirió una segunda opinión?

 

¿O será desde la severidad del mentor que un día infundió temor reverencial y observa con mirada crítica los desatinos de su pupilo?

 

¿O desde la pasión vengativa de quién amó a una mujer, y luego que ésta lo abandonó en la búsqueda de nuevos brazos para consolarse, busca recuperarla?

 

Así es la historia de las sucesiones y las relaciones que se entablan entre los protagonistas de la trasmisión del poder. Son muchas las miradas, aunque al final predominan los arrepentimientos y las pasiones vengativas.

 

Es célebre, por ejemplo y según se cuenta en las memorias retomadas por La Presidencia Imperial de Enrique Krauze, que Gustavo Díaz Ordaz pasó sus últimos meses y años arrepintiéndose de entregarle Los Pinos a Luis Echeverría, al grado de cachetearse todos los días frente al espejo mientras exclamaba “¡por pendejo, por pendejo!”.

 

Luis Echeverría le cedió la presidencia a su amigo de juventud José López Portillo. Pero semanas después era tal dolor de cabeza por su proclividad a hacer uso de la red presidencial, así como por meterse en toda clase de chismes, que el sucesor le fletó un avión al Líder del Tercer Mundo y lo mandó al lugar del planeta más alejado posible. Nunca recuperaron la amistad.

 

Luego, López Portillo entregó Los Pinos a su ex alumno en la cátedra de derecho constitucional. Pero apenas puso un pie en la Presidencia, Miguel de la Madrid Hurtada izó como bandera la renovación moral y dejó que le pegaran con todo a su antecesor, quien aguantó vara y vio sufrir al orgullo de su nepotismo.

 

En teoría, la única sucesión que terminó bien fue la entrega de estafeta de De la Madrid a Carlos Salinas, quien se portó agradecido y hasta chamba le dio como director del Fondo de Cultura Económica. Luego, todo se estropeó cuando en 2009 declaró ante Carmen Aristegui que estaba arrepentido por favorecer a una familia corrupta y que hizo negocios desde el poder. Al otro día, De la Madrid reculó aduciendo que no podía procesar las preguntas por su enfermedad. Murió semanas después en medio de un enfrentamiento violentísimo con Salinas.

 

A su vez, Salinas no tuvo tiempo en arrepentirse de Colosio. O sí. El chiste es que de su segunda elección, Ernesto Zedillo, terminó dolidísimo: encarceló a su hermano Raúl y permitió que todo el país lo linchara como responsable de la crisis económica. Han pasado veinte años y no se pueden ver.

 

En el cierre de la República priista, Labastida terminó más arrepentido que Zedillo: quince años después de la derrota, el primer priista en perder la Presidencia dice que su antecesor hizo todo para hundirlo. ¡Plop! Zedillo, a su vez, ni lo ve ni lo oye.

 

A partir del 2000, las sucesiones dejaron de ser una garantía de éxito, ya que la democracia provoca que la entrega de la estafeta no siempre se verifique. Fox quería como sucesora a Martitha, y luego a Creel, pero no pudo imponer a ninguno de los dos. Jaló con Calderón, pero a la larga acabó yéndose del PAN. En 2012 apoyó a Peña Nieto.

 

Más reciente, Calderón tenía a Juan Camilo Mouriño, pero se murió o se lo mataron. Quiso imponer a Ernesto Cordero, no pudo y terminó deslindándose de Josefina Vázquez Mota.

 

En el caso de Puebla, hasta 1998 no se vivió la primera sucesión: Manuel Bartlett le entregó Casa Puebla a Melquiades Morales, a través de una contienda interna bien resuelta. En los años posteriores, ambos se ignoraron olímpicamente, ni fu, ni fa, y se dieron un trato republicano.

 

En una decisión dolorosa, Melquiades Morales ejerció su prerrogativa de Gran Elector en beneficio de alguien que no era parte de su grupo político, pero encabezaba las encuestas. No hay constancia de que se haya arrepentido de su decisión por Mario Marín, excepto el pequeño episodio en que su sucesor se negaba a dejarlo pasar por la senaduría. Al final cedió y la segunda fórmula se la quedó Mario Montero, quien no llegó a la Cámara Alta por quedarse atrapado en medio del escándalo Cacho.

 

De la sucesión de Marín a Zavala, todavía hay mucho por escribirse. El ex delfín marinista ya habló sobre todo para despotricar de su mentor, a quien acusa de entregarlo en un pacto perverso. El ex gobernador, sin embargo, todavía no ha hablado, aunque no falta mucho para que lo haga. Habrá cuchilladas, dicen.

 

Ahora vemos en marcha la sucesión de Moreno Valle a Gali. ¿Qué sorpresas nos depara?

 

Viendo esta secuencia, queda claro que no se elige sucesor, sino verdugo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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